No hay coaching que dure cuatro años

La ciudad / Hora cero, por Emilio Graglia (Especial para HDC)

Según el reconocido refrán popular, “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. En una libre adaptación a la realidad argentina actual, podríamos decir que “no hay coaching que dure cuatro años, ni país que lo aguante”.

Aclaremos, desde ya, que el coaching y, particularmente, el coaching político no son buenos ni malos. Como cualquier entrenamiento (eso significa, literalmente) puede ser positivo o negativo, según los fines que busque y los medios que utilice.

Cambiemos ha sido, desde sus orígenes y hasta estos días, un ejercicio ejemplar de coaching político. Lo fue durante la campaña electoral y lo fue durante la gestión gubernamental. Sus candidatos primero y sus funcionarios después, han sido coacheados, es decir, entrenados para transmitir “buena onda” y ganas de cambiar.

Desde el mismísimo presidente de la Nación, Mauricio Macri, hasta  cada uno de los ministros han seguido un libreto cargado y recargado de frases optimistas. Desde la “revolución de la alegría” hasta “todo es posible juntos”, pasando por el “mejor equipo de los últimos 50 años”, todo fue entusiasmo y más entusiasmo.

Así, entre bailes alocados y papelitos multicolores, de festejo en festejo, se fueron más de dos años de gestión (o no-gestión). Cambiemos quiso evitar lo inevitable en cualquier gestión pública que quiera provocar cambios estructurales: tomar decisiones e implementar acciones con costo político.    

El endeudamiento con prisa y sin pausa les dio aire para seguir inflando los globos amarillos de la felicidad ilimitada. De pronto, con la misma prisa y sin la misma pausa, los globos se desinflaron. Un día, el presidente Macri dijo que la Argentina volvía al Fondo Monetario Internacional (FMI) y que lo hacía para evitar una crisis. La realidad demuestra que era para tratar de salir de esa crisis.

No hay coaching que disimule semejante improvisación de un gobierno que había prometido previsibilidad. El presidente Macri no tenía previsto ir al FMI. Nunca hizo mención a esa posibilidad. Ni en la campaña electoral ni en la gestión gubernativa. Si lo tenía previsto, mintió al ocultarlo.

Al hacerse cargo de sus funciones presidenciales, el 10 de diciembre de 2015, nada dijo. Al inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, el 1º de marzo, nada dijo. El jefe de Gabinete, Marcos Peña, jamás hizo mención a esta posibilidad. Tampoco los ministros de Economía, Nicolás Dujovne, ni de Finanzas, Luis Caputo. No estaba en el libreto del coaching.

El entusiasmo es insuficiente

La conferencia de prensa que dieron Nicolás Dujovne y el presidente del Banco Central de la República Argentina, Federico Sturzenegger, anunciando el acuerdo con el FMI, puede considerarse un hito en la gestión macrista. Es el punto de llegada y, quizás, el punto de partida de dos etapas.  

Por primera vez, el gobierno de Cambiemos tiene un plan económico. Puede gustar o disgustar a propios y a extraños, pero lo tiene. Obviamente, el plan sigue al pie de la letra las recetas del FMI, las de siempre. Recetas cuyos resultados son conocidos, por cierto.

A pesar de lo que dijeron los funcionarios del Ministerio de Economía una y otra vez, el FMI impuso sus condiciones. No podía ser de otra manera. Nadie va al Fondo y consigue 50.000.000.000 de dólares sin obligarse a hacer lo que el Fondo cree que debe hacer. 

Obviamente, no hay coaching que enseñe cómo decir con “buena onda” lo que tuvo que reconocer Dujovne: "Vamos a crecer un poco menos y vamos a tener un poco más de inflación de la que pensábamos a principios de año". Nadie sabe muy bien qué quiere decir “un poco” para el ministro. Pero todos saben que no son buenas noticias.

Así las cosas, la gestión de Cambiemos ejemplifica que el entusiasmo es insuficiente para gobernar un país. Sin saber, querer no es poder, muy a pesar de los manuales de autoayuda y el coacheo permanente. Las políticas públicas se diseñan y gestionan a partir del análisis de lo existente y la evaluación de sus resultados. Eso requiere otro entrenamiento que trasciende las ganas de cambiar.

No hay coaching político que disimule semejante fracaso económico. A principios de 2016, el entonces ministro de Economía y Finanzas, Alfonso Prat Gay, propuso una inflación de 20 a 25 por ciento en 2016, de 12 a 17 por ciento en 2017, de ocho a 12 por ciento en 2018 y de un dígito (cinco por ciento) en 2019.

Las metas inflacionarias del plan que el FMI impuso al gobierno son: 17 por ciento en 2019, 13 por ciento en 2020 y nueve por ciento en 2021. Considerando que este año la inflación superará el 27 por ciento según el último relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central, la meta del 17 por ciento en 2019 parece improbable.

Igual, si se cumpliera, lejos estaría de la promesa de Mauricio Macri de terminar su gestión con una inflación de un cinco por ciento. Tan lejos como la pobreza cero. El coaching político de la “buena onda” ha terminado. Finalmente, la única verdad sigue siendo la realidad.

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