Disimulo del disimulo

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Hace unos días, el amigo David Voloj me invitó a que lo acompañara en la presentación de su nuevo libro de cuentos, “Recursos urbanos”, que la editora Karina Fraccarolli acaba de publicar en su sello Comunicarte. Me puse a escribir sobre esos estupendos relatos de David, que, en conjunto, me parece que conforman un retrato cierto de esa nota de nuestro tiempo: la necesidad social de aparentar. Se trata de una serie de cuentos donde el disimulo es presentado sin nombrarlo, disimulándolo a su vez. Pensando estaba yo en el acierto de esta estrategia narrativa (y en las formas en que va adoptando esa vieja necesidad de presentar una cara amable al mundo, aceptable: la antigua estrategia de las máscaras) cuando comenzaron a llegar los cables noticiosos con la caída del gobierno español de Mariano Rajoy.
Quizás por esa coincidencia me puse a mirar los últimos ocho años de la derecha española del Partido Popular en el gobierno como una sucesión de actos de disimulo: aparentar crecimiento, mostrar estabilidad, disimular cohesión social, publicitar decencia política y manos limpias, dar por sentada la superación del franquismo y la dictadura y el suelo cubierto de fosas comunes y la aterradora falta de justicia para los últimos sobrevivientes de aquella barbarie. Aquí no ha pasado nada, aquí no pasa nada, vamos para adelante, y ¡arriba España!. Atrás de ese disimulo, el empobrecimiento del ajuste, las restricciones al ascenso para las nuevas generaciones de españolitos “mileuristas”, y los millonarios negociados corruptos protegidos, tapados y hasta alentados desde las máximas instancias del poder (el “caso Gürtel”, por el que cae el gobierno, es apenas uno del amplio abanico de corruptelas, especialmente asociadas a la reurbanización del suelo de la costa mediterránea).
En un inédito golpe de ajedrez, un político astuto logra ver un resquicio en el que nadie se ha detenido, se mete por él, lo profundiza, teje alianzas que –en la puesta en escena del disimulo- han quedado en la media luz del desinterés, y logra tumbar al gobierno con una moción de censura, la bolilla negra en los sistemas parlamentarios. Pedro Sánchez es un socialista que peleó por mantener a su partido en la vertiente izquierda del espectro ideológico, a pesar que tiempos de ocultación y apariencias alcanzan también a la socialdemocracia europea, y frente al ascenso continental de los populismos de derecha y de extrema derecha.
No será un tiempo fácil, el que le queda para completar la Legislatura que deja Rajoy tras su destitución y las próximas elecciones; pero Pedro Sánchez parece decidido a gobernar desde la izquierda, y desde allí proponer al electorado un cambio de tiempo, aunque sea con vientos en contra. La principal señal de esta intencionalidad la ha dado al conformar su gabinete de gobierno, que arranca haciendo historia: en la patriarcal España del toro bravo, los chulos y los machirulos, Sánchez arma un gobierno con más mujeres (11) que hombres (7), y entre éstos varios abiertamente gays y militantes de la diversidad, sexual y social. Sánchez supera así al propio antecedente socialista (José Luis Rodríguez Zapatero había logrado conformar un gobierno paritario: misma cantidad de hombres que mujeres). Para que el rasgo progresista sea distintivo, Sánchez recupera el ministerio de Igualdad, y se lo encarga a la mismísima vicepresidenta, la jurista constitucionalista Carmen Calvo, el gran poder en La Moncloa por debajo del presidente. Además, las mujeres toman las riendas de ministerios “masculinos” por excelencia: Defensa, Economía, Hacienda, Salud Pública, y Justicia. Un golpe rotundo que cambia las apariencias; si además llega a cambiar el fondo... ¡toma arroz!: lo que habrá cambiado habrá sido la “normalidad”.
Como lo muestra David Voloj en sus cuentos: ficciones bellas (y veraces), originales desde el planteo argumental y desde la construcción estilística, que desde una aparente “normalidad” alcanzan a mostrar aquello que no funciona en ese cuadro normal. Un disimulo que permite ver el otro disimulo, el que se arma para ocultar.
Los relatos de “Recursos urbanos” narran escenarios de la vida diaria en una ciudad mediana cualquiera: familias con pocos hijos, o con uno solo, o con ninguno; trabajos determinados por el éxito, el rendimiento y la competencia; relaciones sociales marcadas por la pertenencia a espacios geográficos comunes; alegrías y temores en relación directa con la percepción de los temores y las alegrías de los demás; la presencia damoclesiana de la seguridad (o de la inseguridad) en la residencia ciudadana; la salubridad (o la enfermedad) como patrón de relacionamiento, inclusive en la intimidad; la rebelde autonomía del mundo interior, que se resiste a abandonar del todo el protagonismo, a pesar de la creciente relevancia de todas las presiones sociales circundantes. Y el acierto literario de los cuentos de David Voloj es que esta media docena de claves de lectura no aparezca, de manera evidente, ni una sola vez en todo el libro. Cosa estupenda: uno no puede menos que darse cuenta, cuando termina la lectura, que lo que le han mostrado no es lo que le han mostrado, sino otra cosa. Y se pone a pensar en ella.
Es necesario que, de tanto en tanto, alguien des-vele tanta pátina falsa. Y nos recuerde que, aunque se vistan con los ropajes terapéuticos de la normalidad, los espejitos de colores siempre serán eso, engañosos diamantes falsos. Y que se puede vivir tan tranquilamente sin diamantes, de cualquier tipo.

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