Cansados, depresivos, fracasados

Nada fuera de lo común, por Manuel Esnaola (Especial para HDC)

UNO

Hace tiempo que vengo reflexionando sobre algo: vivimos en un mundo sin profundidad. La velocidad-liviandad con que suceden las cosas, “cosas” que en lo virtual –acaso lo único real (¿?)– poco tienen que ver con los acontecimientos en su versión analógica, decía, esa velocidad ralentizadora, configura un espectro de acciones humanas que se parecen mucho a las de un autómata. Hay una especie de defunción allí donde todo es previsible. Por eso la creatividad es algo vivo, una grieta, una chispa de caos que se prende entre tanto reglamento y disciplina, una negación a lo establecido.
Pero esta sociedad líquida o tardomoderna, tan instantánea y de vínculos precarios, parece haber cerrado las grietas, las rendijas, la posibilidad de negación, con la bandera del “todo lo podemos”. Así, como lo explica el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su ensayo “La sociedad del cansancio”, de la disciplinaria sociedad Foucaultiana, que generaba locos y criminales, hemos pasado a la “sociedad del rendimiento” que produce depresivos y fracasados.

DOS

Basta mirar la oferta de lecturas en las librerías virtuales. Cientos de libros sobre emprendedorismo, liderazgo, coaching ontológico (¿y esto con qué se come, Esnaola?). Cómo puede haber un “acompañamiento” para “conseguir tus logros” –partiendo del hecho de que un logro está conjugado en tiempo pasado y, por ende, ya debería estar, al menos gramaticalmente, conseguido– decía, qué es un coaching apellidado ontológico. De qué se trata esta frivolización de la gran pregunta filosófica sobre el “ser”: ¿qué hay? ¿Todo? Pura superficie. Entonces enarbolamos la bandera del multitasking, tan vanagloriado en estos tiempos, que se confunde con cierto tipo de habilidad que hay que desarrollar en la sociedad del rendimiento y del trabajo. Pero la técnica de “la administración del tiempo y la atención multitasking no significa un progreso para la civilización. Es una regresión”. Nuestra atención es dispersa, hiperactiva / reactiva. Estamos, como un animal salvaje que jamás puede dormirse profundamente por temor a que le roben la presa, la cría, el territorio, expectantes, escurridizos en el solárium de la piletita mundial, esperando, haciendo, algo, casi sin sentido, que nos martilla los sueños y al mismo tiempo nos hace creer que ese apacible tormento “es nuestro sueño”.
Miro las redes sociales, los grupos de WhatsApp, las fotografías que asesinan de un disparo cualquier significante vivo y lo convierten en un monumento…. Miro ese monumento y no hay mierda de palomas, no hay olor a óxido, no hay un instante de inmersión contemplativa. Todo es banal, ligero, violento. Merodeamos con los ojos perdidos, como aquel animal salvaje, en un territorio que no es hostil ni benévolo. Y si nada ocurre es porque “todo lo podemos” y en ese poder esculpimos una marca postrera que se borra al día siguiente.

TRES

Byung-Chul Han escribe, con cierto tono de nostalgia, que “la cultura requiere de un entorno en el que sea posible una atención profunda”. Recuerda aquellos pasajes de Walter Benjamin, en donde el filósofo realza el aburrimiento profundo como una puerta de acceso a la reflexión. Porque “la pura agitación (…) reproduce y acelera lo ya existente (…) No genera nada nuevo (…) Sin relajación se pierde el «don de la escucha» y la «comunidad que escucha» desaparece”. Pensemos, en el otro polo, en nuestra comunidad activa, que bucea en una pelopincho a medio llenar. En su afán de rendimiento y éxito, tiene proyecciones y habilidades fragmentarias. Cree que se ha adaptado al entorno y flota, como un salvavidas diligente, en la corriente de su ego.
Un hombre camina por la cañada. El hastío se ha apoderado de él. Camina cada vez más rápido y el calor lo atormenta. Cruza la calle, sigue caminando recto. El calor no cesa. Compra una botella de agua y sigue caminando, siempre recto y hacia algún sitio del cual no se ha ocupado demasiado en reflexionar. Otro hombre camina por la cañada lentamente. Mira el canal y piensa si en otro tiempo hubiera sido posible transitarlo en una embarcación pequeña. El tísico fluir del agua le parece una broma macabra. Se aburre de caminar y levanta un pie. Da saltos en ele, como un caballo de ajedrez, siguiendo el devenir de las baldosas negras. El hombre que camina por la cañada ha evolucionado su andar. Ahora baila una especie de danza. Ese baile es posible porque se “ha salido del tiempo”, se ha detenido a “mirar” la geografía y no el reloj.

CUATRO

De qué sirve una máquina de rendimiento autista. El trabajador tardomoderno cae en una especie de “dopaje” productivo. Ya no hay clase explotadora ni capataces. La autoexplotación es el síntoma de la nueva época. El rendimiento fraccionado en cientos de partículas de éxito (¿?), autoimpuesto. Y si no hay rendimiento entonces el fracaso, la depresión. Esta situación produce un cansancio aislado, lejos de aquel aburrimiento o agotamiento que propusiera Benjamin. El cansancio del rendimiento “es un cansancio a solas, que aísla y divide”. Pernoctamos, solitarios, en una tienda que siempre está en otra parte. Entonces la futilidad del espectáculo de nuestra existencia en las proyecciones virtuales. La estandarización del lenguaje, la representación emotiva a través de hologramas estancos, fotografías que en nada se parecen a nosotros mismos. Un rebaño de ovejas marchando hacia el mismo punto, olvidando el mejor color de su especie: la obstinada oveja negra.
Entonces cansados, aislados, hacemos equilibro en el invisible hilo que nos une al otro. Pero no hay otredad. Sólo una ilusión bien proyectada de cierta comunidad irreal. Como diría Byung que dice Handke, tan poéticamente… “los dos estábamos cayendo ya, cada uno por su lado; cada uno a su cansancio más propio y particular, no al nuestro, sino al mío de aquí y al tuyo de allá”. Amén.

 

© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar