¿Y quién soy yo? (Segunda parte)

Cultura y tecnología, por Darío Sandrone (Especial para HDC)

I
Buena parte de la literatura del siglo XX ha rondado el problema de la identidad personal. Por tomar un caso de los más conocidos, en la novela de Kafka, “La metamorfosis”, el pobre Gregorio Samsa despierta una mañana convertido en un enorme insecto. Como la historia está narrada desde el punto de vista del protagonista, quien todo el tiempo repasa mentalmente sus experiencias pasadas, el lector nunca abandona la sensación de que Samsa continúa siendo él mismo, aun cuando para su familia él ya no es él. Sus recuerdos custodian su identidad, sin embargo, los demás no lo reconocen y eso es fatal.

Borges, por otro lado, ha tomado el problema de la identidad personal como uno de los tópicos claves de su literatura. Escribió, en alusión a un antiguo filósofo chino: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.” A diferencia de la novela de Kafka, que puso el acento en la negación de los demás, Borges prefirió poner énfasis en el desconocimiento personal que supondría para el propio individuo despertar siendo un insecto. Por otra parte, Borges desconfiaba de aquella idea según la cual la memoria garantiza la identidad. Justamente, la excesiva memoria Ireneo Funes, el protagonista de su célebre cuento “Funes el memorioso”, le impedía seguir siendo él, más aún, le impedía seguir siendo alguien. Sucede que uno debe tomar cierta distancia de sus memorias para auto-percibirse como algo distinto de ellas, como el “yo” que recuerda, pero la monstruosa memoria de Funes, quien “no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”, no le permitía reconocerse como aquel que contemplaba los recuerdos sin ser uno de ellos.

II
Sobre finales del siglo XX, surge una tendencia que parece consolidarse en lo que va del siglo XXI: la acelerada carrera digital ha llevado el problema de la identidad personal a una instancia postcorporal. La posibilidad de que nuestros recuerdos puedan ser digitalizados y ejecutados en un dispositivo tecnológico, plantea la siguiente pregunta ¿si un dispositivo artificial ejecuta mis recuerdos, podría sentir que soy yo? La historieta japonesa Ghost in the Shell (1989), recientemente llevada al cine, ha sido pionera en abordar ese problema. Desarrolla un escenario futurista en que el contenido de las experiencias pasadas puede ser digitalizado (convirtiéndose en un “ghost” o fantasma) y migrar de un dispositivo a otro (el “shell” o caparazón).

Por otro lado, este año, Netflix puso en pantalla la serie estadounidense “Altered Carbon”, que volvió sobre esta temática. Allí se presenta un mundo futurista, en el año 2384, en el que los seres humanos son dotados al nacer de una suerte de disco externo (“la pila”) en la base del cerebro. Este disco tiene la capacidad de almacenar la información digitalizada del contenido de las experiencias de la persona que lo porta, es decir, los recuerdos que constituyen su identidad. Así, eso que llamamos “yo” puede subsistir en “la pila” luego de la muerte del cuerpo biológico y ser colocado en un cuerpo artificial (“la funda”), que se adquiere en el mercado como cualquier mercancía. Entre más dinero uno pueda pagar, más sofisticada será “la funda” y más completas serán las experiencias a la hora de percibir olores, colores, texturas y disfrutar los placeres del mundo; entre más dinero uno posea, más gratificante será eso de existir. En este escenario, los ricos viven durante siglos, pues cuentan con más recursos para comprar todos los dispositivos tecnológicos que hagan falta para mantener ese puñado de datos que es su “yo”. En cambio, las personas pobres que no pueden comprar una “funda” nueva, permanecen almacenados en sus “pilas” hasta que alguien se digne a proporcionarles un dispositivo que ejecute su existencia. La serie sugiere, entonces, una nueva forma de pensar el derecho a la identidad que el Estado debe garantizar, proveyendo, en este caso, “fundas” a los que no pueden acceder a una, para que puedan ser quienes eran. No obstante, como los recursos del Estado son limitados, en muchas ocasiones, las fundas no coinciden con los rasgos del cuerpo anterior del ciudadano, lo que genera incomodidades sociales, ya que los amigos y la familia no los reconocen. En definitiva, es una reedición de “La Metamorfosis” de Kafka, en un contexto digital.

III
Existen dos viejas formulaciones filosóficas que perviven en estas nuevas narrativas de ciencia ficción y que, en cierta forma, están relacionadas. Una es antigua, pertenece a Platón y podría formularse de la siguiente manera: los diferentes tipos de objetos que vemos en el mundo son la materialización imperfecta de aquello que los define, lo cual no puede ser visto ni tocado porque es inmaterial, es un conjunto de ideas que solo puede ser pensado. Aplicado al problema de la identidad personal, el platonismo digital asume que mi “yo” puede ser captado plenamente en algo inmaterial, como un código informático, que es invisible, pero que puede ser ejecutado en diferentes soportes tecnológicos visibles y palpables (computadoras, cuerpos artificiales, etcétera), aunque de manera siempre defectuosa e incompleta, como un eco de lo que soy en realidad.

La otra formulación es moderna, pertenece a Descartes y podría formularse de la siguiente manera: existen dos realidades, una inmaterial y otra extensa; la primera es la del pensamiento y la segunda del cuerpo. Lo que define a mi “yo” es la primera: yo existo como cosa que piensa, con independencia de mi cuerpo. Así, Samsa seguía siendo él porque pensaba como Samsa, a pesar de estar en el cuerpo de un insecto, y los personajes de “Altered Carbon” continúan siendo ellos porque piensan como cada uno de ellos, a pesar de ser ejecutados por dispositivos artificiales distintos de su cuerpo original. Pienso como yo, luego, existo como yo.

IV
No obstante, tal vez, ninguna de estas formulaciones sea correcta. Quizá, eso que somos, y que constituye nuestra identidad, esté asociado de manera indisoluble a nuestro cuerpo. Si esto es así, tal vez sea imposible captar la esencia de alguien en algo inmaterial, como un código, e “instalarlo” en otra estructura física diferente de su cuerpo sin que deje de ser lo que es. Posiblemente, a los dos segundos de estar en el cuerpo de un insecto o en una computadora, mis emociones, mis deseos, mis impulsos, mi imaginación, mis propios recuerdos se disuelvan en las entrañas y fluidos de mi nuevo organismo o en los circuitos, el silicio y el metal de mi nueva realidad material, y entonces, deje de pensar como pienso, de sentir como siento, de recordar lo que recuerdo. Quizá, no haya nada en mí que contenga lo que soy y que pueda ser separado y reproducido fuera de este cuerpo, cuyos dedos escriben ahora esta nota.

18 Septiembre 2018
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