Morena Rial o esa gordofobia a conquistar

Simulacros del fin del mundo, por Lucas Asmar Moreno (Especial para HDC)

“Que haya una gorda en televisión es una victoria; debe haber un montón de gente tuiteando sobre mi peso en este momento”, dijo Virginia Godoy, más conocida como Señorita Bimbo, en Intrusos, allá por febrero de 2018, cuando Jorge Rial se convertía al feminismo.

La frase de Señorita Bimbo es una sentencia inobjetable: excluyendo programas sobre fútbol, ¿en qué otro espacio pueden verse cuerpos flácidos y ovalados? Ni siquiera Cuestión de Peso, ese reality que hacía de la grasa saturada su plusvalía, recurría a conductoras gordas. Y no hablamos de obesidad, sino de una complexión física robusta que durante el Renacimiento gozaba de prestigio.

Gordura y televisión son piezas incongruentes que sólo llegan a una tregua cuando la tele recurre a lo gordo para ridiculizarlo, como sucede con la Tota Santillán, La Bomba Tucumana o Matías Alé. La gordura apenas cuenta con algunas excepciones en el ámbito actoral (Alfredo Casero, Carlos Portaluppi, Rita Cortese), y siempre como satélites dramatúrgicos. Volvamos, entonces, a la máxima de la Señorita Bimbo: la gordura, en televisión, es invisibilizada.

¿Qué sucede con Morena Rial bajo este panorama? ¿Cómo puede una chica de 19 años posicionarse en el ecosistema del espectáculo con un cuerpo disruptivo? ¿Cómo pensar una identidad mediática siendo la hija de un tótem mediático, de un alquimista depravado que combina glamour y podredumbre para obtener de allí la materia prima de su trabajo? Lejos de optar por el exilio, Morena Rial ambiciona posicionarse en el ambiente del espectáculo. Lo dijo recientemente en su entrevista con Pampita: “quiero ser cantante de la movida tropical”. Dicha entrevista, por cierto, tuvo un barniz de condescendencia pornográfico: el piano sensible que acompañó la media hora de charla, la voz maternal de la conductora, el calibre naïf de las preguntas, todo indicaba que la pulsión televisiva estaba encadenada, hasta que le soltaron la cadena sobre el final del programa, obligando a que Morena Rial puntúe los bailes hot de Pampita y Sol Pérez. Humillación simbólica que reubicó los elementos, como si toda la charla previa hubiese sido una excusa para esa puesta en escena de sensualidad inaccesible.

Morena Rial resiste, reúsa replegarse. Gracias a su padre conoció el backstage del espectáculo y ahora, amparada por su mayoría de edad, quiere formar parte de la elite. El primer paso implica exponerse espasmódicamente en redes sociales, contando con el interés de los portales de noticias, que relevan minucias de su vida privada: novios supuestamente pagos, mudanzas, microemprendimientos de bijouterie, cruces tuiteros, postura frente al aborto. Morena Rial le da rédito a la prensa, es obvio. La pregunta entonces gira hacia un terreno sórdido: ¿de qué modo Morena Rial es redituable para la prensa, como construcción narrativa, algo así como una historia de superación, o como un bullying solapado, un guiño canallesco alineado con la lógica del espectáculo?

Juan Terranova, en una columna de Revista Paco de 2014 titulada “¿Por qué llora Jorge Rial?”, esbozaba la siguiente respuesta: “llora porque la belleza de su mujer sobrevuela y señala y expone la fealdad de sus hijas (...) porque conoce el mecanismo y no sabe si la Hidra puede vivir masticando sus cabezas”. Esta metáfora es importante: Terranova no sólo psicoanaliza a Rial, también da cuenta de cómo la televisión se ha vuelto endogámica y metatelevisiva: aquellos que hacen circular la información son, a su vez, la información misma. La televisión deriva en una máquina de signos descompuesta incapaz de identificar al emisor del receptor.

Rial, en un arrebato de amor dentro de un matrimonio miserable, adopta a dos niñas sin el criterio genético del show business. Quien ahora debe lidiar con este arrebato es la propia hija, enfrentándose a la encrucijada de querer ser mediática sin caer en el consumo irónico. Pero Morena intuye (y su padre lo sabe perfectamente, de allí su terror crónico) que no encaja en este microcosmos. Hasta el momento, la disyuntiva intenta resolverse a fuerza de intervenciones quirúrgicas y una filosofía del self-made man que la lleva a postear frases del siguiente calibre: “las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios”. ¿Cuál sería el destino extraordinario de Morena Rial?, ¿un dominó de bypass gástricos?, ¿una adulteración física a escala Micheal Jackson?

La auténtica reivindicación de Morena Rial no irá jamás por el lado de la reproducción ideológica de su padre, sino de la más salvaje subversión hacia ese sistema que la expulsa. Así como la Señorita Bimbo le dijo en la cara a Rial que mostrar la gordura en televisión ya era una victoria, Morena necesita reafirmar esa estética villera que tanto espanta al espectador de clase media y pasearse así, peronista, brutal y de cuerpo imponente por todos los programas de televisión, desandando un camino que la puso en el lugar incorrecto bajo un reflector cruel.

Si su padre verdaderamente la ama, la dejará rodar.

© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar