Mentime, que me gusta

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Los amigos psicoanalistas de Córdoba tuvieron la gentileza de invitarme a hablar en el XI Congreso Argentino de Psicoanálisis, que se reunió aquí la semana pasada. Estuvimos allí, con el estimado colega Diego Tatián, hablando sobre la mentira, o la “posverdad”, como se dice ahora. Y como ya sobre la “posverdad” desde la perspectiva politológica he dicho varias cosas últimamente, decidí –teniendo en cuenta el privilegiado auditorio de psicoanalistas, que haría del panel algo así como una sesión de terapia masiva- dar vuelta la tortilla y ver qué se podía decir positivamente de esa compulsión tan humana que es la distorsión de la correspondencia entre enunciación y cosa enunciada. Y encontré que podría haber un espacio para reivindicar, de alguna manera, a la vieja mentira: el de la creatividad, en especial la que tiene que ver con la palabra. Esto es, la literatura. 

Razoné entonces que si hemos cargado de connotaciones negativas a la mentira, una parte de responsabilidad tiene la buena prensa que es natural a su reverso, la verdad; y esto, en Occidente, desde la tradición romano-judeo-cristiana. Recordé que la moral romana, de base pastoril y agraria, sentía horror por la mentira: la “virtus” ciudadana tenía su base en el contrato, y el contrato en la palabra dada. Lo importante, para un ciudadano romano, era que se hablara bien de él, tanto en vida como después de muerto (por eso las tumbas, con las inscripciones laudatorias, se ubicaban junto a las puertas de las ciudades y en los caminos de ingreso, donde la mayor cantidad de transeúntes pudiera leerlas). Así, la literatura en que se expresa esta manera de ser es una muy apegada a los hechos, que intenta mantenerse fiel a la verdad incluso cuando fabula: cuando Augusto, tras el asesinato de César, desarma la vieja República y da comienzo al Imperio, le encarga a Virgilio la redacción del poema refundacional de Roma, y la “Eneida”, aunque genial, termina siendo un mito que se parece demasiado a un “verídico” libro de historia.
Para que esta actitud comenzara a relajarse, el ethos cultural romano hubo de esperar la permeación de los relatos religiosos llegados desde Oriente: la mentira vino lentamente desde el Este. La ola de misticismo oriental coexistió en Roma con los viejos dioses naturalistas y de la “civilitas” y fue llenando de ficción los relatos: las bacanales dionisíacas, las fiestas florales primaverales de Adonis, los ritos violentamente orgiásticos de la diosa frigia Cibeles, la astrología caldea y, por sobre todo, la magia babilónica del culto a Mitra. Así, en esos dorados primeros siglos, la verdad lata, agraria y pastoril, terminó por coexistir sin demasiados conflictos con el mito fantástico, pleno de imágenes que convocaban a la imaginación, a la sensualidad, a los sueños; también a los terrores y a los vértigos de lo que pudiera, quizás, ser. Y la literatura cambió, enriqueciéndose.
Con el cristianismo se corta ese estado de incerteza con que la coexistencia entre mitos orientales y sencilla religión pagana había lubricado las letras de los primeros tres siglos, y vuelve a reubicar conceptualmente los lugares de la verdad y de la mentira. Ya desde los primeros textos el cristianismo adoptó aquella afirmación comprimida de Juan, el teólogo: “la verdad los hará libres” (“veritas liberavit vos”, lema de mi alma mater, la Universidad Católica de Córdoba, de ahí quizás que lo tenga tan presente). Esta vuelta a la certeza del “es/no es”, se convierte en dogma cuando el cristianismo se identifica con el poder, a partir de la conversión de Constantino, en el siglo IV. Y se instala la autoridad de interpretación: la iglesia, y sólo ella, será quien arbitre la línea que separa la verdad de la mentira, sin ningún término medio (ya que “sobre el tibio, vomitaré”, como sostiene el mismo Juan en otro de sus libros, también canónico). A nivel simbólico se establece aún una ligazón más fuerte: como Dios se identifica con la palabra (“en el principio era el Verbo”), entonces con la verdad. Consecuentemente, el diablo es la mentira.
Pero, y más allá de la herencia occidental romana y de la culpa judeocristiana, ¿cómo sería posible la creación literaria sin la mentira? Además, la apropiación de la verdad por un sector de poder ha tenido relaciones directamente proporcionales con el mantenimiento del statu quo. La poesía, mientras tanto, ha estado las más de las veces asociada al cuestionamiento del orden establecido. Por eso creo que no está demás quebrar alguna lanza a favor de la relativización de las verdades únicas (que, por otro lado, han mutado con los tiempos, siendo reemplazadas o adaptadas), porque ese quiebre impacta en la capacidad de crear mundos alternativos, en su expresión metafórica, literaria. La poesía siempre ha contribuido con agregar belleza al mundo. Y esa belleza de la mirada y de la expresión está íntimamente imbricada con las promesas de felicidad.
Yo he tenido para mí, como guía, aquel aserto de un poeta menor, prolífico, fecundo y desparejo, como somos los poetas menores, pero con capacidad de alcanzar las fibras profundas del ser: Pedro Bonifacio Palacios, a quien conocimos como Almafuerte. Hacia finales de 1800, después de advertirnos que procedamos “como Dios, que nunca llora; / o como Lucifer, que nunca reza”, Almafuerte escribía: “Llénate de ambición, ten el empeño, / ten la más loca, la más alta mira. / No temas ser espíritu, ser sueño, / ser ilusión, ser ángel, ser mentira. / La verdad es un molde, es un diseño, / que rellena mejor quien más delira.” ¡Amén!

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