Sin margen de error

Editorial

De acuerdo con las encuestas, tanto del oficialismo como de la oposición, el gobierno del presidente Mauricio Macri atraviesa el peor momento en su relación con la sociedad. El malhumor social por los aumentos de las tarifas de los servicios públicos y de los precios de los alimentos, es compartido por quienes no votaron y, también, por quienes votaron al gobierno de Cambiemos.

Imprevistamente y en medio de una crisis cambiaria que las autoridades del Banco Central de la República Argentina (BCRA) no supieron controlar en tiempo y forma, el Presidente tomó una decisión claramente impopular. Mauricio Macri decidió la vuelta del país al Fondo Monetario Internacional (FMI).

Si bien la República Argentina nunca lo había abandonado formalmente, el gobierno de Cambiemos decidió recurrir al FMI en la búsqueda de un financiamiento “preventivo”, según las explicaciones que dieron los ministros de Economía, Nicolás Dujovne, y de Finanzas, Luis Caputo. Sin otros datos, evidenciaron una alarmante improvisación.

El sentido común indica que semejante decisión política no se toma si hay otras alternativas posibles. Por lo tanto, para un gobierno como el de Cambiemos, esto significa quemar las naves o, dicho con menos dramatismo, emprender un camino de ida y sin vuelta.

Los problemas económicos y financieros del país son estructurales. Tiene razón el gobierno nacional cuando sostiene que no se pueden resolver en medio mandato. Pero también es cierto que sus funcionarios no han hecho lo que se esperaba de la gestión macrista, tan contraria al despilfarro populista que la precedió y tanto denunció y denuncia.

El oficialismo se apuró cuando lanzó la reelección presidencial junto con las reelecciones de María Eugenia Vidal y de Horacio Rodríguez Larreta en la Provincia y en la Ciudad de Buenos Aires, respectivamente. La oposición se apura cuando cree que este es el inicio del fin del ciclo de Cambiemos.

Por encima de las mezquindades de unos y otros, la situación del país es difícil. La devaluación del peso provocará un agravamiento de la inflación y de la consiguiente pérdida del poder adquisitivo del salario. Esto significará menos consumo y más pobreza. Frente a esa realidad, se pone en juego la responsabilidad de la clase dirigente argentina.

El oficialismo debe reconocer sus errores y enmendarlos. Las explicaciones y justificaciones ayudan pero no solucionan los problemas de fondo. La oposición debe hacer una contribución a la gobernabilidad. Nadie pide que comparta los costos políticos de un ajuste inevitable. Pero tampoco que los provoque para debilitar al gobierno y aumentar sus chances electorales. El futuro del país está en juego y no hay margen de error.

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