Pañuelos como banderas

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

El debate por la despenalización del aborto ha recentrado la agenda política nacional sin que estuviera en las intenciones de casi nadie. Al menos el oficialismo macrista no había anunciado en ningún momento que lo plantearía, y ningún dirigente en el arco opositor tenía acordada públicamente una estrategia para insistir con su presentación en la presente legislatura. Quizás fue otro elemento, entre los ya habituales de la estrategia gubernamental, para correr el eje de atención de los temas urticantes y que no logran encauzarse en las direcciones esperadas (entre ellos, el protagonismo estelar de los fallidos anti-inflacionarios, aquello que, en su otrora papel de candidato, el actual Presidente de la República decía una y otra vez que sería “lo más fácil” de su labor cuando estuviese al frente del Ejecutivo). 

Estrategia distractora o no, el hecho de que haya sido el Gobierno el que pusiese el tema en agenda ha abierto las compuertas del disenso al interior de las propias filas, desde ministros a secretarios de Estado, desde legisladores del Pro a diputados –y, especialmente, diputadas- de las fuerzas asociadas al partido del Presidente en el frente Cambiemos. Y eso pareciera que tampoco se lo esperaban aquellos estrategas que decidieron abrir la Caja de Pandora.
En todo caso, a mí me parece un momento feliz: era una deuda odiosa que una sociedad como la Argentina, ya avanzado el siglo XXI, se siguiera negando a discutir un aspecto estructural de la convivencia social, de los derechos personales, de la salud pública, del ordenamiento jurídico y de las políticas sanitaristas de una comunidad plural viviendo en democracia. Máxime teniendo en cuenta las cifras de muertes por la práctica –socialmente hipócrita- de los abortos clandestinos, y cuando la inmensa mayoría de los Estados (de Occidente, al menos) ya se dieron la oportunidad de plantear el debate y enfrentar el problema de la despenalización.
Habilitada la instancia, han comenzado a visualizarse algunos eventos tan inesperados, para un observador distraído, como la entrada misma del debate en la escena parlamentaria. He tomado nota mental de tres, y tengo la intuición de que veremos varios más del mismo tipo en los próximos tiempos. En primer lugar, la inédita reunión de 71 diputados y diputadas sosteniendo posiciones cercanas (especialmente ellas, que han asumido la voz predominante en la presentación de propuestas y en la defensa argumental) desde muy diferentes extracciones partidarias, políticas y aún ideológicas. Es una imagen harto poco frecuente en la política argentina, y que sirve para dar idea tanto de la profundidad como de la extensión de aquello que se discute.
Un segundo elemento, arrastrado posiblemente por la contundente imagen de la foto del conjunto variopinto de legisladoras con un pañuelo verde anudado al cuello, la manifestación de colectivos enteros de mujeres. Las marchas, las movilizaciones y la militancia son esperables, y su presencia y gravitación forman parte de la dinámica; pero no así el que, junto a ellas, también tomen una dimensión masiva otros agrupamientos para nada habituales en las reivindicaciones: el documento pidiendo la despenalización firmado por centenares de escritoras argentinas, de todas las latitudes, de todas las edades, de todas las escuelas y tendencias, es un hito histórico de la cultura nacional.
No puede ser ajeno al tamaño que tomó esta iniciativa, tampoco, el que algunas referentes y dirigentes políticas tradicionales estén cambiando de parecer, pasando de la cerrada negativa del tratamiento a una posición más contemporizadora, cuando no directamente dando un giro radical a favor de la despenalización, como el anunciado por Chiche Duhalde y el que, según se rumorea, podría hacer explícito en breve la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Y hay aún una tercera nota metal que tomo sobre este sorpresivo giro de la agenda política: los defensores y detractores de la despenalización semejan hablar idiomas diferentes.
El tamaño del debate abierto es enorme: cuatro comisiones de la Cámara de Diputados (Legislación General; Legislación Penal; Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia; y Acción Social y Salud), presididas por un diputado del Pro abiertamente favorable a la despenalización (Daniel Lipovetsky), y una lista de oradores de más de 1.000 nombres que expondrán en sesiones sucesivas hasta, al menos, finales de este mes de mayo. Aunque los expositores sólo tienen siete minutos para dejar sentada su posición frente a los legisladores que intentarán producir un dictamen conjunto de las cuatro comisiones, los discursos que han pasado hasta ahora se han ido consolidando en dos grupos tan separados, tan distantes, que es como si utilizaran lenguajes distintos.
En el grupo de los favorables a la despenalización se hace centro en los derechos de las mujeres a la disposición de su cuerpo; en la necesidad de una política sanitaria pública que proteja la vida de la mujer que aborta; en las cifras e historias de vida sobre las tragedias de los abortos clandestinos. Entre los que sustentan posturas contrarias a la despenalización se apela a creencias religiosas y prescripciones éticas de aplicación universal; al momento de determinación del origen de la vida en un feto; a la obligatoriedad del Estado de defenderlo.
No son diferentes niveles argumentativos, sino –casi- idiomas diferentes. Aún quedan muchas sesiones públicas, pero no me parece que en ellas encontremos finalmente posibilidades de diálogo. El Congreso, democráticamente, deberá resolver según el criterio de la mayoría.

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