Los secretos del IME y las razones detrás de su éxito

Experiencias Gastronómicas | Por Nacho Graglia 

Cuando el comedor del IME surgía en algún diálogo, parecía un destino casi mitológico. La recomendación era clara, pero al mismo tiempo evasiva y misteriosa. Los que ya habían pisado el lugar intentaban convencerme pero en una suerte de argumento tautológico de tres palabras: “tenés que ir”. Así de simple. Eso parecía hacerle suficiente justicia. No obstante, la frase encerraba una pista. No se trataba sólo de la comida. Había un elemento más alrededor del comedor que nadie podía describir con suficiente claridad y que transformaba al IME en un campo de conversación encendida.

Era cierto. Para conocer por qué se creó el mito IME, tenía que ir. Y para ser justos, no es fácil darse cuenta de la razón específica por la que el comedor está siempre lleno. A simple vista, no parece gran cosa. Es un discreto comedor ubicado en pleno barrio Alberdi. Las descripciones de la comida y del servicio tampoco me decían mucho: generosas porciones y amabilidad en la atención. Pero esas características, esa falta de pretensión que traspasó del comedor a sus voceros, de hecho, son las que terminaron de completar la experiencia que viví en el IME.

La pregunta era simple: ¿Qué secreto esconde el comedor y por qué se creó un mito a su alrededor? En ese momento, antes de ingresar, las expectativas eran muy altas y empezaba a dudar de las chances que tenía el IME de superarlas.

Sin embargo, cuando crucé las puertas de Caseros 1.210, el efecto IME empezó a trabajar. En los primeros dos pasos me di cuenta que mis expectativas no iban a tener cabida en el comedor. Ni siquiera el criterio con el que ordeno generalmente esas ideas iba a funcionar. Esa es la virtud del IME y su secreto mejor guardado. Mis pretensiones, posturas, conceptos asumidos y esa extraña sensación que me pone alerta cuando llego a un lugar nuevo quedaron pegadas al marco de la puerta. Funcionó como una especie de filtro que me obligó a bajar la guardia.

Todo el IME contribuye a generar ese estado. Me percaté, incluso, que ese concepto no era forzado ni buscado de manera consciente, sino que por el contrario, se daba de forma natural. De eso se trata el comedor y por eso, cuando intentaban explicarme de qué iba, las palabras “auténtico” y “genuino” eran las más usadas. Toda esa sensación y ni siquiera me había sentado en la mesa.

Tras el primer pantallazo, la curiosidad se despertó. Me dirigí a mi mesa junto a mis dos acompañantes (siempre hay alguien bien dispuesto), me senté y volqué mi atención a los comensales. Lo primero que noté, antes de ordenar incluso, es la acústica del lugar. El murmullo permanente hizo que, inevitablemente, todos habláramos casi a los gritos. Y si bien al principio dudé, después me di cuenta que hay pocas cosas tan liberadoras como hablar bien fuerte y que a nadie le importe lo que estés diciendo. No hay espacio para la timidez. Se ríe fuerte y a las carcajadas.

La misma idea liberadora atraviesa, entre otras cosas, la estética del comedor. Las sillas y las mesas son diferentes. Me pareció, en principio, un detalle menor. Pero cuando lo pensé con detenimiento, esa característica deja un punto en claro: no importa dónde me siente y cuál sea la superficie en la que ponga mi plato. Al IME le interesa que coma bien y en buena compañía. Además, es un statement de diversidad. El comedor no filtra con criterios estéticos específicos. Por eso fue natural encontrar grupos totalmente diferentes bajo el mismo techo. Personas comiendo solas, grupos de amigos, familias, compañeros de trabajo, equipos de fútbol, etc. Pese a nuestras disonancias, todos llegamos con un mismo objetivo: disfrutar de una vasta comida y un precio razonable.

Ahora sí, llegó el momento de ordenar. El mozo ya nos vio y saludó, pero la carta nunca llega. Y ese es otro de los puntos destacados del IME. No hay carta. Nadie me acercó un listado de platos. El comedor me liberó también de la clásica formalidad que implica revisar la carta. La cuestión se dirimió de otra manera. Las opciones se materializaron en la conversación con el mozo. Me preguntó qué me gustaría comer y como no tenía ni idea de qué se estaba cocinando a tres metros de mi mesa, hice lo que cualquier otra persona habría hecho en esa circunstancia: pregunté. La naturalidad de ese tipo de conversaciones tiene un efecto descontracturante.

Al final y al cabo, el IME sigue siendo un club social. Por lo tanto, abandona formalismos asociados a la gastronomía e incorpora elementos que sólo encuentro cuando vuelvo a donde solía comer de niño. Esa familiaridad es genuina.

Sin embargo, me surgió una inquietud: los precios. Cómo hacía para saber lo que iba a tener que pagar. Y recién en ese momento me asaltó el recuerdo de las conversaciones previas a mi llegada. Al IME se va porque las porciones son grandes y los precios, baratos. Asumí el lema como una realidad dada y tras escuchar las opciones de la casa, pedí un buen bife de chorizo con papas fritas. Clásico, porque de eso se trata el comedor.

La conversación era estimulante y el ambiente, agradable. Por lo tanto, la espera no fue un factor determinante. La porción llegó y me di cuenta que era enorme. Enorme. Casi para dos personas. Fue una suerte haberme salteado la merienda porque la carne se veía deliciosa y las papas crujientes. Se necesita destreza para cocinar bien un trozo ancho de carne como el que tenía frente a mi plato. Debía medir tres dedos de altura. Sin embargo, la delgada línea rosa en el medio indicaba la buena cocción: ni seco, ni crudo. Y por sobre todas las cosas, tierno. Ninguno habló durante los primeros diez minutos. Todos estábamos muy concentrados en nuestros platos. Luego sí, como es natural, alguien dijo algo y la conversación se reanudó.

El postre era flan, queso con dulce o helado. Pedí la primera opción y la generosidad del dulce de leche, cuando arribó, no me sorprendió. Así me lo servían en mi propia casa. Tres cucharadas bastaron para dejar el plato limpio. Emprendí la retirada seguro, sabiendo que podía regresar como se vuelve a un club de barrio o al mismo hogar en el que creciste: con la certeza de que te esperan con un plato caliente y la mesa servida.

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04 Julio 2019
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