Antídotos contra la fealdad

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Tengo una sensación recurrente al leer las portadas y las páginas internacionales de los diarios estadounidenses (por oficio, junto a una selección de diarios europeos reviso todos los días, con los mates de la mañana, “The New York Times” y “The Washington Post”): la posverdad requiere cada vez más sangre y pólvora.

El discurso dominante está cada vez más teñido de afirmaciones de procedencia dudosa, fuentes objetables, datos incomprobables, inclusive números y estadísticas difícilmente rastreables para cotejar su coherencia interna. Es la construcción de una realidad funcional a un proyecto ideológico o económico, que sólo en algunos momentos se acerca a lo que denominábamos “verdad objetiva”. Esta perspectiva, que ha primado en Occidente desde la modernidad, va siendo reemplazada por “verdades subjetivas”. Y ese cambio se nota inclusive en la prensa más seria, aquella que ha elaborado su propio mito de apego a la crónica real del presente. Como se ocupó de reafirmarlo recientemente la oscarizada cinta de Steven Spielberg “The Post” (la estupenda Meryl Streep y Tom Hanks en los protagónicos), sobre los trapitos sucios en el manejo de la guerra de Vietman, “verdad objetiva” revelada, contra toda la presión del poder, por los dos diarios que ilustran mis mates mañaneros. Pero eso, parece, es historia.

Detrás de la discusión metodológica, están los cuestionamientos filosóficos y éticos. Lo que atañe al método es claro: lo que hemos denominado “verdad objetiva” pone el centro de atención en el objeto, independiente de quién lo investiga y da cuenta de él; mientras que una “verdad subjetiva” sería aquella determinada por la centralidad del sujeto que mira, no por aquello que es mirado. Este desplazamiento epistemológico cambia el escenario, ya que pueden haber tantas afirmaciones (tantas “verdades”) sobre el mismo hecho como tantos sujetos lo miren. La crónica plantea además otro cuestionamiento: la credibilidad. ¿Cómo confiar en estas posverdades, o verdades subjetivas, o verdades funcionales, o como sea el nombre que se le ponga a lo que, en el fondo, no son más que las viejas y vulgares mentiras? Y ahí es donde entra a jugar el elemento morboso: para reducir los cuestionamientos a la credibilidad hay que aumentar las imágenes de destrucción, sangre y violencia.

Esta espiral puede rastrearse hasta la primera vez que la TV transmitió una guerra en directo: la CNN durante la invasión al Irak de Saddam Hussein, el 17 de enero de 1991. Las bombas, las voladuras de toneladas de cemento, los cuerpos inertes de niños en brazos de sus atribulados padres, los rostros vacíos de ancianos sobre los escombros de lo que habrá sido su vivienda… la magnitud del relato gráfico es directamente proporcional a la “verdad subjetiva” que se intenta trasmitir. Esa escalada ha tenido en los últimos capítulos de la guerra en Siria, con las imágenes de niños gaseados con armas químicas, un punto alto. Las imágenes son tan tremendas porque deben dar soporte a una “verdad” por demás dudosa: ni siquiera sabemos si el ataque químico provino de Bashar al Assad o fue un montaje, con soporte logístico estadounidense e israelí, para justificar el ataque punitivo de las potencias occidentales. Ataque que, por lo demás, no busca modificar la relación de fuerzas internas en Siria sino reequilibrar la balanza estratégica tras el protagonismo asumido por Vladimir Putin en la región. ¿A quién creerle? Ante la falta de certezas, imágenes más truculentas.

Un antídoto eficaz frente a la fealdad de la posverdad y sus estrategias de manipulación es la literatura (la literatura siempre ha sido un buen antídoto para casi cualquier veneno). Tuve la fortuna de que Cezary Novek me invitara, en estos días, a participar en la presentación de su nuevo libro de cuentos, “La configuración del silencio”, y he disfrutado mucho, tanto de la oportunidad como de los relatos de este libro fantástico. Fantástico no sólo como un adjetivo calificativo de los cuentos que lo componen, sino de la estrategia literaria de su autor: un abordaje donde la curva de lo cotidiano tensa la credulidad. Una manera, diríamos, de precavernos de la posverdad de las historias “serias”.

En los textos de Cezary Novek hay un juego sutil: una escritura suelta, casi banal en la superficie, pero donde, al poner un poco de atención, se comienzan a descubrir detalles, dimensiones que rompen la linealidad de aquella descripción de superficie, y el texto se puebla de sugerencias, colores furtivos, adquiere inclusive una dimensión táctil a veces. Al finalizar la lectura hay un colectivo de sensaciones cruzadas: zozobra, muchas veces inquietud, otras una pequeña pero insistente alarma prendida en algún lugar. Casi nunca indiferencia. El vuelo de los cuentos de “La configuración del silencio” logra un resultado exquisito: crear escenas góticas, que provocan en el lector un desasosiego (y, a veces, con las últimas líneas, un escalofrío) a pesar de que el argumento del texto no haya apelado ni una sola vez a un golpe bajo, a una exageración dramática, a una sobreutilización de adjetivos. Tampoco a escenarios “pulp”, manchados con sangre o bilis. O sea, una estrategia en sentido contrario al que viene adoptando la prensa internacional.

Lo gótico de los cuentos de Cezary Novel puede ser interpretado como un intento de introducir un orden en la imaginación, una autodefensa desde la creatividad literaria, como antídoto o como preparación terapéutica para los horrores con que la posverdad nos bombardea. Necesitamos este tipo de antídotos. Stephen King suele decir que inventar cuentos de horror ayuda a hacer frente a los horrores reales, esos elementos que introducen discordia y destrucción, porque nos dan herramientas para que se desmantelen ellos mismos. Yo también lo creo, y después de leer los cuentos de Cezary Novek, mucho más.

Whatsapp
© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar