La hora de los negros

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

En los primeros tiempos universitarios era común la cara de extrañeza de los amigos, de los ex compañeros del colegio, cuando te preguntaban qué carrera habías comenzado. “¿Ciencia política? ¿y eso para qué sirve?” era una de las reacciones más usuales; otros, menos utilitaristas, no enfocaban los cuestionamientos en las dudosas aplicaciones profesionales, sino que iban al hueso, a la razón existencial de la elección: “¿Y por qué hiciste eso?”. Eran tan habituales, que yo me había preparado unas respuestas estándar, que sin faltar a la verdad tampoco dilucidaran del todo el desconcierto: a aquellos preocupados por si encontraría trabajo o no una vez recibido, les contestaba que la política es el arte de lo posible, que ya veríamos luego cómo transformábamos esa pura posibilidad en algún trabajo concreto. Y a los otros, a los que indagaban en los por qué, les respondía que había elegido la ciencia política porque se ocupaba del ámbito de lo inesperado, donde todo podía pasar y cambiar en un momento.

No estoy seguro de haberme creído realmente, en aquellos veranos de la juvenilia universitaria, el alcance que tenían esas afirmaciones, quizás lo hacía para asumir una pose de pensador profundo. Pero no ha dejado de sorprenderme luego, ya en la vida profesional, cómo aquellos apotegmas en tono de falsa gravedad iban a terminar corroborándose realmente: la transformación de los escenarios políticos en las últimas décadas es de una dimensión revolucionaria. Una aceleración de la evolución que, cuando se escriba la historia de este tiempo nuestro, bien podrá compararse con el fin del Antiguo Régimen o con los reacomodamientos del mapa mundial posterior a 1918.
Estaba escribiendo sobre algunas características de esta transformación vertiginosa -que nos cuesta ver porque estamos inmersos en ella, pero que abruma si se la coloca en perspectiva- para un encuentro académico, los próximos días, en mi alma mater, la Universidad de Barcelona. Y en ese racconto de movimientos sorpresivos de la política internacional me encuentro con un elemento que destaca en el conjunto: la emergencia de la negritud en América. Tras tantos años de marginación, silenciamiento y ninguneo, las mujeres y los hombres de ascendencia afroamericana comienzan a llegar al protagonismo.
Sería ocioso insistir en el quiebre cultural que significó la llegada de Barack Hussein Obama a la Casa Blanca, el hijo de un inmigrante africano convertido en el 44º Presidente de la primera potencia occidental, (menos se ha escrito, en todo caso, del enorme poder que en esos mismos años, entre 2009 y 2017, ejerció su esposa Michelle, mucho más “negra”, culturalmente hablando, que el propio Obama). El caso norteamericano, además, con la historia de esclavos en las plantaciones, las discriminaciones raciales legales, y la proporción que la población afroamericana tiene sobre el total, lo hacen un caso aparte. Pero, ¿y los otros negros de América? ¿Cuándo comenzaríamos a notar que del total de la población de América latina y el Caribe un tercio son negros? Un tercio del total: más de 150.000.000 de personas.
El liberalismo formalmente igualitarista de los procesos de construcción estatal en la América post-ibérica ocultó las diferencias: había que crear un concepto único y unívoco de cultura y de nación. Y para señalar las identidades, el poder recurre siempre a la dicotomía con el “otro” (entre nosotros, el binomio preferencial fue civilización – barbarie), lo que habilitó las segregaciones y las consideraciones discriminatorias: si bien las constituciones latinoamericanas propiciaron la igualdad de sus ciudadanos ante la ley, en la práctica las inequidades objetivas contra las comunidades distintas del tronco mayoritario blanco/europeo fueron tratadas como sujetos subalternos. Hasta ahora. Entre las múltiples transformaciones, también está llegando a su fin ese estado de cosas. Y la ilustración de ese quiebre tiene un nombre: Joaquín Barbosa.
Cuando el aparato judicial brasileño logra encarcelar, basándose exclusivamente en la “íntima convicción” de un juez y sin una sola prueba, al ex presidente Lula da Silva, Joaquín Barbosa se afilia al Partido Socialista carioca y pega una inmensa patada a todo el tablero político-estructural del gigante americano.
Barbosa ya había comenzado a hacer historia en 2003, cuando se convirtió en el primer juez negro del Supremo Tribunal Federal de Brasil. Su biografía es extraordinaria, y representativa, en un país donde más de la mitad de los habitantes son negros o mestizos. Originario de sectores sociales de extrema pobreza, Barbosa, de 63 años, es el mayor de ocho hermanos; criado en Paracatu, pobrísima ciudad de Minas Gerais, por un padre albañil. Fue, en sus días, el único estudiante negro en la Facultad de Derecho, y comenzó la carrera judicial desde lo más bajo: conserje de un juzgado de Brasilia. La discriminación lo empujó al extranjero, allá cursó posgrados, idiomas (habla inglés, francés y alemán), volvió y –contra viento y marea- logró llegar a la primera línea del Poder Judicial. Desde el máximo tribunal (adonde lo nombró Lula) Barbosa se convirtió en un cruzado de la lucha anticorrupción, hoy la principal preocupación de los brasileños. Sin ni siquiera confirmar si presentará su candidatura a presidente, la primera encuesta (Datafolha, 15 de abril) ya le da un nivel de apoyo del 10%.
Si el poder financiero que utiliza a la judicatura como ariete logra mantener a Lula preso y le niega la posibilidad de ser candidato, quizás haya contribuido a la creación del “Obama latinoamericano”, y Brasil tenga su primer presidente negro. La política es el arte de lo posible, donde todo puede cambiar en un momento.

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