Tratado de la luz

Otro día en el paraíso, por Federico Racca (Especial para HDC)

Arquea la ceja el sol que levanta y las Sierras Chicas, antes que la luz vuelva humano lo humano, impiden en su línea al celeste que subsuma todo en el fulgor. Claro y oscuro de las mesetas y las quebradas con verde y piedra en los cerros altos de más allá de Villa Leonor.

Camino arbolado a la Angelina, luz verde, ternura de hojas en los ojos; un hombre camina con su hijo de piel bronce a un lado, con los cuellos altos y la mirada de perlas negras.

Luz por sobre los árboles en las cercanías de la Colonia de los Judíos, y abajo el oscuro de la enramada, el aire helado en su transparencia y los yuyos blancos, quemados por sobre el hueco del arroyo pobre de agua y el rosa fuerte de las flores del palo borracho que aún perdura.

Campo abierto de luz que penetra en la piedra negra la casa de los Centeno. Un quebracho sigue a un algarrobo y más atrás el eucalipto cuyas ramas altas muestran un viento que abajo no está. Un perro blanco pasta como hollando, y la luz inmóvil en franjas raya la tierra en el amanecer.

Más adelante cinco caballos y una mula caminan en un recreo que quién sabe a dónde los llevará.

Luz del sur por el camino que se despliega sobre los pinares y los torreones antes de Villa Forchieri.

Cartel de pan casero y tortilla mísera moneda en los bolsillos- y, al fondo, de nuevo, esta vez entre viejas palmeras que crecen descomunales, las enormes montañas de más allá de Buffo con la iglesia de Ferrari y el criollo que barre. “Yo era tataranieto de Napoleón”, dice la Rata Parrau en alcohol, desde su metro cincuenta y señala sentado en El Trébol el sol golpeando un jacarandá en la loma de detrás de lo de Alonso.

Cigarral tupido el de Santa Rosa, portón en forja ¿el Ruso? Adentro, la Reforma, el grabado de Picasso y los manuscritos del ciego; la estatua de mármol ya no está como ya no está la pequeña figurita de la niña comechingón primera china désta tierra que nos nombra como chino.

Calle Santa Fe, despensa Los Negrachos de los Boldi, enfrente Fidelmina con sombrero de paja dirige la construcción de casa en lo alto. En la esquina Carlos Strumia, el dueño del agua viniendo por la cresta hasta los tanques (hombre con glaucoma me cuenta).

El abuelo Pascual Terrera, primer doctor en agronomía, muere en el 43. Corazón con constantes dolores y nombramiento de ministro de la Nación. Así, en el 41, ministerio a Córdoba -Santa Rosa al 970, frente a Plaza Colón. También vagón oficina en el Mitre por urgencia. Escuela de agronomía de Totoral lleva su nombre y él muy rico casándose con Fidelmina Cabanillas, que le alquilaba a Zenaida Moldes la casa en la que están los bomberos.

Ella diseñó la mansión usando la columnata de Ferrari. El pozo está enfrente de la casa, que en nueve meses estaba levantada -diciembre del 34. Desde la galería en círculo, con la balaustrada de cemento, la vista panorámica empieza al oeste en el Pan de Azúcar, luego el Mogote, la vuelta por sobre La Minera y el Corral de Barrancas, siguiendo en la gruta y por arriba de Unquillo.

Fidelmina Cabanillas de Terrera, nacida en Río I, murió en su chalet a los noventa y cuatro; cuarenta y un años después que su marido, el ministro Pascual Terrera (los Terrera suben la loma, atrás de La Minera, una luz oscureciendo). Segundo piso, cocina de los Verga (“lindo nombre pá´semejantes bobos”) diseñada como enmarque del Pan de Azúcar: hermosura.

Chingolo, bajo la lámpara implacable de bar, me cuenta de su preferencia: “lo más importante es respetar la vida y el amor, pero el sentido de belleza que uno tiene adentro es extraordinario”. Mira por el vidrio, saluda a un hombre que pasa, vuelve: “en Los Cigarrales es linda la luz en lo de Horacio Sanguinetti; desde la cocina de casa ves los árboles de Sanguinetti todos ocres; me invita a salir a caminar. También las sombras y las luces del río a la mañana y al atardecer en La Toma. Los reflejos ocres del sol en los árboles, el sentido de romanticismo del ocre. El camino desde la Colonia de los Judíos hasta lo de Centeno también es lindo”.

De vuelta, mediodía, luz tremenda por avenida Sarmiento hacia el norte; la mujer pechando, el carrito del niño, el cielo con la nube expirada en blanco, los claveles del aire comiéndose los cables y el polvo en suspensión.

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