La resiliencia: ese oscuro objeto del CEO

CULTURA Y TECNOLOGÍA | Por Darío Sandrone

Los CEOs

La semana pasada se desarrolló en Lima la XIV Cumbre Alianza del Pacífico, conformada por Chile, Colombia, México y Perú. La educación se convirtió en un tema recurrente y fue el centro de la cumbre empresarial que se desarrolló antes de la reunión presidencial, en la cual las grandes firmas trasnacionales que operan en la región manifestaron sus posiciones en esa materia. Según cronicó el diario El País, el presidente de Nestlé en México, Fausto Costa, expresó: “Siempre hemos pensado que esto era una responsabilidad de los gobiernos, las empresas no se sintieron partícipes de montar el modelo [educativo] que necesita mercado de trabajo y las compañías privadas, que son las que generan riqueza”.

Por su parte, Mariana Rodríguez, presidenta de Empre-sarios por la Educación de Perú, dijo que en nuestra región “todos los empresarios se quejan” de que “la mano de obra cualificada técnico-productiva” no se adapta al mercado y apuntó que “es ahí donde tenemos que actuar desde secundaria”. Estas intervenciones muestran a las claras una tendencia global que ya hemos analizado aquí (ver Los Edgardos): los CEOs de las grandes firmas están convencidos de que las escuelas y las universidades no están formando trabajadores eficientes, al menos tan eficientes como ellos mismos podrían formarlos, y plantean estrategias para implementar una transición educativa.

Pero, ¿en qué consistiría la educación de la ciudadanía en mano de las grandes transnacionales? Quizá, podamos encontrar una pista en la intervención de Olga Reyes, vicepresidenta de Comunicaciones y Sostenibilidad de Coca-Cola en Latinoamérica, quién expresó: “La región necesita menos filósofos, menos psicólogos, menos abogados (aunque yo lo sea) y más técnicos”. Aquí “técnico” debe leerse como un trabajador que sepa hacer, pero también que tenga ciertas habilidades “que no se enseñan en los centros educativos: resiliencia, liderazgo, optimismo…”, señaló Reyes.

De la resistencia a la resiliencia

Nos detengamos un momento en uno de los valores requeridos: la resiliencia. Este término proviene de la ecología y caracteriza la capacidad de los ecosistemas para absorber perturbaciones sin destruirse, pudiendo volver a su estado original cuando la alteración ha concluido. Un bosque que vuelve a la normalidad después de un gran incendio es un bosque resiliente. Otra forma de concebir la resiliencia es como la medida de los disturbios que puede absorber el ecosistema. Cuanto más grande sea el incendio que pueda soportar el bosque sin perder especies animales y vegetales, más alta será su resiliencia.

Por otra parte, aplicada a la psicología, la resiliencia se define como la capacidad de una persona para sobreponerse a un dolor emocional o a una situación adversa. Los CEOs suelen interpretar y utilizar ese concepto para referirse a un operario capaz de sobreponerse rápidamente a una alteración laboral -sobrecarga de trabajo, cambio de funciones, falta de medios, malos salarios- o personal -problemas familiares, de salud, de vivienda, de transporte-, a pesar de las cuales retoma su puesto de trabajo como si nada le hubiera pasado. Cuanto más pésimas sean las condiciones laborales y personales que una persona pueda soportar sin perder puntualidad, atención, iniciativa y eficiencia en el trabajo, más alta será su resiliencia.

Aunque lo hagamos de manera sesgada, sim-plifiquemos el discurso de los CEOs: están pensando en un trabajador que no solo produzca, sino que guíe a otros a producir (liderazgo), soportando cualquier condición laboral y personal (resiliencia) y convencido de que esa situación va a resolverse por sí misma en algún momento (optimismo). Frente a ese “trabajador ideal” oponen y rechazan un perfil politizado (en el sentido más amplio del término) representado en la figura del filósofo (pensamiento crítico), del psicólogo (reflexión sobre la vida psíquica y emocional) y del abogado (observador de las leyes).

La escuela y el alumno resiliente

Ahora bien, aceptemos por un momento la tesis de que la resiliencia es un valor deseable, algo bueno para las personas. Supongamos, también por un momento, que las escuelas y universidades no forman ciudadanos resilientes pero que quieren hacerlo. ¿Qué cosas debería cambiar el sistema educativo? ¿Qué pedagogías necesitaría desarrollar? ¿Cómo deberían ser los planes de estudio? Yo lo imagino de la siguiente manera. Un primer objetivo consistiría en formar a los alumnos en la idea de que el empleo es lo más importante de sus vidas y que sobreponerse equivale a sobreponerse para el empleo.

Para ello, los demás acontecimientos de nuestras existencias deben concebirse como obstáculos a vencer para poder cumplir satisfactoriamente las tareas que nuestro puesto de trabajo requiere. Un segundo objetivo sería inculcar que esos obstáculos son “cosas de la vida” y no el producto de una forma de organizar el funcionamiento social, que incluye al mundo del trabajo. Aceptando eso, se acepta también que la forma correcta de abordar los problemas es la superación personal basada en la voluntad y el esfuerzo de cada uno, y no en interactuar con otros para cambiar los aspectos dañinos del funcionamiento social. Por último, un tercer objetivo sería convencer a los alumnos que el mejor aporte que pueden realizar a su comunidad es ser un buen técnico, es decir, saber hacer muy bien eso por lo que una empresa le paga para hacer.

Ahora bien, suponiendo que eso que he imaginado fuera una opción, creo que es una opción que deberíamos rechazar. Desde mi punto de vista, la inclusión de cualquiera de estos tres objetivos es inaceptable para el sistema educativo que debería, en primer lugar, inculcar en los alumnos que la vida es más importante y rica que el empleo; en segundo lugar, que los problemas laborales y personales requieren en gran medida soluciones políticas y sociales; por último, brindarles, más allá del oficio, la profesión o el empleo que desarrollen en un futuro, las herramientas conceptuales, discursivas y actitudinales que proveen las ciencias sociales, el derecho, las humanidades y el arte, señalándoles que de esa forma cuentan con más recursos para participar en la vida pública y abordar los problemas que los aquejan.

En un mismo mercado, todos manoseados

¿Qué piensan los CEOs de Lima cuando piensan en un trabajador “técnico”? Mi intuición es que se refieren a técnicos que produzcan bienes y servicios, entre los que no se consideran como tales las ideas y las obras artísticas. Sin embargo, eso es falso, pues sí existe un mercado editorial, académico, artístico y mediático en el que circulan, y del que se nutre la esfera educativa.

Por lo tanto, cuando los CEOs de Lima hablan de “el mercado” están hablando de un sector del mercado e invisibilizando a otro que no les interesa. Sobre esa falacia sostienen su presión al sector educativo para que opte entre dos perfiles de alumnos que se excluyen: técnicos optimistas productivos vs. intelectuales críticos improductivos. La división entre intelectuales y trabajadores es una estrategia empresarial de larga data, ya se sabe, por lo que deberíamos evitar caer en la trampa y dar razones para borrar la frontera que se nos quieren imponer.

Quizá, el final natural de esta nota insistiría en la necesidad de formar un trabajador que se autoperciba como intelectual, organizado (en lugar de líder individual), crítico (en lugar de resiliente) y demandante (en lugar de optimista). Pero también, y quizá más importante, sea necesario insistir en que los intelectuales se autoperciban como trabajadores que no solo disputan un lugar en el sistema educativo, sino también una parte del mercado. Las empresas lo tienen claro (los intelectuales no siempre), y por eso colocan la figura del intelectual crítico como lo otro del trabajador, pues es la mejor forma de bajarlo del ring. Intentaremos pensar (o trabajar) algo de eso en la próxima columna.

10 Julio 2019
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