Un dolor llamado Venezuela

Editorial

Desde la llegada al poder de Nicolás Maduro, Venezuela se debate en una crisis económica y social que parece no tener fin. El heredero político de Hugo Chávez ha demostrado una alarmante y angustiosa incapacidad política de gobernar en nombre del interés general. Sus decisiones y acciones han puesto al país que preside en una situación trágica.

Poco y nada queda de los ideales originales que inspiraron la revolución bolivariana y su influencia a lo largo y a lo ancho de Latinoamérica. Los innegables logros de sus primeros años, sobre todo en materia de inclusión social, se han ido perdiendo, tras la acumulación de errores propios y un contexto internacional desfavorable.

Los índices inflacionarios son estrambóticos. Millones de venezolanos sufren penurias alimentarias y carecen de los servicios básicos de salud y educación. Solamente el fanatismo ideológico de algunos extremistas puede negar esta realidad y defender un régimen autoritario que viola las libertades individuales y se sostiene por el apoyo de las fuerzas armadas.

Es necesario y urgente que esta situación se revierta, lo antes posible, para evitar males mayores. Desde este espacio editorial, hemos sostenido, reiteradamente, que la única forma de hacerlo es a través de elecciones competitivas, sin fraudes ni proscripciones, con controles internacionales. Para que el pueblo de Venezuela pueda decidir su futuro.

La intervención militar de cualquier potencia extranjera es una idea siniestra que solamente podría traer más violencia y más muertos a un país que ya ha sufrido demasiado. Venezuela no puede ser el patio trasero de Estados Unidos ni la víctima de su bloqueo inhumanitario. Tampoco puede ser un peón en el tablero de los intereses geopolíticos de Rusia o China.

Los gobiernos de América latina deberían recuperar una visión latinoamericanista al expresar sus opiniones y al decidir sus acciones respecto a la crisis venezolana. Es indigno y bochornoso el espurio alineamiento a la prepotente política exterior del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para conseguir su beneplácito.

También es vergonzoso el intento de sacar algún provecho mezquino en la puja política interna, como, lamentablemente, sucede en nuestro país. En Argentina, oficialistas y opositores de turno tratan de usar la tragedia venezolana a su favor. Semejante mezquindad es otra muestra de la bajeza intelectual y moral de una clase dirigente ensimismada.

La crisis venezolana debe dolernos como propia, pero nada tiene que ver con la situación actual de nuestro país. El triunfo de Mauricio Macri en las elecciones presidenciales de 2015 no nos salvó de ser Venezuela. Su eventual reelección tampoco nos llevaría a serlo. Es hora de demostrar alguna grandeza, si, en verdad, se quiere colaborar con el hermano país.

06 Mayo 2019
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