Stonewall, 50 años de la revuelta

Manhattan Follies Por Esteban Maturin

Entre los eventos que han marcado a fuego a Nueva York, y que le han dado su carácter de ciudad abierta y cosmopolita que define las tendencias del mundo, la rebeldía de Stonewall figura muy arriba en la lista de los principales. Y este junio, cuando se va a conmemorar ya el medio siglo desde aquella revuelta que habilitó la salida del armario de la subcultura gay, Manhattan se pinta con los colores del arcoíris, celebra que aquellos palos policiales hayan terminado ampliando derechos a los colectivos sexualmente diversos, sin dejar de reivindicar la lucha y la militancia social en las calles.

Stonewall Inn era hace 50 años una discoteque, un boliche inmenso instalado en un galpón del ambiente semimarginal neoyorquino, ubicado en una barriada que por entonces nada se parecía al barrio cheto que es hoy: Greenwhich Village. Entre las versiones que circularon luego de la noche de rebeldía, se dijo que era un antro manejado por la mafia, donde convergían noche a noche cientos de personas de sexualidad diversa: drags queens que venían desde las barriadas latinas, trans negras de alborotada e inmensa melena que bajaban desde el Bronx y desde Harlem; lesbianas camioneras de otras zonas humildes y obreras; chongos; maricas semi trasvestidas; trabajadoras/res sexuales de variadísima oferta. Toda esta fauna de la noche encontraba un remanso de libertad y de expresión abierta dentro de los muros de Stonewall Inn, una libertad que contrastaba con la sistemática persecución policial, el acoso institucional y la marginación laboral y social del mundo exterior.

Esta diferencia de temperatura entre el “adentro” y el “afuera” de Stonewall era un caldo de cultivo a punto de entrar en ebullición en cualquier momento, y la chispa que encendió el fuego valirio de los sótanos fue la muerte de Judy Garland, un ícono generacional para toda la fantasía “queer”. Con sus zapatones, vestidos estrambólicos y peinados afro, las maricas de Stonewall se largaron a la calle, al “afuera”, a manifestarse contra la injusticia de la opresión al diferente, considerado enfermo o criminal por la sociedad y el Estado.

Y la respuesta pública, encarnada en los bastones de la temible policía neoyorquina, no se hizo esperar: la madrugada del 28 de junio de 1969, frente a las puertas de Stonewall Inn, se armó una auténtica batalla campal durante horas. El deseo y la libertad sexual se convirtieron en revolución política, y en revolución violenta: los frentes avanzaban o se replegaban según la fuerza de los golpes, pero nadie abandonaba las posiciones, hasta que la sangre comenzó a manchar el pavimento de las calles del Greenwhich Village. Las ambulancias se llenaron de heridos y el frente policial –con el refuerzo de agentes llegados desde casi todos los precintos de la isla- terminó por imponerse. Pero Stonewall y su batalla se erigieron desde entonces como la mayor referencia mundial de los movimientos de liberación sexual.

Desde aquella madrugada de junio del 69 mucha agua ha corrido bajo los puentes, algunos estereotipos culturales se fueron modificando, los derechos de las minorías se han ampliado, y los gobiernos (en su mayoría, al menos) han terminado por admitir que sus ciudadanos puedan experimentar y manifestar sus deseos y preferencias en libertad. Aunque no todo es historia rosa, y aquellos gritos de libertad, de la lucha por la autonomía del cuerpo y la prevalencia de una vida auténtica sobre la opresión capitalista y consumista han sido asimilados por la propia cultura del capital y del consumo. Y aquí está la propia Nueva York para probarlo: aquella lucha se recuerda desde el bombardeo colorido de una publicidad de fiesta y, claro, con ofertas multicolores impulsadas por las agendas culturales diseñadas por la organización “Heritage of Pride”, que desde 1984 convoca, con el millonario apoyo de empresas privadas y la seguridad de las fuerzas policiales, la Marcha del Orgullo, el Pride Parade de Nueva York. Una fiesta mundial (se esperan unos cinco millones de turistas) que es un pingüe y enorme negocio. En 2019, el desfile del Pride Parade coincidirá además con el Orgullo Mundial, otro evento organizado por InterPride, la corporación de organizaciones que promueven internacionalmente la normalización de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales y personas trans.

Los museos, las instituciones culturales, los clubes y las universidades intentan balancear esta arista comercial de la celebración. Se está armando un complejo circuito cultural que busca honrar, desde la memoria y el rescate de los protagonistas, los días que siguieron a la batalla campal de las calles de Stonewall; como “Love & Resistance”, en la Public Library, a partir de fotografías de Kay Tobin Lahusen y Diana Davies, que documenta los primeros días de los movimientos de liberación sexual, o “Stonewall 50 at New-York Historical Society”, una exposición doble que retrata la historia de la vida nocturna como una geografía constitutiva de la experimentación político-sexual, que se complementa con una segunda muestra, organizada por el Lesbian Herstory Archive, dedicada a la reconstrucción del trabajo comunitario de esta importante ONG.
Nueva York vuelve a ser el centro: cinco millones de personas engrosarán durante junio la población de Manhattan para celebrar el medio siglo de Stonewall, el Gay Pride, y la permanente lucha por el derecho de ser quién se quiera ser en un ambiente de libertad.

13 Junio 2019
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