La vida, la muerte, el amor

Porota

Han sido días difíciles. “Muerte” ha sido la palabra menos nombrada y más pensada en mi círculo íntimo. Y, por supuesto, me interpela. Bianca tuvo un irreversible ACV. China sobrevive postrada en la cama de un hospital y Riquelme coquetea constantemente con “La Negra” (como le dice), sin dejarse seducir. Ninguno de los casos se parece. Lo único que tienen en común es que, por accidente o deseo, los tres desean dejar este mundo por diferentes medios. El cuerpo ya no responde, el deseo de morir es más fuerte que el de vivir.

Los otros, los que miramos con cierta tristeza el ocaso de la vida, estamos orbitando. Es más triste para nosotros que para ellos que, lejos de transitarlo con pena, buscan dejar de sufrir, siendo la muerte el paliativo más reconfortante.

El corazón late a un ritmo inusual. Y mientras cumplo con mi ritual nocturno de tomar té de manzanilla junto a la ventana, pienso en los tres, en sus vidas, en sus familias. Cual imagen espasmódica se dibujan sus sonrisas, sus miradas y esos momentos juntos que ya no regresarán. Y, de repente, aparece Santi con sus preguntas de niño explorador, aquella tarde en la que de tan bien que la pasamos quería repetir el día: “¿Abuela, podemos volver el tiempo para empezar de nuevo?”.

Bianca se detiene frente a mí, me abraza y me confiesa que los años transcurridos desde la última vez que nos vimos, fueron eternos. Sumidas en la rutina de la vida, ninguna había buscado ese pasaje de avión que nos encontrara a mitad de camino.

China me toca el timbre insistentemente y yo, con un dejo de picardía, demoro en atenderla. Abro la puerta y nos sumimos en el mismo abrazo que nos dimos durante todas las tardes cuando compartíamos “plaza y mates” junto a nuestros hijos. Ella con una, yo con tres.

Riquelme es el papá de Raquel. Ese viejo que lleva en la sangre el “efecto Cocoon” como nos gusta decir con Raquel quien, también vieja, cuida de su papá casi centenario. Riquelme es un hombre silencioso, amistoso, de esos que siempre tienen la palabra justa. Sumido en su longevidad, se deja ayudar. Sin embargo, su cuerpo ya no da más. Atrapado entre la lucidez y los huesos que duelen hasta el grito más punzante, Riquelme espera que lo venga a buscar.

Y así pasa la vida. Ese eterno presente de inimaginables finales.

Me asomo a mi pequeña biblioteca, elijo “La Rueda de la Vida” de Elisabeth Kübler -Ross entre tantos libros, y en ella logro esa paz que me invitó a sonreír, a agradecer y a calmar a ese corazón temeroso, de ritmo inusual, cómplice, que sabe que hacia allá vamos. Y les tomo la mano, y les digo “Gracias, China, Riquelme y Bianca”. Los acompaño en sueños para que pierdan el miedo de morir solos.

“Mi madre continuaba recibiendo y dando amor. A su manera estaba creciendo espiritualmente y aprendiendo las lecciones que necesitaba aprender. Eso deberíamos saberlo todos. La vida acaba cuando hemos aprendido lo que tenemos que aprender. Por lo tanto, cualquier idea de ponerle fin a su vida, como ella había pedido, era aún más inimaginable que antes. Yo quería saber porque mi madre iba a acabar así, presa de su propio cuerpo. Continuamente me preguntaba qué lección querría enseñarle Dios a esa amante mujer. Incluso pensaba si tal vez ella nos estaría enseñando algo a los demás. Pero mientras continuara sobreviviendo sin ningún apoyo artificial, no había nada que hacer aparte de amarla” (La rueda de la vida - Elisabeth Kübler -Ross).

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