Maradona vs. Messi

Simulacros del fin del mundo, por Lucas Asmar Moreno (Especial para HDC)

Demasiado se habló de las diferencias y similitudes entre Maradona y Messi. Desde Alejandro Dolina con su sentencia “A Diego se le notaba que era el mejor jugador del mundo en una jugada y a Messi, en un año”, hasta el Coco Basile, precisando que “Maradona generalmente decidía bien, sin que vos le dijeras nada; se ponía el equipo al hombro y los hacía jugar a todos. Messi, en cambio, juega de tres cuartos para adelante y descansa cuando no tiene la pelota”. También tenemos a un Eduardo Galeano gagá, quien ante la pregunta de cuál es el mejor disparaba una obviedad calamitosa: “en la vida tenemos que dejar de andar comparando...”.

¿Messi y Maradona no son comparables? Por supuesto que lo son: ambos juegan al fútbol, son argentinos y tienen el beneplácito unánime de los hinchas. Son ídolos con idéntica materia prima. No querer compararlos es una cobardía comprensible: quienes se maravillaron con el Maradona de ayer, disfrutan del virtuosismo de un Messi actual. Elección cruel: la nostalgia o el ilusionismo.

Porque a Maradona hay que abordarlo como una construcción histórica y a Messi como una construcción de marketing. Maradona es un mito fundacional paralelo a la restauración de la democracia que alcanza su éxtasis en el 86, mientras que Messi hereda el mito de ser el más grande sin ninguna epopeya social que lo acompañe. D10S y el mesías, pero un mesías fallido, dubitativo, que incapaz de predicar le cede su voz a las multinacionales del deporte. Un mesías convertido dócilmente en mercancía.
Maradona es centrífugo: de Argentina se eyecta al mundo, se hace ícono de un país y cualquiera que diga en el extranjero que es argentino recibirá del oriundo la exclamación “¡Maradona!”. Messi es centrípeto: de Europa su popularidad rebota sobre Argentina como una pelota desinflada; su genio nos pertenece por el fatalismo de su lugar de nacimiento, fatalismo que lo transforma en el agujero negro de la Selección Argentina.

Messi es geográficamente difuso, atemporal, una réplica humana de Mickey Mouse, y eso habilita a que cualquier país use su imagen para un merchandising desaforado. ¿Cómo se explica que niños de tres años que no entienden la pasión futbolística sientan por él semejante devoción? Messi es protagonista de la saga de videojuegos de la Fifa. Detrás del avatar de Messi multitudes de gamers ejecutan la misma combinación de botones. Metáfora precisa de su estilo de juego, reductible a variables finitas, fáciles de neutralizar por los equipos rivales. El genio de Messi consiste en inventar mínimas fisuras dentro de esos combos calculados hasta el hartazgo. Un androide fabricado con hormonas de crecimiento y chips de aerodinámica que cada tanto adquiere conciencia y traiciona su software.

Tanto Messi como Maradona tienen un juego individualista que los hace resaltar. No obstante, estos individualismos son antagónicos: el de Maradona es la parábola del hombre que forja su destino, que huye de Fiorito y triunfa gracias a la fuerza del resentimiento. Su tozudez es psicótica, capaz de recurrir a la trampa tanto del reglamento (una mano entre los rulos) como del doping (una pizca de cocaína). Messi es un triunfador dependiente y explotador: nada puede hacer sin la cooperación de su equipo. Es el epicentro de cualquier táctica, como un ajedrez irresponsable que se obsesiona con la flexibilidad de la reina y descuida las potencialidades de sus otras piezas. Será el calvario de cualquier DT, que para demostrar por presiones de sponsors que dirige al mejor del mundo pormenorizará al resto del plantel. Si Messi triunfa, es porque le forjan su destino.

Mucho se habla de que llegan a la cancha en períodos distintos del deporte. Es cierto: la impulsividad de Maradona sería impensable hoy, cuando el juego está regido por la racionalidad del espectáculo. De hecho, su intuición como único capital lo convierte en un DT apenas mediocre de equipos insólitos del Medio Oriente. Messi, en cambio, es técnica pura al servicio de un ballet goleador. La danza de un autómata programado para patear apenas recibe la pelota.

Y por supuesto están sus personalidades, ambas irresistibles y patéticas. Maradona encarna la prepotencia del liberalismo, su expresión más inclemente, competitiva y bravucona, mientras que Messi representa la circunspección del neoliberalismo. Consecuencia evolutiva en donde el millonario ya no ostenta ni es autoritario usando su dinero, sino que se camufla en gestos demagógicos. Lo políticamente correcto, en fin, esa fórmula verbal que invisibiliza el trasfondo.

¿Cómo es posible que Maradona ejerza violencia de género hasta con la madre de sus hijas sin recibir por ello reprimenda alguna? ¿Cómo es posible que Maradona se codee con los comunistas visitándolos en un jet privado? Es que Maradona derivó en una caricatura de sí mismo, un mito que por irreverencia sigue vivo, que no supo morir a tiempo. La filtración de un video de Messi insultando a Antonella Roccuzzo sería un escándalo planetario que haría tambalear a la bolsa de Wall Street, porque Messi sí pertenece a este mundo. Un mundo que, como su estilo de juego, se contenta en un tecnicismo exhibicionista y desalmado. Un mundo en donde la alegría del gol es una predicción de marketing.

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