Emoji de mate al compás de la vihuela

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

¿Por qué excita tanto tener un emoji de mate en WhatsApp?
Donde la palabra escrita genera conflicto, el emoji propone un sentido a media asta. Estamos ante un método de comunicación blando y amistoso. Los emojis o matizan frases (“pasá por mi casa esta noche” + emoji guiñando un ojo); o son redundancias (“te extraño” + emoji corazón roto); o sirven para clausurar una conversación bajo un alivio de neutralidad.

Este último uso es el más inquietante porque le ofrece al receptor toda la potestad del descifrado. ¿Qué significa cerrar la coordinación de un horario con un plomero usando una cadena de emojis al estilo ballena + arcoíris + pulgar arriba? ¿Hay algún código oculto, algún sentido subyacente? En absoluto: los emojis sueltos no otorgan directriz, son explosiones sin ondas expansivas. Puede ser un emoji enojado, un emoji trébol, un emoji botella de champagne: es una pincelada simpática que no mueve el amperímetro de la comunicación porque le permite al receptor interpretar lo que se le dé la gana. La posibilidad de un malentendido se reduce a cero.

Esto precipita cierta conclusión: el emoji vale más por su condición de emoji que por lo que sustituye. La correlación entre el signo y la cosa se derrumba: el emoji crea una tangente comunicacional que curiosamente boicotea la comunicación. Por eso es tan irresistible hablar con emojis: el lenguaje deja de ser performático, no acarrea riesgo, deja en suspenso la responsabilidad.
Y por esta misma condición elástica sería imposible que los emojis reemplacen al lenguaje: no sirven para crear mensajes complejos, no pueden articularse, carecen de precisión. Habilitar un emoji para cada cosa existente sería una emprendimiento borgeano de interés apenas literario.

Pero, entonces, ¿qué pone en juego el emoji?
Así como no hay emojis sin redes sociales, no hay redes sociales sin internet, y tampoco hay internet sin globalización. Los emojis en absoluto amenazan nuestra comunicación, pero su repertorio crea un espectro de experiencia bastante controlado. Cada representación anímica o selección de objetos y símbolos que aparecen en nuestros smartphones determina qué vale la pena visibilizar dentro del proyecto globalizador.

Del amarillo genérico aparecieron tonos pantone para elegir la piel de los humanos-emoji. Claro que elegimos libremente la piel dentro de un paquete de profesiones tan prestigiosas como infantilizadas: médico, científico, policía, rockstar, astronauta, bombero, juez. O elegimos un tono de piel para manitos que hacen señas “universales” del tipo “okey”, “fuck you,” “high-five”, “victory”.

Los regionalismos sufren impotencia ante la agresividad universal del emoji, son absorbidos y aniquilados en aras de una representación mundial, homogénea y progresista. El emoji de repente expande su concepción de familia incluyendo variables de sexo y hasta de cantidad de hijos (máximo dos). Podría decirse que los emojis se iluminaron y blandieron los valores de la diversidad, aun conscientes de que una diversidad estandarizada debilita lo diverso.

Nos rodea un código emoji que expande y contrae al mundo desde nuestros celulares y teclados: determinados vehículos, determinadas herramientas, determinadas arquitecturas, determinados alimentos, determinada flora y fauna. El emoji es mucho más que un sistema de comunicación: es un sistema de representación. Al emoji nunca le interesó ser un complemento lingüístico, más bien ambiciona con diseñar mundos y experiencias sensibles; formas de reír, llorar, alegrarse, amar y hasta enfermarse. El emoji es un colonialismo en modo cartoon agazapado en nuestra comunicación digital. Agregamos emojis porque le damos al texto un imperativo de buena onda mientras alteramos, inocente y suavemente, la percepción de la realidad.

Si el emoji es entendido como un sistema de representación, que Apple o iPhone agreguen un emoji de mate se convertirá en nuestra mayor victoria cultural a escala planetaria. Figurar en el acotado catálogo de brebajes de los emojis equivaldría a ganar una carrera espermatozoidal. Sabemos que comunicacionalmente el emoji mate no sustituirá al signo mate. ¿En definitiva qué sería lo más chiflado que podría pasar en un mensaje de WhatsApp, que alguien redacte “tomemos unos” + emoji mate?

Disponer de un mate pixelado en los sistemas de mensajería electrónica nos convierte en colonialistas de poca monta. Triunfamos como región imponiendo un emoji impopular y misterioso, así como la comunidad del bádminton logró incorporar el emoji de una pelota con pluma.

Pero la excitación por este emoji puede ser aún más vergonzosa y funcionar como metonimia de la ansiada reinserción al mundo. El pictograma del porongo con la bombilla coexistirá junto al pictograma del ramen o del hot dog. Exportamos tradiciones que ningún japonés se esforzará por entender, no obstante, nos hemos ganado un lugar en la pirámide de la globalización. Quién sabe, quizás de acá a unos años demos otro paso y agreguemos un emoji del poncho, y luego otro del dulce de leche, y así hasta que a los japoneses les resulte un tanto sospechosa esta invasión pixelada.

 

02 Julio 2019
Whatsapp
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