Los mundiales, literatura de la infancia

Nada fuera de lo común, por Manuel Esnaola (De nuestra Redacción)

UNO
Esto es fines de mil novecientos ochenta y cuatro. La ovejero alemán que atraviesa el patio, con esa ternura grotesca de los perros, sosteniendo a un bebé por el delantal, se llama, “Negra”. La perra me lleva de una punta a la otra, quiere jugar. Pero al parecer, entonces todavía soy muy joven para semejante vapuleo y mis viejos, con afán de protegerme de su inocente torpeza, proscriben a la “Negra” y un domingo un tío la sube a una chata y se la lleva al campo. Muchos años después, en alguna sobremesa, me contarán esta historia y yo preguntaré qué fue de aquella segunda madre canina y alguien me dirá que fue feliz y que una noche, por puro arte perruno, se estrelló contra la negrura del cielo, en el horizonte arqueado la llanura, y nunca más la volvieron a ver.
Los primeros años de vida son aquellos que transcurren entre una estación amniótica y una estación de llanto. Uno no recuerda nada de ese lapso y por eso, aquel pasado fundacional no es más (ni menos) que un relato de los que nos atestiguaron. El mundial del 86 escapa a mi recuerdo consciente. Es, digamos, un mundial literario, lo que equivale a decir, tal vez, que siempre será el mejor mundial.

DOS
Hora de la siesta en Río III. Desde el televisor JVC, apoyado sobre el mueble que era de los abuelos y que heredamos para equipar la primera casa, suena el himno del mundial Italia 90. Nunca habrá otra melodía igual. Aquella tarde todavía no lo sabemos, pero ese himno se convertirá en uno de los grandes hits de la humanidad. Lo cantaremos, extasiados, después del pan y queso en el potrero del barrio, en las previas de la secundaria, abrazados al amigo borracho, en la adolescencia tardía de alguna discoteca donde uno mira a la gente y sólo encuentra un espejo mutilado de su nostalgia y también la cantaremos ahora, en esta adultez impostada, pero como una rebelión contra las instituciones que monopolizaron –y mutilaron–, durante tanto tiempo, al amor.
A mis seis años, el mundo todavía es un barrio de diez cuadras: la casa de mi vecina Chicha, que tiene un fuentón de chapa enorme y nos deja bañarnos ahí; la casa del “Amargo” a mitad de la calle, un ex policía que toma mates en la vereda y nos cuenta historias de asaltos y fugas improbables; el “loco Soto” que trabaja con un gran torno y tiene el piso lleno de viruta de metal. Esa tarde, la del partido entre Argentina y Alemania, me cruzo al taller del “loco Soto” a ver la contienda con el resto del barrio. En ese instante, el Diegote todavía es un monstruo del fútbol. Después envejecerá mal y se hará oporto, vinagre, en mi memoria, pero a eso todavía no lo sé. La cosa es que cuando suena el himno en el Estadio Olímpico de Roma, todo el barrio comienza a saltar sobre la viruta, “el loco Soto” estira el brazo, torpemente, le vuela los anteojos a Paquito, que también tiene seis años. Paquito los levanta del piso, visiblemente rotos, se los vuelve a poner con estoicismo y sigue cantando… “notti magiche / inseguendo un goal / sotto il cielo / di un'estate italiana”. Gol de Alemania, pitazo final. Los mundiales son mucho mejores en la literatura, Esnaolita.


TRES
El 98 fue un verano de telenovela. Les cuento en tiempo presente, como para que se lo figuren bien: Metralla hace una fiesta en su casa el sábado y nos pide que toquemos con la banda de rock. Hace pocos meses que empezamos a ensayar y todavía estamos verdes. Pero habrá chicas hermosas, que después serán mayores y besarán a los chicos de sexto y con el tiempo seguramente formarán una familia y tendrán hijos y autos y divorcios, pero aun así es posible que, entre tanto llanto al alba y familia feliz o rota, por esta noche, nos recuerden para siempre. Hay que hacer la cruzada, tenemos que tocar bien. Para mí, no dar lástima ya será suficiente.
La cosa es que aún no tenemos sonido para amplificar los instrumentos que los viejos nos compraron en la reventa, porque pensaron, con causa justa, que la música iba a ser otra moda pasajera, que íbamos a colgar los guantes como todos los guantes que cuelgan los adolescentes en la cima de sus granos. Entonces, cuando casi todo está perdido, llamamos al Rodri Craco, que es un crack de la música y el sonido, para que nos ayude con la maniobra.
Rodri tiene, en ese momento, pongámosle, veintinueve años. Aquella tarde los amigos lo telefonean reiteradamente, lo reclaman, para un asado. Pero él está dispuesto, con la obstinación de un mecenas, a que toquemos. Agarra unos parlantes viejos del Metralla, corta cable, pela cable, une cable, encinta, arma, no lo sabe, el sonido, enciende, la chispa, la afonía de nuestros ancestros, los que decían que no podíamos tocar, música, el Rodri pela y une cable y dice: “probá ahí, Manolito, que tiene que sonar”. Y suena el Mi Mayor, esa nota autorreferencial, tremenda, que reclama el patio del Metralla, agita el agua de la pileta, despeina las navajas del pasto, promete besos. Son las tres de la mañana y es hora de largar. Empezamos con Popotitos de Charly y explota todo, se rompe todo, los parlantes, los cables que había pelado y unido el Rodri. No habrá concierto de rock aquella noche. Otra vez proscriptos de la gloria.
Después vendrá el invierno y el Bati mojará la red contra los ingleses. El partido terminará empatado y pasaremos, comiendo pelos de una tía roñosa, a cuartos de final. Allí nos quedaremos, mirando cómo se pasa el breve orgasmo, ese que tarda cuatro años en volver a suceder.
Faltan pocos días para que empiece una nueva copa del mundo. Abajo del puente han pasado muchos balones: el fin de la guerra fría y la nueva potencia mostrando su bravura, EE.UU. (94); el mejor FIFA de la historia, Francia (98); la globalización y su expansión asiática, Corea-Japón (2002); el idioma de los filósofos, Alemania (2006); el zumbido de los esclavos en las vuvuzelas, Sudáfrica (2010) y el mundo “sambando” en la sangre indómita de las mulatas y mulatos, Brasil (2014). En Rusia deberían colgar una bandera que diga que los mundiales son aquellos esporádicos momentos de creatividad en los que el guionista escribe una página más en la gran novela absurda de la infancia, que es, ya lo sentenció Rilke, la única patria de “todes” los hombres y mujeres del mundo mundial.

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