Es la política, Presidente

La ciudad / Hora cero, por J. Emilio Graglia (Especial para HDC)

Las elecciones presidenciales que se realizaron en 2015, marcaron un antes y un después en la historia política argentina. El debut con triunfo electoral de la alianza Cambiemos fue una novedad que muy pocos analistas y dirigentes hubieran anticipado un año antes. Un presidente elegido por el voto que no era peronista ni radical.
Un partido político nuevo, llamado “Propuesta Republicana”, el PRO, liderado por el entonces jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Mauricio Macri, hizo una inesperada jugada política y selló una alianza electoral con la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica, encabezados por Ernesto Sanz y Elisa Carrió.
Sobre esa base, la nueva alianza se propuso como una alternativa de cambio frente a la continuidad del kirchnerismo. Así, en la segunda vuelta electoral y después de un histórico debate entre los candidatos a la presidencia, la fórmula Mauricio Macri - Gabriela Michetti se impuso a la fórmula Daniel Scioli y Carlos Zannini.
El origen de la llegada de Cambiemos al gobierno nacional fue político. No fueron sus propuestas económicas ni sociales. Cambiemos llega a la Casa Rosada por el triunfo de una idea política, el cambio, sobre otra idea política, la continuidad. Después de cuatro años de Néstor Kirchner y ocho años de Cristina Fernández, la mayoría del electorado quiso un cambio y lo votó.
Lamentablemente, con mucho marketing y poca gestión, el gobierno de Cambiemos no supo interpretar el claro mandato y nunca puso en marcha los cambios estructurales que la situación económica y financiera del país reclamaban. Ni siquiera hizo un análisis crítico de la “herencia recibida” y se quedó en las quejas.
Lejos de atacar el déficit fiscal, el gobierno de Cambiemos lo financió con un monumental endeudamiento (externo e interno) cuyos intereses aumentaron el déficit heredado. Si ese era el “mal argentino” (como se repite insistentemente durante estos días), poco y nada hicieron para remediarlo.
Como si la campaña electoral no hubiera concluido con el triunfo electoral sobre el kirchnerismo, el presidente y su gabinete no quisieron salirse del manual de las buenas ondas. De esa manera, desaprovecharon una oportunidad política irrepetible.
Pero, ya se sabe, ganar las elecciones es una cosa y gobernar el país es otra, muy distinta. En las campañas, se hacen promesas. En los gobiernos, se toman decisiones. Las promesas electorales generan expectativas. Las decisiones gubernamentales provocan apoyos y rechazos ciudadanos, con beneficios o costos políticos.

Más vale tarde
Cambiemos quiso gobernar sin costos políticos. No quiso dar “malas noticias” y no las dio. Por el contrario, hizo más promesas y, por lo tanto, generó más expectativas. Según el nuevo relato oficialista, las inversiones extranjeras llegarían a la Argentina, crearían empleo y, así, se eliminaría la pobreza.
Simplista pero efectivo, el relato sirvió. A mitad de su mandato, en las elecciones legislativas del año 2017, la alianza gobernante consiguió otro triunfo electoral. No le alcanzó para tener mayorías parlamentarias en la Cámara de Diputados ni en el Senado de la Nación. Pero, sin dudas, fue un espectacular espaldarazo del electorado.
Con Cristina Fernández derrotada como candidata a senadora nacional por la Provincia de Buenos Aires y acosada por denuncias penales, con un justicialismo dividido y sin liderazgos, era el momento de una gran convocatoria nacional. Pero la soberbia pudo más.
Hacía falta un llamado a los dirigentes opositores para alcanzar consensos políticos, tan básicos como necesarios, y hacer los cambios estructurales en la economía y las finanzas del país. Porque sin esos consensos políticos, los cambios económicos y financieros son imposibles en esta y en cualquier democracia.
Sin embargo, nuevamente, Cambiemos desaprovechó otra oportunidad política irrepetible. El presidente llamó a un “reformismo permanente”. La insípida proposición demostró poca inteligencia y ninguna voluntad de un oficialismo cómodo y acomodado al poder, con Marcos Peña, el jefe de Gabinete, como CEO ilustre.
El llamado “consenso fiscal” fue un paso adelante. Con todo a favor, aquel acuerdo con los gobernadores provinciales también fue desaprovechado por un gobierno nacional que no hizo los deberes propios ni hizo cumplir los deberes ajenos.
Si el gobierno de Cambiemos cree que lo pasado fue una crisis cambiaria y nada más, se equivoca. La disparada del dólar fue el humo de un incendio que sigue. Los déficits gemelos (fiscal y comercial), la deuda y sus intereses, la timba financiera de las Lebac, la inflación y la pérdida del poder adquisitivo siguen.
Ahora, con la soga al cuello, el jefe de Estado llama a ese acuerdo nacional que hasta ahora ninguneó. Es decir, trata de hacer lo que su gobierno no hizo al inicio de la gestión ni después de ganar las elecciones de medio término. La pequeña gran diferencia es que lo hace desde la debilidad y no desde la fortaleza política.
Con una opinión pública mayoritariamente en contra (por primera vez, la imagen negativa es superior a la imagen positiva del gobierno) y con una oposición que es capaz de unirse en el Congreso, es difícil compartir costos. Más vale tarde que nunca, dirán algunos y ojalá no se equivoquen.

Whatsapp
© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar