The 400´s Legend / La leyenda de los Cuatrocientos

Manhattan Follies | Por Esteban Maturin

Los Padres Fundadores de la nueva patria americana intentaron, desde los primeros momentos, instalar el mito de la igualdad: esta nación que surgía en la tierra nueva tendría los códigos sociales de clase opuestos a aquellos de la Europa que los había expulsado por ser fieles a su fe y a sus creencias, y cuya pirámide dura de estratos diferenciados por la cuna era un fósil destinado a la desaparición evolutiva.

Este mito de origen norteamericano, tan presente inclusive hoy en los discursos populares y en toda la cosmogonía republicana (con más fuerza, inclusive, en el Medio Oeste rural que en las ciudades de las dos costas), también formó parte de los cimientos originarios de Nueva York. Aunque la sombra de las grandes familias fundadoras, el peso patrimonial de las élites holandeses que permanecieron en la isla luego del traspaso a manos inglesas (los Van der Bilt, los Van Horn, los Stuvesant…), junto a cierta reivindicación aristocrática de una ciudad que se veía a sí misma marcada por el estigma de la grandeza, fueron licuando aquel énfasis igualitario de los Padres Fundadores y reproduciendo, a escala, el sistema de castas vigente en la madre Europa.

Significativamente, aquel sistema de estratos sociales volaría por los aires a uno y a otro lado del Atlántico al mismo tiempo: con el estallido de la Guerra Mundial, ese momento donde Erik Hobsbawm ve el auténtico nacimiento del siglo XX. Hasta entonces, todos los años en Nueva York se publicaba el Registro Social, cuya primera edición databa de 1886. En aquel primer cuadernillo se habían anotado los nombres de los invitados a las fiestas en los salones de la archimillonaria señora Caroline Schermerhorn Astor, “Lina”, en su palacio de la Fifth Avenue. Y, por esas casualidades de la aritmética, resulta que la lista de participantes en los salones del palacio Astor, que daría el nombre de La Calle de los Millonarios a ese tramo del Midtown, fueron cuatrocientos, exactos. Desde entonces, 400 fue la cifra mágica del quién-es-quién neoyorquino, y formar parte del dichoso listado se convirtió en la meta aspiracional de toda la alta sociedad.

En principio, y al menos nominalmente, se podía acceder al Registro Social si se presentaban las pruebas de haber pertenecido a alguna de las familias fundacionales y tal presentación era, a su vez, avalada por otros seis caballeros cuyos nombres ya estuviesen asentados en el Registro. En la práctica, la inclusión en la nómina que implicaba el acceso a la aristocracia social -porque era la llave de acceso a todos los eventos de los palacios de la Quinta Avenida- implicaba la erogación de enormes sumas en sobornos. También era posible -también teóricamente- acceder al Registro por casamiento, o sea, uniéndose en matrimonio con un caballero o una dama cuyo nombre ya estuviese registrado en él. Pero esta modalidad tenía su cuota de aleatoria, ya que muchas veces, dependiendo de la cara del/de la candidato/a, en vez de incluir al cónyuge nuevo quitaban del listado al cónyuge que había estado en él, que de repente veía perdido su status de 400.

Y como, finalmente, el propio Registro terminó incorporando algunos nombres de nuevos ricos y algunas pieles tordillas, comenzó a darse cierta estratificación social al interior de la misma nómina: así, algunos aristócratas republicanos de la ciudad cabecera del país de la igualdad democrática, comenzaron a incluir la mágica sigla “myf” luego de su nombre y apellidos.

“Myf”, acrónimo de “Mayflower”, indicaba que uno de sus ancestros había llegado en el buque de ese nombre, con los peregrinos huidos de Gran Bretaña en defensa de su fe cristiana reformada, y que fueron los Padres Fundadores de la nueva patria protestaste en América: la espuma de la espuma de la espuma de los 400.

Hacia los años del cambio de siglo, sin embargo, ya eran tantos en el Registro Social que agregaban el “myf” junto a sus apellidos, que de ser cierto el Mayflower más que un simple velerito debía haber sido una flota entera. Por ello, Francis Crowninshield propuso un cambio en las reglas de ingreso al Registro Social: las candidaturas deberían ser analizadas según una tabla de puntos; y se atrevía inclusive a sugerir algunos criterios de puntaje: 6 puntos si se poseía palco en la Ópera; 5 si se era poseedor de un yate; 2 puntos por cada millón de dólares que se tuviese en la Bolsa de Wall Street, y así. Podría haber funcionado, pero la Guerra llegó primero, y para cuando terminó, nadie se acordaba ya del Registro Social y los 400 de Manhattan eran apenas otra de las leyendas que cruzan la isla.

11 Julio 2019
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