El otoño, una vaca amarilla

Nada fuera de los común, por Manuel Esnaola (De nuestra Redacción)

UNO
Leónidas Lamborghini escribe: “Merecía el premio: fue / el que más páginas / copió / de todos nosotros juntos.” Ahora mismo la sentencia puede parecerles precaria, pero poco a poco, si uno reflexiona sobre la esencia de “lo argentino”, comienza a tomar cuerpo, se nutre, fortalecida, de cierto clima familiar. Es como esas tardes de domingo en que una tía lejana, emponzoñada ya con el tinto y la jarana, comienza a hacer el ridículo, grita, desconfigura, sin remordimiento, las anécdotas, achina los ojos y entonces resulta prácticamente imposible negar que uno mismo es, a veces, ella, aunque no quiera, es, también, repetitivo, insignificante… la huella de una réplica, de una copia celebrada.
Déjenme rápidamente observar algo: hay una señal de auto-reconocimiento inconsciente, en el hecho de que obras como “Radiografía de la pampa” de Martínez Estrada o “Aguafuertes porteñas” de Arlt, sigan leyéndose en la actualidad, como diccionarios de la desdicha argentina, un estandarte de la insignificancia.
¿Es la Argentina un país monótono? Es probable. Pero en mi opinión, más que el país, somos “los argentinos”, la especie viva del gran significante, los espectros que moran en el purgatorio de la monotonía. De repente estamos ahí, con todos los dispositivos encendidos, arriba del tren del relato de moda, corremos, a todo vapor, alegres, junto al rebaño bien adiestrado, hasta rompernos el alma contra una pared que casi siempre está pintada del mismo color. Y ahí mudamos de piel, viramos hacia otro relato que disimule nuestro letargo, esperando cierta tierra prometida que nunca llega: filosofía política de la historia argentina.


DOS
Inventario de definiciones. Ortega y Gasset pone en evidencia el corolario narcisista: “el argentino vive absorto en la atención de su propia imagen. Se mira, se mira sin descanso”. En sus “Estudios económicos”, Alberdi alude a la herencia hispana para describir a las elites: “cada cual quiere ser un señor y vivir como un noble sin trabajar”. Sarmiento encuentra en el aislamiento, los accidentes geográficos y el desierto, la explicación de nuestros códigos de conducta. Escribe en el “Facundo”: “¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina, el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver… no ver nada?”. Borges subraya el carácter argentino como “la exageración del pudor”. Saer encuentra tres variables constantes en la región, desde la fundación de Buenos Aires: “un puñado de dirigentes que reivindican toda una serie de privilegios, una mayoría de pobres diablos de diversas nacionalidades a los que la miseria empujó a América con la intención de enriquecerse, y una vasta masa anónima, los indios, relegada a las tinieblas exteriores”.
Así, en el banquete de rasgos que se entremezclan para formar el ponche de “lo argentino”, uno parece intuir que hay cierto registro poético –la Argentina como huella solitaria que grabaron a sangre, en la espesura de la Pampa, las jaurías de perros cimarrones, los caballos salvajes que se reprodujeron en cautiverio, huyendo del hambre voraz de los conquistadores, habitando la aridez de la llanura mucho antes que los gauchos y las civilizaciones (¿?)– decía, que hay cierto registro poético, tan arraigado al ethos de la república, que muchas veces nos empuja hacia el olvido de una verdad fundamental, generalmente dicha de soslayo y en voz baja –porque la verdad a secas es difícil de aguantar– de que los argentinos tienen una inclinación a la uniformidad, a no salirse del camino de un relato que anula toda posibilidad de contradicción. Somos, en el mejor de los casos, el resultado frívolo de un discurso que repetimos por miedo a que nos destierren de nuestra zona de confort.

TRES
Voy a mencionar algunos relatos a ver si les resultan conocidos. Un emblemático gurú de campaña le susurra al futuro presidente de la república “no te calentés por los contenidos de los discursos. Vos (…) besá a los chicos y tocá los ojos de los ciegos. Después saludá [postealo en las redes –el agregado es mío–] y andate”. Una señora, dueña de una ferretería bonaerense, dice con desánimo: “¿Se dio cuenta de lo que está pasando con los colectivos? Están vacíos (…) No hay trabajo. Ya nadie va a ninguna parte”. Y retruca: “Pregunte quién votó a M… ya están empezando a negar que lo votaron. Nadie se quiere hacer responsable”. Mientras tanto, en el centro del espectáculo, uno ve a un sujeto indescifrable, siempre con sonrisa de utilería, enarbolando una flecha arcaica tan usada en otros tiempos por idealistas y revolucionarios: el cambio, la transformación, concepto de repente convertido en el estandarte de las clases altas, los divos y divas de la TV, los terratenientes y las corporaciones. El sujeto indescifrable, conciliando mejor que nadie las nociones de verdad y realidad, dice: “estamos mal, pero vamos bien”.
A muchos este panorama les resultará familiar y quizás hasta noticia repetida de todos los días. Tal vez algún lector atento haya pescado la ironía que intento jugarles. Los relatos citados no son de ahora, sino que provienen de los años 90. Y el sujeto indescifrable no es el actual presidente sino Carlos Saúl Menem.
Así es que la revelación cae como un baldazo de agua fría. La historia argentina es “la historia de unas cuantas metáforas” que dicen que este país utópico se ha convertido en una repetición infinita de sí mismo. “Nunca se había visto tanta tristeza”, dice la doña de la ferretería, desde algún punto en el pasado. ¿Y la alegría? Por ahora ni noticia. Agrego otra pregunta, si me permiten, formulada por Pablo Neruda: “¿Te has dado cuenta que el otoño es como una vaca amarilla?”
Mientras el mundo arde allá afuera, retomo a Lamborghini: “Merecía el premio [la Argentina]: fue / la que más páginas / copió / de todos nosotros juntos.”

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