El exorcismo de Brenda Martin

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO
La primera vez que vi a Brenda Martin fue en medio de un resurgir. Lo recuerdo como si fuese ayer. Fue un 21 de septiembre en Almafuerte y teníamos que tocar con la banda de rock en una especie de fiesta del día del estudiante en el lago Piedras Moras. Veníamos de un peregrinaje de tres días de joda en Embalse, casi sin dormir, rezumando esa impunidad obsecuente de la adolescencia que te hace creer inmortal.

La cosa es que llegamos, descargamos los instrumentos, probamos sonido y nos fuimos atrás del escenario a esperar el toque de queda del productor del evento. Yo venía mal, desencajado -años después un loco sentado detrás mío, desde las sombras lacanianas, le pondría nombre y diagnóstico a esa suerte de despersonalización que aún hoy me persigue como un caniche obstinado-. Cuando nos avisaron que en quince subíamos al escenario, empecé a transpirar en frío, la marota se me fue hasta la copa de los árboles y me desvanecí en el piso. Luis Ferdinand Céline escribió: “si miras fijamente a la oscuridad, algo aparece allí”.

Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue a Brenda Martin, la silueta de lo que unos minutos después sería Brenda Martin, recortada como una estampita salvadora contra el sol tremendo de la tarde. Lo ojos de Brenda Martin, ojos negros o verdes o pardos o azules, las manos de ella sosteniendo mis pies, auxiliándome, mientras una difusa horda de gentes trataba de reanimarme. Yo era un pibe de diecisiete y ella habrá tenido poco más de veinte. Tocaban ese día también, con “Lucila Cueva”. Recuerdo que también estaba Mariana Pellegrino, una violera y vocalista fenomenal de Río Tercero. En fin… aquella tarde, después de una traslúcida actuación de nuestra banda, yo vi como Brenda Martin caminó hacia el escenario, la espalda de Brenda Martin vistiendo una remera azul oscura medio desteñida, anulando ese pedazo de mundo que queda atrás cuando algo bueno está por venir. Agarró el bajo, movió las perillas y con el costado de su pulgar atacó el Mi con un retumbe que se expandió por la arena con la tenacidad de un terremoto.

DOS
La segunda vez que vi a Brenda Martin fue en el mítico bar María María, que en los primeros dos mil se apostaba sobre el bulevar San Juan esquina Vélez Sarsfield. Tocaron casi tres horas con Lucila Cueva. Tendríamos apenas veinte años y con los pibes esperábamos ansiosos a que ella lance un solo de bajo, bien al estilo Arnedo, Jaco Pastorius, Aznar, el bajo como primer instrumento, con brillo, metálico hasta sentirlo en el paladar, el bajo de Brenda Martin que te entraba en el cuerpo, modificándote. Era como chupar una cadena partida con un alicate apretado por un gigante.

Desde aquella noche empezamos -en retrospectiva- a escuchar el bajo de las canciones que marcaron el derrotero de nuestro trabajado enojo burgués, mediado por mensualidades y viajes sin sentido a la facultad: Serú Girán, Divididos, Flea, Charly Caperucito siguiendo las migajas pálidas de Pastorius en un cuarto de hotel, invocando el nombre de un pibe llamado Pedro Aznar; Vadalá, Cachorro López, Malosetti, John Paul Jones (Zeppelin), Waters, Geezer Butler (Black Sabbath), Sting, Roger Glover (Deep Purple), de repente todos ahí, resignificados por Brenda Martin, por la digitación de Brenda Martin, que tocaba el bajo como quien se acerca, decidido, a un cuerpo amado… a la manera de los panaderos cuando amasan el pan, devotos. Acá en Córdoba ella tocaba así, en medio de un vaivén de cabeza, los ojos delineados, la sonrisa interminable, Brenda Martin diciendo, como Borges, “se puede tocar el bajo en argentino, en cordobés”, se puede escribir así, la música… no es monopolio de los ídolos que mojan nuestras sábanas y siempre hablan en un idioma que no entendemos pero que nos parece cool.

Escribo esto a la manera de la literatura costumbrista, porque la nostalgia es, quizás, la única épica de la vida y yo me acuerdo de la banda de rock que teníamos a fines de los noventa, cuando con los muchachos vendíamos una docena de Lemon Pies hechos por mi vieja, para poder comprar un parlante que peche un par de voces en el ensayo, no para saltar al éxito mundial sino más bien para comulgar la afinación, para sonar, lo que se dice, lo suficientemente bien como para no dar asco en la fiesta del sábado en alguna casa olvidada de la adolescencia, decía, vendíamos Lemon Pie para comprar un parlante, justo en el tiempo en que Brenda Martin soltaba la guitarra y agarraba un bajo, casi por obligación histórica, por un determinismo filosófico… cuando una banda de amigas le dijo, “che Brenda, nos hace falta una bajista”… “pero yo toco la guitarra”… y el bajo que se le cuelga en los hombros y la posee, gentil, ella le hace creer que es así, cuando en realidad es ella quien lo posee él -Danaerys de la tormenta punk- al bajo que vibra, calla, vibra y calla… y en ese palpitar / que tiene su mirar… refunda, renace, una frecuencia que coloniza el suelo, repta por lo bajo… crece desde el pie hasta romper el monocorde cielo de este planeta descolorido.

TRES
Estuve mirando infinitos videos de Brenda Martin en Youtube. Hoy existe también ahí. Ya lejos -o cerca- de la costa del lago Piedras Moras, de la parroquia María María. Cientos de reproducciones digitales de Brenda Martin merodeando en la red de redes: hay un tipo de un programa titulado “El visionario”, que la entrevista de manera grotesca, le adjudica un rol, una pose, la etiqueta y pretende una respuesta que no existe. Le pregunta de todo menos de cómo vibra el Mi en el reverso de su pulgar. Hurga, incomoda, “espectaculariza” un acontecimiento cuya épica reside en la escucha y no en el habla. ¡Silencio, “Visionario”!, ya tendrás tu oasis. Se me acaba el renglón… simplemente quería escribir esto para exorcizar de mí, el magnético fantasma Brenda Martin, que aún conserva esa mirada provinciana y no hace esfuerzos por borrarla, que sonríe arriba del escenario con la misma frescura que tenía cuando zapaba en la cueva Mery Mery… y además toca el bajo como una bestia intergaláctica, mientras yo sigo atrapado en la adolescencia tratando de vender un Lemon Pie… “uno más doña, para el parlante, que el sábado hay toque y el show debe continuar”.

04 Junio 2019
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