Orejas telefónicas

JUSTICIA POÉTICA ! Por Nano López

“Los ‘smarthphones’ p.ss.aa. Abandono de personas – Archivo de las actuaciones”

Vistos
Lo necesita. Se dio cuenta de que lo necesita. No será la solución de su vida, pero sí, al menos, una buena distracción.
Por varios días le sigue dando vueltas a la idea. Se retracta, se vuelve a entusiasmar. Su amiga R podría asesorarla, piensa.
Cuando la ve, primero le da vergüenza preguntarle. Pero después la noche va pasando, están en Güemes y ya van por la tercera pinta. Se lo dice y listo ¡Alegría cómplice!: se alborotan, festejan, hablan un rato sobre el tema.

El consejo de R es que lo compre por internet. Pero no, ella prefiere hacerlo personalmente, en efectivo, sin que queden registros.
“¡Te va a cambiar la vida!”, le dice R y se va al baño. Habiéndose quedado sola en la mesa, para sentirse acompañada, abre su Instagram. Los mismos de siempre, siendo felices como siempre. Y muchas fotos de gatitos. Pero también lo extravagante: una publicidad de un negocio que vende justo lo que ella acaba de decir, por primera vez, que se quiere comprar. Imposible, se asusta. No lo puede creer. Se tapa los ojos primero, la boca después, asumiendo, angustiada, que ya todos lo saben.

Considerando
Dale, decí muchas veces la misma palabra… bueno, ¿cuál?.. no sé, cualquiera. Escopeta. O salame de Oncativo. O kayak, decí kayak… bueno ¡kayak! ¿Así? ¿A ver? veamos... noo, paráaa, todavía no, decilo varias veces. Y dame un mate… está medio lavado, pero tomá. ¡Kayak! ¡kayak! ¡kayak! ¿Está bien?... más, decilo más veces, con más ganas… bueno, ¡kayak! ¡Un kayak! ¡Kayak naranja! ¡Kayak azul! ¡Kayak del amor! ¡Kayak!... bien, miremos ahora, abrí el Facebook… ok…. el Instagram también… ehhh, en Facebook no hay nada. En Instagram tampoco… abrí algún diario o la página del clima si no… no che, nada… bueno, pero es muy rara esa palabra, capaz que hay que probar con otra… ¿pero si funciona con una no debería funcionar con todas?… ¡pará! ¡mirá ahí! Ahí hay una publicidad de yerba y recién hablamos del mate, ¡viste! ¡Nos escuchan! ¡Es impresionante!... No lo sé Rick, parece falso. También hay una de un crucero, que no es un kayak pero es pariente, ¿eso no te impresiona?…

Resuelvo
Cada vez son más las personas que sostienen que los teléfonos, los ‘smarthphones’, quebrando brutalmente nuestro derecho a la intimidad, tienen la capacidad técnica de escuchar lo que decimos cuando los tenemos al lado y no los estamos usando, con el objetivo de tratar de vendernos cosas después. Quienes están convencidos de esto, aseguran que en sus redes sociales, en los diarios digitales o en los laterales de alguna otra página web, en forma de producto, con fotos y en cuotas, les suele ser ofrecido aquello sobre lo que acaban de conversar cara a cara con alguien.

Pero esta idea no convence a todos. Otras personas, apoyándose en tecnicismos incomprensible para los simples mortales, aseguran que si bien es posible escuchar a los tres mil millones de usuarios que existen en el mundo, registrar lo que dicen y decodificarlo, es demasiado costoso en relación a otros métodos, también disponibles, que permiten llegar a un resultado similar. Su argumento parte de que las empresas, los gobiernos y el resto de las organizaciones reciben una inmensa cantidad de información que les proveemos nosotros mismos en forma voluntaria, cada vez que escribimos una palabra en el navegador, le damos ‘like’ (Me Gusta) a una publicación o simplemente usamos alguna aplicación. Saben por dónde andamos, cuánto gastamos, qué nos interesa, qué le interesa a quien nos interesa. Estos datos, que les regalamos ya estructurados y codificados, si son entrecruzados de manera eficiente, les dan la posibilidad de conocer, con un margen de error muy bajo, qué es lo que nos atraería que nos ofrezcan. Y así de simple es cómo funcionaría. Después, al mito de que saben lo que queremos porque nos escuchan lo habríamos creado nosotros, recordando, selectivamente, sólo las conversaciones que se trataron sobre lo que luego vimos publicitado, relegando el resto de las charlas al olvido.

No obstante, más allá de que el debate está abierto y no lo vamos a resolver aquí, la paranoia colectiva parece estar ganando la contienda y la idea de la omnipresencia auditiva de los teléfonos no deja de captar adeptos inmóviles, que sin defenderse del asesino que dicen que los acecha, usan sus teléfonos cada día más. Puede ser que esto sea producido por un sistema social que nos atrapa a todos en una telaraña de consumismo irreflexivo de la que no podemos salir. O tal vez se trate de que tras balancear los pros y los contras, concluyamos que no conviene rebelarse. Ambas hipótesis tienen mucho asidero. Pero también es posible que lo que suceda sea otra cosa, que la parálisis surja por la fascinación que nos provoca la idea de que nos están escuchando las veinticuatro horas del día y de que el perenne reclamo de atención hacia nuestras amistades, hacia nuestras parejas, hacia nuestras familias, se habría podido remediar de una buena vez. Alguien, al fin, estaría poniendo atención a todo, todo, absolutamente a todo lo que tenemos para decir.

Y lo que sigue es la rutina: un dedo que se desliza por la suavidad de la pantalla, una luz colorida que brilla frente a nosotros y la sensación, superflua e inquietante, de que podemos descansar en paz.

11 Junio 2019
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