La actualidad de Julio Verne

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Observo, azorado, el intento de “cobertura” (comillas ex professo) de la principal cadena televisiva del país a la huelga de los Metrodelegados del Subte. El gremio –que hasta hace poco era convocado como interlocutor por el Gobierno, pero que ha sido declarado ilegal ante el fracaso de ese diálogo- se niega a aceptar una suba de 15% en los salarios, cuando los índices inflacionarios ya alcanzan el doble de ese porcentaje. El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no duda y, aduciendo el desconocimiento de la personería gremial, envía a la policía, que reprime la protesta salarial y detiene a los dirigentes. La justificación del jefe de Gobierno de Buenos Aires es que debe reprimirse la movilización, ya que se trata de un acto ilegal desde el momento en que está organizado por un gremio ilegal. Una argumentación artificialmente simplista si se hace abstracción de las razones políticas que empujaron a esa ilegalización que hoy habilita para repartir palos.

Pero la sensación de estupor al ver la “cobertura” viene de que el obvio intento editorialista del canal de desacreditar socialmente el reclamo, mediante la puesta en cámara de los testimonios de los usuarios, se frustra una y otra vez. Esos cientos de miles que, al quedarse sin el principal medio de transporte, deben volver a sus hogares por vías alternativas: colectivos atestados, taxis caros, o simplemente echarse a andar. Y por más que el micrófono de los movileros pasa de rostro en rostro, no consiguen uno que se largue a protestar airadamente contra los trabajadores. “¿Apoyás la medida de los Metrodelegados?”, pregunta la periodista, esperando una rotunda negativa del chico, quizás un empleado bancario, el traje un tanto arrugado, la corbata floja y una cara de agotamiento tras una jornada larga, que está a punto de tomar tres colectivos para llegar al destino que hubiera cubierto con dos conexiones de Subte. “-Sí, es justa”, le responde, cansado pero seguro. “-¿Estás de acuerdo con la detención de Segovia (el dirigente de los trabajadores en huelga)?”, insiste la notera, por las dudas la primera respuesta hubiera sido un desliz; “-No, está peleando por algo justo”, ratifica el chico, a pesar de no tener la apariencia de alguien que leyese la realidad en claves clasistas. La periodista se altera un tanto: es su quinta o sexta entrevista en la fila del colectivo que termina con respuestas en el mismo sentido: “-Pero... (insiste, bajando el registro desde lo político a la experiencia personal) ¿no te molesta cambiar tu rutina?” –“No -dice el chico-, toda lucha sirve”, y se sube a la escalerilla del primero de sus ómnibus de vuelta.
Las notas de la movilera han de haber sido en la Diagonal Norte, quizás, porque cuando el chico sube, la cámara abre el ángulo y atrás se ve a la Plaza de Mayo, que estrena rejas que la cercan y la cierran, por primera vez en 200 años.
Hace unos días, tuve que cumplir con unos compromisos académicos en el extranjero, que me demandaron sucesivos aviones con sus correlativos tiempos muertos en los aeropuertos. Tengo previsto, para esos casos, algunas lecturas de largo aliento, esas que se disfrutan mejor cuando hay varias horas enfrente, y uno está condicionado a no moverse demasiado del sitio. Estoy siguiendo la saga de novelas con las que mi admirada Almudena Grandes se ha decidido a retratar la Guerra Civil española. Discípula de don Benito Pérez Galdós, Almudena ha llamado a su saga “Episodios de una guerra interminable” (como don Benito llamó “Episodios nacionales” a su estupenda crónica del siglo XIX peninsular). El plan de la serie es ambicioso, voluminosas historias de las que se van publicando cuatro: en 2010 apareció “Inés y la alegría”; dos años después “El lector de Julio Verne” (que acabo de terminar en mis esperas de los aeropuertos); y ya también están en las librerías (y en mi biblioteca, a la espera de otros paréntesis de varias horas) “Las tres bodas de Manolita” y el reciente “Los pacientes del doctor García”, de 2017. Y aún escribirá dos más, en los próximos años.
En este segundo volumen, el narrador es el hijo de un Guardia Civil, que de niño vivió con su padre en la casa-cuartel de la policía militarizada, tras la Guerra Civil en un pueblito perdido de la Sierra Sur de Jaen, entre 1947 y 1949. Las guerrillas republicanas aún intentan, desde el monte, impedir la consolidación de la Dictadura, y ésta responde con una brutalidad y una saña que sólo la maestría literaria de Almudena Grandes logra hacerla digerible. Es también el relato de un rito de paso de ese niño, Nino, que con los libros de Julio Verne logra amortiguar los gritos de los torturados en las celdas contiguas a su camastro en la casa-cuartel. A sus once años responde a la violencia del ambiente con una rara entereza, con una estatura espiritual que le posibilita identificarse con el otro, con las necesidades y las desgracias del otro: no se trata sólo de sobrevivir uno, dice el lectorcito de Julio Verne, mientras pasa las páginas de las fábulas políticas, de la justicia, de las organización de la vida en una isla desierta, de los manicomios y de las cárceles retratadas por el francés, sino de vivir con los demás. Al entenderlos, al comprenderlos, también se alcanza a percibir el sentido de la vida propia.
No hay acción represiva, pasada o presente, que pueda contra esa comprensión.

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