Perder, resistir. Perder, resistir.

 Nada fuera de lo común, por Manuel Esnaola (Especial para HDC)

UNO

Obituario: Hace unas semanas, el general Bartolomé Mitre, sopesado en los balcones más bajos del instrumento capitalista por excelencia, fue extirpado en presencia y alma, de las cajas registradoras de todos los maxi-quioscos, despensas y chinos de la república.

Ni un cigarro suelto, General. Ni siquiera la investidura de vuelto por caridad, recientemente ocupada -ahora sí, institucionalmente-, por los caramelos Sugus. Ya no habrá transacción posible con su efigie de frente prominente, cabello rizado y barba de putañero. Me permito esta última licencia difamatoria, ya que usted, que escribió a puño y letra la “historia” que habrían de repetir como loros, eternamente -seguramente pensó-, las generaciones venideras, sabía, mejor que nadie, que la trama era siempre más importante que la verdad. Ahora que finalmente se ha esfumado, General, y los revisionismos me parecen anécdotas de sus detractores más refulgentes, voy a permitirme decir algo: la literatura de ficción (¿?), que usted tanto desdeñaba como género para retratar la historia, es, quizás, la mejor reconstrucción que tenemos de nuestro pasado. Fíjese sino…

DOS

En su novela “La revolución es un sueño eterno”, Andrés Rivera escribe una situación memorable: Moreno le dice, al orador de la Revolución de Mayo y representante de la Primera Junta en el ejército que marchó al Alto Perú, “Escuche, Castelli, a Maquiavelo: Quien quiera fundar una República en un país donde existen muchos nobles, sólo podrá hacerlo después de exterminarlos a todos. Extermine a Liniers y a los que se alzaron con Liniers. Extermínelos, Castelli”. La sentencia es inequívoca. Deja al descubierto una de las más grandes falacias infanto-educativas de la república, respecto a la Revolución de Mayo de 1810: ya no habrá alegres vendedores de velas entonando cánticos, matronas despachando empanadas sobre el columpio que deja el eco del tacón contra los adoquines de la plaza, fornidos negros con jarros de “agüita”. Esta es la parte de la historia, hay que decirlo, en que comienza una carnicería. Pueden buscarla en las páginas amarillas bajo el nombre de “guerras de la revolución”.

A la vera del cabildo, los pistoletazos resquebrajan la inestable verba de los vecinos que dirimen el futuro de la patria. Cargado hasta los dientes, Domingo French, aquel agradable sujeto que repartía “con la vivacidad de un loco, el emblema de la nación futura”, intuye, acaso como un destino obligado, los dos balazos en la sien que meses más tarde habrá de dispensarle, en el suelo fértil del Monte de los Papagayos, a Santiago de Liniers.

Mientras tanto, en pleno siglo XX, Andrés Rivera sigue escribiendo una novela que, a mi juicio, es premonitoria de la reciente desaparición de Mitre en las marquesinas de la base monetaria y la historia dibujada a trazo fino para nuestros “dulces niños”. Escribe: “(…) el intransferible y perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y no confundir lo real con la verdad”. Una cosa es la trama de la historia, esa representación -real (¿?)- y homogénea con actores contratados, y otra muy diferente es la verdad que deja siempre el sabor a óxido de un balazo entre los dientes.

TRES

En realidad, yo quería escribir una columna coloquial sobre la Revolución de Mayo, bien costumbrista, a la manera de los textos que leí en mi adolescencia y también en cierta adultez que jamás llegó, palabras que me hicieron tiritar de frío y ardor al mismo tiempo, ese sueño imposible de ser un escritor perdido en la llanura provinciana. Yo quería escribir, por ejemplo, cosas como “el aguinaldo, a tu papá, le marcaba el bulto del tamaño de un sapito” o “Anochece. Todavía hay estudiantes levantando barricadas. La luna los delata. Radio Santa Rosa imparte consignas y cierra su transmisión con música de (…) Louis Armstrong. Faltan dos días de lucha todavía” o “Bueno, no tuvieron que pasar dos días sino tres años, once meses, diez días, cuatro horas y veinte minutos más para que hubiera un gobierno constitucional en la Argentina” o “Habían conseguido dos radios (…) Ellos cantaban y les inventaban letras nuevas a las marchas argentinas: no tengo pánico / de los británicos / quiero culear / morfar / bañarme / ser pichi y ¡licenciarme!...”.

Es verdad que yo quería escribir algo simple, hacer, por ejemplo, un relato, una réplica en prensa gráfica, de los memes de nuestros próceres despidiendo a Mitre… ¿Pero hay revolución en eso? No hay revolución en casi nada, Esnaola. “La revolución consiste en mirar una rosa (…)” que se apaga en una story a las veinticuatro horas. Quería decirle a mi vieja, escribir, que no soporto el locro del 25 de mayo porque la patria que se comulga en ese brebaje es fruto de una repetición inconclusa, una celebración a ciegas de un pasado casi ignorado.

CUATRO

Quizás por eso me salió esta columna despojada de cualquier jirón de nacionalismo. Porque la patria no es el alarde de la patria, sino el aliento que se consume -y jamás vuelve- para nombrarla. Belgrano, Moreno, Castelli, Juan José Paso… el teniente coronel Domingo French y su pistola machacando el cuerpo inerte de Santiago de Liniers. Las blusas colgando de los alambres, rebotando contra el viento, en algún callejón, en el mes de mayo, que es, nadie lo ignora, la estación más propensa a la revolución. Mitre lo supo antes que nadie… la trama es más importante que la verdad.

Ya cae el primer locro en el cuenco. Andrés Rivera, cascarrabias y obstinado en negar la historia en la “ficción”, escribe otra trama: “Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?”.

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