Acorralados

La ciudad / Hora cero, por J. Emilio Graglia (Especial para HDC)

La semana pasada fue una de las peores para el gobierno nacional que preside Mauricio Macri en nombre de la alianza Cambiemos. Desde sus inicios, más de 28 meses atrás, hasta estos días, nunca hubo tanta crítica ni tanto malhumor social y ciudadano. La subida del dólar a 23 pesos, en medio de los tarifazos y la inflación, convirtió el amarillo en naranja y casi rojo.
Como candidato en campaña, primero, y como presidente en ejercicio, después, el líder del Cambiemos prometió una lluvia de inversiones extranjeras. Según su optimista pronóstico, los principales inversores del mundo querían invertir en la Argentina.
En ese marco, fue al Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) un par de veces. Un sinfín de fotografías con líderes de la política y la economía del mundo quisieron demostrar que la Argentina había vuelto al plano internacional y que el mundo volvería a la Argentina.
Tanto el primer mandatario como sus sucesivos funcionarios de economía y finanzas, afirmaron y reafirmaron el mismo diagnóstico y, por consiguiente, el mismo pronóstico. Las inversiones extranjeras causarían crecimiento económico y este generaría empleo privado. De esa manera, avanzaríamos a la pobreza cero.
Pues bien, las inversiones extranjeras que tantas veces prometieron Alfonso Prat Gay y el doblete de sus sucesores, Nicolás Dujovne y Luis Caputo, nunca llegaron. Peor, las inversiones que llegaron al país fueron a la timba financiera que el mismo gobierno puso en marcha a través de las Lebac (Letras del Banco Central).
Otra de las grandes promesas de la política económica del presidente Macri fue la baja del déficit fiscal y, consecuentemente, de la inflación. Sin embargo, el ajuste que esa baja implicaba, no se hizo en tiempo y mucho menos en forma.
Inicialmente, la inflación para este año sería de un 10 por ciento. Así lo dijo Prat Gay durante su gestión a cargo del Ministerio de Economía y Finanzas. Más tarde, sus sucesores lo corrigieron y fijaron una meta del 15 por ciento. Eso fue el pasado 28 de diciembre, cuando disciplinaron en público al presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, a los mandatos de la Casa Rosada.
Hoy por hoy, el gobierno nacional parece acorralado, encerrado en el “corralito” de sus arrepentimientos y dudas. Al inicio de su gestión, cuando pudo y debió tomar decisiones enérgicas, opto por un débil gradualismo cargado de contradicciones. Ahora, arrepentido, sin apoyo ciudadano ni político, será difícil hacer lo que no se hizo antes.

Entre la espada y la pared
Ni siquiera el Fondo Monetario Internacional (FMI) que tanto alaba las políticas económicas del oficialismo, cree en sus metas inflacionarias. Las mediciones del Indec y las expectativas empresariales hacen pensar en más de un 20 por ciento de inflación.
Sin las inversiones productivas que tantas veces se prometieron y nunca se cumplieron y con una inflación aupada por los sucesivos tarifazos, se dio la tan temida devaluación de la moneda nacional. El dólar llegó a los 23 pesos, un récord. En un día, el Banco Central vendió 1471,7 millones de dólares para frenar la suba. Otro récord.
Frente a esa realidad y una preocupación generalizada, la reacción del gobierno nacional y, en particular, del actual equipo económico fue una alarmante mezcla de mediocridad intelectual, insensibilidad social e insensatez política.
Las decisiones de los ministros Dujovne y Caputo y del presidente del dependiente Banco Central, parecen extraídas de un desusado manual de ajustes fiscalistas que ni los neoliberales de este siglo consultan. Subir la tasa de interés (a un 40 por ciento) y recortar la obra pública (en 30.000 millones) es un pasaje de ida a la recesión económica, la conflictividad social y el riesgo electoral.
Mucho más alarmante es la soledad de las decisiones económicas y financieras que comunicaron los ministros de Economía y de Finanzas. Esta vez, ni siquiera el jefe de Gabinete, Marcos Peña, dio sus tan mentadas explicaciones o justificaciones para todo o casi todo lo que hace el gobierno nacional al que pertenece.
Los legisladores más cercanos al macrismo, como Nicolás Massot, por ejemplo, se llamaron a silencio. Igual que sus socios políticos. Llamativamente, no hubo declaraciones de los legisladores de la Unión Cívica Radical. Con motivo de los tarifazos, el diputado nacional y presidente del interbloque de Cambiemos, Mario Negri, puso la cara y dio argumentos políticos. Esta vez, ni eso.
La líder de la Coalición Cívica, ideóloga y cofundadora de Cambiemos, Elisa Carrió, ha querido transmitir su seguridad al resto de los argentinos. Pero su reiterada acusación al pasado kirchnerista como el origen de todos los males habidos y por haber, es tardía, facilista y sin autocrítica.
Cambiemos está entre la espada y la pared. Si ajusta de menos, explota la economía. Si ajusta de más, explota la sociedad. Una pared construida con ladrillos de impericia técnica, desinterés social y soberbia política. Por ahora, nadie empuña la espada, aunque algunos funcionarios quieren dar un paso adelante.

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