De charlas con Francisco (3)

Cuaderno de bitácora | Por Nelson Specchia

Me comprometí a anotar en esta bitácora algunas líneas sobre el tercer punto de aquella tríada de fricciones que dije enfrenta Jorge Mario Bergoglio: la reacción corporativa de la curia ante los intentos del papa por encarar los abusos pedófilos del clero. Y dije que para hablar de este tercer punto de fricción hay que considerar el rol de Benedicto XVI.

El alemán Joseph Aloisius Ratzinger reinó en Roma como el 265º sucesor de san Pedro, desde 2005 hasta su sorpresiva renuncia en 2013. Varios vaticanistas sostuvieron entonces que sus intenciones eran cambiar la sotana papal por un negro hábito talar, y retirarse a un monasterio en la Alta Baviera junto a la ingente biblioteca que ha acumulado durante toda una vida de investigador, y junto a su amado piano. Pero en otra de las sorpresas de las muchas de ese 2013, Ratzinger terminó quedándose dentro de los muros del Vaticano, en un recoleto convento en los jardines; no se quitó la sotana papal (apenas abandonó la esclavina, ese ponchito corto que el papa usa sobre los hombros); y siguió usando el solideo blanco sobre la coronilla. Además del atuendo, llamaron la atención dos cuestiones que, a la larga, han trastocado los sutiles equilibrios de poder: Ratzinger aceptó el título de papa emérito y obispo emérito de Roma; y mantuvo a su lado a Georg Gänswein.

A Gänswein los vaticanistas lo ubican como el inteligente nexo con los sectores más conservadores. Es un hombre joven (tiene 62 años, una década menos que el promedio de los jerarcas), muy cercano a Ratzinger aún desde antes de su pontificado. En enero de 2013, unos días antes de renunciar, Benedicto XVI elevó a su amigo y secretario a la dignidad obispal, y Gänswein se convirtió en Prefecto de la Casa Pontifica. Permanece en ese cargo, y por lo tanto es el hombre que está permanentemente a la derecha del papa Bergoglio en todo acto público; y como secretario privado del papa emérito, en contacto diario con Ratzinger: un hombre de mucho poder. De hecho, es a monseñor Georg Gänswein a quién se adjudica el plan de la permanencia de Ratzinger dentro de los muros vaticanos y con sotana blanca (símbolo papal, aún sin la esclavina). Esta presencia ha impactado en las reformas de Bergoglio para modificar usos y costumbres arraigados en la estructura, como la cobertura de las jerarquías a los abusos sexuales del clero.

En Estados Unidos, después de que en 2002 (en Boston) comenzaran a destaparse los escándalos sexuales, en 2018 el Gran Jurado de Pensilvania concluyó su investigación sobre pederastia y abusos sexuales cometidos por eclesiásticos contra menores: 1.356 páginas repletas de descripciones escalofriantes y de crudos ejemplos de impunidad. Durante 70 años la cúpula católica encubrió y toleró abusos llevados adelante por unos 300 sacerdotes sobre más de 1.000 niños y niñas. El informe contiene, por ejemplo, testimonios de un cura que admitió haber violado por vía anal y bucal a 15 varones de unos 7 años durante la década del 80; pero cuando se reunió con el depredador sexual, el obispo Donald Trautman lo elogió por ser una “persona cándida y sincera” y por los “avances” logrados en controlar su “adicción”.

La investigación judicial destapó esta maquinaria despiadada de tolerancia a la pederastia, y la conclusión del Gran Jurado es lapidaria: “Los sacerdotes violaban a niños y niñas, y los hombres de Dios que eran responsables de ellos no sólo no hicieron nada sino que lo ocultaron todo”. A esta afirmación se llega tras cientos y cientos de páginas donde se relatan historias que, con detalles, prueban que un cura violó a una niña de 7 años cuando fue a visitarla al hospital; otro hizo beber a un chico para que no recordara qué había pasado la noche anterior, cuando lo había penetrado analmente; otro sacerdote obligó a un varón de 9 años a practicarle sexo oral para luego decirle que le limpiaba la boca con agua bendita; otro religioso terminó por renunciar a su parroquia después de años de acusaciones de abusos a menores, y el obispado lo despidió con una carta de recomendación para su ingreso al complejo Walt Disney World, donde estaría rodeado de niños. Así, por cientos de páginas: una cronología del horror.

Francisco tomó el tema apenas asumió como pontífice: creó comisiones de la verdad y determinó “tolerancia cero” con los abusos. La reacción de la curia, sin embargo, llegó desde el lugar menos pensado: desde Benedicto XVI. El papa emérito, diluyendo la autoridad de Bergoglio, ha firmado un documento largo y argumentativo donde adjudica los problemas sexuales al interior de la iglesia a la revolución libertaria de los años 60, con el Mayo Francés de 1968, el sexo libre, los hippies, las pastillas anticonceptivas, el festival de Woodstock, la marihuana y el LSD, los preservativos, los Beatles, y hasta la Revolución cubana. Todo, menos admitir la culpa interna de una institución esclerosada, androcéntrica y misógina “ad nauseam”. Y es una palabra papal.

Dos preguntas: al documento de Ratzinger (que tiene 92 años y está casi ciego), ¿lo escribió realmente él, o sólo han usado su firma? Y si esta es la respuesta del sector conservador de la curia frente a su proyecto de reforma, ¿qué hará Francisco?

31 Mayo 2019
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