Elogio a las cosas

Cultura y tecnología, por Darío Sandrone (Especial para HDC)

I

Diógenes de Sinope fue un filósofo que vivió en Atenas, allá por el año 400 aC, y que Platón supo considerar como un “Sócrates delirante”. Andaba descalzo y sin ropa por la ciudad, pues se caracterizaba por no contar con ninguna posesión más que el bastón que necesitaba para caminar y una manta con la que se cubría por las noches, cuando dormía en la puerta de algún templo. También se dice que a veces dormía dentro de un barril. Una anécdota muy conocida cuenta que, además, poseía un cuenco que utilizaba para beber agua, pero que al ver, en una ocasión, que un niño bebía de la fuente ahuecando sus manos, dijo: “este niño me ha enseñado que aún poseo cosas superfluas”, y arrojó el cuenco.

Ya en nuestra era, a mediados de la década de 1970, no sin cruel ironía, la nomenclatura clínica designó con su nombre a quienes, por el contrario, no pueden desprenderse de sus cosas. El síndrome de Diógenes, como se conoce desde entonces a este trastorno, está asociado a la depresión y suele ser más frecuente en personas mayores que viven solas. Sin embargo, no todos los casos encajan en ese perfil, como ilustra la obra de teatro “Toc, Toc” (2005), que recientemente ha sido versionada en el cine. En esta película española (2017), Emilio, el personaje interpretado por Paco León, es un hombre joven, activo y divertido, a pesar de lo cual padece este síndrome que lo lleva a acumular todo tipo de cosas en el patio de su casa: patentes de automóviles, carteles, sillas, muñecos, sombrillas, bicicletas. A raíz de ello enfrenta problemas personales, a tal punto que su esposa hace con él lo que él no puede hacer con sus cosas: lo abandona.

II

A orillas del Océano Pacífico, en un pueblito llamado Isla Negra, al sur de El Quisco, se encuentra una de las tres casas que Pablo Neruda tuvo en Chile (actualmente es un museo). Frente a ella, como un monumento a su niñez, se encuentra un viejo vehículo a vapor que usaba su padre; dentro de la casa habitan mil objetos más. Algunos son exóticos y enormes, como los mascarones de proa que Neruda adquiría cada vez que tenía la oportunidad, y con los que llenó una habitación completa. Otros objetos son pequeños y cotidianos: mapas, ropa, botellas, herramientas, muebles, estatuillas, cuadros. De cada viaje regresaba cargado de cosas, de cositas, de objetos que compraba en las calles o en las tiendas del mundo, para acopiarlos en su casa de Isla Negra. Algunos, es cierto, se los traía el azar, como la puerta de camarote de barco que divisó aquella mañana flotando en el horizonte. Entonces, se sentó en la playa junto a su esposa, y esperó pacientemente durante todo el día que las olas la trajeran a la orilla. Apenas tocó la arena, al anochecer, entró aquella misteriosa puerta a la casa, y la puso sobre unos caballetes junto a la ventana de la habitación llena de cosas a la que llamaba estudio. A partir de allí, siempre que escribía lo hacía sobre esa mesa, sobre esa puerta, sobre esa cosa.

Lejos aún de la mirada patologizante de finales del siglo XX, Neruda acumulaba cosas sin cesar y sin culpa. No lo padecía, lo disfrutaba. Su afición no lo aislaba, al contrario, daba grandes fiestas en su casa, donde las cosas y los invitados se confundían. En su “Oda a las cosas”, escribió: “Amo las cosas loca, / locamente./ Me gustan las tenazas, / las tijeras, / adoro / las tazas, / las argollas, / las soperas, / sin hablar, por supuesto, / del sombrero… en fin, / todo / lo que se hizo / por la mano del hombre, toda cosa: los anteojos, / los clavos, / las escobas, / los relojes, las brújulas, / las monedas, la suave / suavidad de las sillas.”

Neruda amaba todas las cosas que despreciaba Diógenes. Las quería para sí. Las deseaba y no porque le sirvieran, porque le fuesen útiles, sino porque eran hermosas por el sólo hecho de ser cosas, de ser una creación única de una persona única en un momento irrepetible que, sin embargo, persistía en la cosa misma: “las copas, / los cuchillos, / las tijeras, / todo tiene / en el mango, en el contorno, / la huella / de unos dedos, / de una remota mano / perdida / en lo más olvidado del olvido. / Yo voy por casas, / calles, / ascensores, / tocando cosas, / divisando objetos / que en secreto ambiciono.”

III

Hoy, en tiempos en los que la publicidad y el marketing nos impulsan a comprar cosas, está mal visto acumularlas cuando les llega la vejez y la obsolescencia. Esta censura moral no se basa en la convicción de Diógenes, de que despojarse de las cosas es un camino a la virtud, sino que, más bien, hunde su raíz en el espíritu consumista que reduce las cosas a meras mercancías que comprar, usar, descartar y volver a comprar.

Pero la cosa es previa a la mercancía y la excede, pues en ella depositamos significados afectivos y simbólicos que la convierte en una pieza única e irremplazable. El primer regalo de un ser querido, el recuerdo de un viaje significativo, lo que pertenecía a algún familiar ausente o, simplemente, lo que es bello por el sólo hecho de ser como es. Todo esto transforma a las cosas en fieles presencias que conforman el paisaje de nuestro hogar. La queremos en nuestra órbita, para tenerlas allí, al alcance de la mano o de los ojos, para saber que nos rodean y, ¿por qué no?, que nos acompañan, pues como dicen los últimos versos del poeta: “muchas cosas / me lo dijeron todo. / No sólo me tocaron / o las tocó mi mano, / sino que acompañaron / de tal modo / mi existencia / que conmigo existieron / y fueron para mí tan existentes / que vivieron conmigo media vida / y morirán conmigo media muerte.”

Allí, en la casa de Isla Negra, siguen aún las cosas de Neruda, medias vivas, medias muertas.

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