Propiedad intelectual sobre los hijos

Laboratorio de Padres, por Pablo Varela

¿De dónde venimos? Preguntas como esta tienen sentidos distintos en contextos distintos. Por ejemplo, son respuestas válidas tanto “venimos de la casa de tu abuela” como “venimos del polvo de las estrellas”. Hoy, consideramos la pregunta ¿dónde termino yo y comienza el otro? Esta pregunta tendrá un sentido bastante literal si se la pregunta alguno de nosotros arriba del colectivo atiborrado de vecinos. Pero el cuento será muy distinto si quien pregunta es un árbol.

Palabras clave:
pregunta, contexto, árbol, preguntas en contexto de un árbol

¿De dónde vienen los árboles? Haciendo la tarea de primer grado, aprenden mis hijos que el árbol nace de una semilla. ¿Y de dónde viene la semilla? Bueno, pues de un árbol. Ante esta obviedad germina en mis hijos un berenjenal de preguntas: si el árbol nace de la semilla y la semilla viene del árbol ¿está el árbol hijo adentro de la semilla? ¿Dentro del árbol de la semilla hay más semillas con árboles? Y la peor de todas: ¿cuántos árboles hay en un árbol?

En ese momento mis hijos se encuentran con el famoso problema de los universales y particulares que tantas guerras indujo entre los siglos V antes de Cristo y XVII después suyo. En su sentido más clásico, el problema cuestiona si existe la arbolitud. No cabe duda de que los árboles existen. Pero ¿existe la arbolitud? Una propiedad que sólo los árboles tienen, que todos los árboles comparten y que distingue un árbol de una silla o una gaviota: ni la silla ni la gaviota poseen arbolitud. Sólo los árboles la poseen. Hoy nos interesa contextualizar el problema de los universales y particulares en un sentido no tan clásico, sino más contemporáneo, para resolver la siguiente berenjena: ¿cómo sabemos que el árbol hijo y el árbol padre no son en realidad el mismo árbol?

Supongamos que tenemos una reposera mágica en la que podemos sentarnos a contemplar la eternidad, año tras año. Sentados en ella nos concentramos en un árbol. Lo vemos crecer, dar flores primero, luego frutos. Vemos sus frutos caer al piso, abrirse y soltar semillas. Luego el clima castiga la tierra con su inclemencia y gracias a ello las semillas brotan y crecen, recomenzando el ciclo. Pero aquello que crece ¿son árboles nuevos? ¿Son ellos hijos de aquél? ¿O son más bien sus copias, sus dobles? ¿Será posible que sean en realidad todos el mismo árbol, ramificándose?

Conclusión:
estas preguntas no son de peso. Lo pesado es que se haya legislado que las semillas del árbol tienen dueño. Que ese dueño no posee arbolitud, sino razón social. Que quien recoja semillas deberá pagar por ponerlas en la tierra y recomenzar el ciclo. ¿Podré cobrar yo regalías el día de mañana a los empleadores de mis hijos por cómo los he educado? ¿O será este el derecho de autor de la maestra de primer grado? ¿Será posible que seamos todos en realidad el mismo humano, ramificándose?

21 Noviembre 2018
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