Island: Las islas de la isla

Manhattan Follies, por Esteban Maturin

Hay que agudizar la imaginación para, al recorrer Manhattan por alguna de las grandes avenidas o por cualquiera de las callecitas de los barrios, uno se sienta al mismo tiempo caminando en una isla, en un terreno separado de tierra firme. Esa sensación permanente que es tan natural compañía en Sicilia, en Cerdeña, en cualquier ciudad del Egeo o del Caribe, no acompaña los recorridos neoyorquinos... ¿cómo el ombligo del mundo, la ciudad por antonomasia, va a estar separada del continente? Pero basta llegar a alguna esquina de las calles que la cortan de Este a Oeste para encontrarse con las inmensas moles de los puentes, esas arterias de acero y cemento que atan a Nueva York a la tierra. O, en el sentido de las avenidas que la seccionan de Norte a Sur, llegar a la punta, y mirar, tras la Estatua de la Libertad, el infinito horizonte del mar abierto.

No hay caso: aunque la imaginación deba hacer un esfuerzo, esto es una isla. Y es más: es el centro de un breve archipiélago. En rigor, para el nomenclador urbano Nueva York concentra cinco distritos diferenciados: Brooklyn, el negro Bronx, el propio centro de Manhattan, Staten Island, y el multirracial Queens; pero a estos cinco distritos la ciudad imperial suma su propio archipiélago de cinco islas, cada una con su especificidad y, al tiempo, homogeneizadas por ese imán globalizador del centro.

Ese mini archipiélago, que como un feudo marino privado rodea a Nueva York, está compuesto por las islas Roosevelt, City, Ellis, Governors, y Randall. Y cualquiera que llegue aquí y pueda permanecer un par de días, no sería justo que dejara de cruzarse a alguna –o a varias- de ellas.

En City Island todavía es posible respirar algo del aire de los antiguos pueblos navieros de Nueva Inglaterra (aquí está, de hecho, el New York Sailing Center, para quienes quieran aprender a navegar a vela con los métodos de siempre), y la islita es un festival de restaurantes especializados en pesquería y marisquería, con género llegado esa misma mañana a las costas.

A City Island se puede llegar en colectivo, en bicicleta, y hasta caminando, si se disponen de las horas –y la resistencia- suficientes. A la Ellis Island, en cambio, se llega con el servicio de lanchones de la Statue Cruises, que funciona como ferry oficial desde Battery Park, en el Lower Manhattan. Los lanchones salen cada 20 minutos, durante todo el día; la excursión para visitar a “Liberty”, en el caso de que se quiera subir hasta la vincha de la estatua, dura unas cinco horas.

Governors Island está pensada como un pulmón de aire y silencio, para que los neoyorquinos residentes pueden tener una opción al bullicio y es estrés permanente: once kilómetros, a la vera del East River, libre de vehículos y dedicados al ciclismo (se pueden alquilar las bicis ahí mismo, inclusive hay préstamos gratuitos de bicis durante una hora) o al paseo a pie. También hay laberintos, caminitos por rosedales, escalamientos en paredes tirolesas, o subir a los miradores de The Hills a descansar la vista en el mar (de un lado) o en la actividad del New York Harbour (del otro).

La Randall’s Island es otro parque verde, especial para picnic de fines de semana, o para sesiones de yoga (también gratis, como las bicis de la Governors) cualquier día de entre semana, ferias vegetarianas y los sábados, cine (otra actividad gratis más) al aire libre. Se llega a ella con los colectivos que cruzan el puente Ward.

Pero de todo este mini archipiélago, la más sugerente escapada de la gran ciudad se hace en tranvía: el viejo –aunque remozado- trencito urbano con el que se llega a la Roosevelt Island. En la isla en sí, no hay mucho más que un viejo hospital de fachada gótico-renacentista, un tanto desubicado en esos lares, y el parque y el Memorial del presidente que da su nombre a la isla. Pero el cruce en el tranvía ya justificó sobradamente la excursión.

 

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