El gatillo del azar

La calle de las librerías | Por Sebastián Menegaz

Había abierto un libro por un párrafo cintilante (ese adjetivo adherido a un puño después de hojear un Saer) cuando a mis espaldas se oyó la voz de un cliente. Una voz femenina, frugal. (Menos una letra azul pálido que un plato –pequeño– de nueces). La chica nombró el libro que yo tenía ante los ojos: “El rojo es un momento en el tiempo. El azul es constante. El rojo se gasta rápido. Una explosión de intensidad. Se quema a sí mismo”. “Croma, Jarkman, sí” (el librero sacudió el mouse). Por cierto: el libro no estaba en la mesa de novedades (que esta semana es un bochinche) sino en un anaquel más bien opiáceo. Se me ocurre: vertiginoso y tardo. El anaquel adonde en esta librería en alguna época solían estar los libros de Djuna Barnes. El intercambio con el librero (el de la chica, siempre en fuera de campo –mis ojos clavados en el libro–) perfiló en la niebla, en el murmullo mental de los clientes cuando no saben qué buscan (un murmullo ultrasónico que excita a los murciélagos y que en esta librería –cuando cae la tarde– se suele tapar con una playlist de dream pop) una isla de sentido.

Era la segunda vez que la chica iba en la semana. En la primera el sistema no había reconocido el título. Ahora –con reconocerlo– no lo detectaba. ¡Jarkman enviaba señales al stock desde el Circeto de los altos hielos! O mejor: frecuencias de onda. (El librero de pronto olfateando en la mesa equivocada). En suma: leer con la mirada periférica de un poema de Auden. “El rojo se protege a sí mismo. Ningún color es tan territorial. Plantea su reclamo, se mantiene alerta contra el resto del espectro”. (Lectura roja). Me recordó a Alexander Theroux (el hermano que ciertamente escribe libros voluminosos). [Como daltónico, suelo hojearlo cuando necesito ver colores que no me dejen solo]. Le respondía a Jarkman como con su obra: aliviándolo. “El rojo es un color al que rara vez se le niega un papel activo, incluso si uno insiste en sus connotaciones más moderadas. La reflexión jamás lo diluye. Se niega a ser pacificado. Él ordena. Reclama, incluso”. Otra vez ese verbo. Que bien podía ser menos un fulgor de la lengua que una ceniza (¡la impedancia Frost!) de la poesía. Quiero decir: ¿Theroux empleaba to demand adonde Jarkman claim? (Demasiado para mi monolingüismo meticuloso). Tuve la impresión –sí– de que Derek Jarkman escribía su libro inimitable adentro del libro ilimitable de Alexander Theroux. Que allí cerraba los párpados y se los frotaba, para ver los fosfenos, las post-imágenes de su vida estallar en el espectro. (Como si Theroux se hubiera propuesto componer un aleph para reanudar a Jarkman en un infinito relativo; para proveerle un cielo protector, junto a la arcilla azul de Cape Cod o a la cortesana de Bocaccio que rocía sus sábanas con perfume de naranja.)

Me deslicé sobre la superficie de un catálogo. (En las cámaras de vigilancia sólo pareció que me desplazara sobre la superficie del local). En Que el mundo me conozca (My Face for the World to See, La Bestia Equilátera, 2012) Alfred Hayes ensaya el gadget –dos almas haciendo contacto en el spleen– sin la levedad maniática ni la tonicidad ebúrnea con la que desbasta –con discontinuas parsimonias– la novela a la que el azar de ese mismo contacto surte de materia. Quitarle a la chica un alga enredada en la pierna mientras tose el agua del Pacífico –rescatar a la chica del mar y ahora estar con el traje de fiesta mojado–, me parecía de pronto un azar menos propio de Hayes (un azar sin desdén) que mi encuentro potencial vía Jarkman. (La chica ahora esperaba a que el librero regresara del depósito, mientras revolvía postales artsy junto a la caja.)

¡Los nombres de Bouvard y Pécuchet bordados en el interior de sus sombreros! Quiero decir: ese raye, ¿no sugiere un azar de la misma especie? (Más que el banco del boulevard Bourdon en el que se sientan en el mismo instante; más que el gesto de quitarse el sombrero para secarse el sudor un instante antes –ahora– de conocerse para siempre). El gatillo del azar –la tensión del arco–, y esa alucinación: el blanco. “Como a veces el rayo baja por un tronco de encina y recorre inofensivamente a trece seminaristas entregados al gruyère y al elogio del trébol antes de carbonizar a un canario que estridulaba en una jaula a cincuenta metros de distancia”. [La vuelta al día en ochenta mundos.]

A propósito: Cortázar y Cozarinsky no son anagramas. En Días de 1937 (La novia de Odessa, Emecé, 2007) Cozarinsky dibuja el camino del rayo: el pianista de la confitería Boston recibe un papelito: “Por favor, maestro: Allein in einer grossen Stadt”. El pianista se imagina a una mujer sola, “triste e irónica, con la mirada ausente”; pero el objeto del encuentro no es el amor ni la amistad, sino la propia memoria (Berlín). “Me faltó tiempo para escribir este libro –escribe Jarkman–. Si he pasado por alto algo que consideres precioso, escríbelo al margen”. (Cuando levanto la vista la chica ya no está). Dos cosas. El aleph de Theroux (Los colores primarios, Los colores secundarios, La Bestia Equilátera, 2013, 2015) contiene al propio Theroux escribiendo un aleph en los márgenes de Croma, infinitamente. La segunda es quizá todo lo que había traído para anotar hoy: un desencuentro, siempre, es un teorema perfecto.

13 Junio 2019
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