Una hora americana

Centenario, por Alejandro Eloy Rodríguez (Especial para HDC)

Deodoro Roca supera al pequeño tumulto de estudiantes y vuelve a sentarse frente al papel y la tinta. Son sus manos las que sostienen el fuego. En el sótano sutilmente iluminado hay gritos, luego murmullos y finalmente, cuando las manos ardientes de Deodoro comienzan a escribir, hay silencio. Afuera las calles estallan, miles de estudiantes y obreros inflaman la varieté de rebeldía. Es junio de 1918, Deodoro Roca siente, en la más honda de su razón, que finalmente ha llegado la hora americana.

Córdoba se redime, la juventud se redime, nuestra historia se redime. Ya nada volverá a ser igual. Deodoro, con las manos que transpiran y el corazón que galopa hacia el alba modernista, escribe el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria. Es una construcción colectiva, las manos que redactan pertenecen a miles de almas, pero al mismo tiempo a un solo cuerpo: el joven Deodoro siente más que cualquiera el pulso fecundo de la libertad. Quiénes somos nosotros y para quiénes será el sacrificio de nuestra sangre, se cuestiona el joven reformista, y finalmente titula: “La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica”. El torrente de los ríos de la historia pocas veces puede ser comprendido en el mismísimo acto de la valentía, puede que éstos no lleguen nunca al mar de la dignidad universal, o que lo perpetren con frenesí. Deodoro Roca ignora en ese momento el destino universal de su sangre y su tinta, pero su espíritu reconoce la belleza de la historia en el grito que canta su verdad.

Hemos soportado esta tiranía suficiente tiempo, concibe Deodoro. Somos el producto áspero de semejante mediocridad, que concibió a la Universidad no como un acto de amor y aprendizaje, sino como una tiranía y un refugio de la decadencia. Se han privilegiado los lazos de sangre por sobre las ciencias y el conocimiento, en las cátedras clericales y sombrías se ha secuestrado el progreso del nuevo mundo que exige nacer. Nos hemos rebelado. Durante los últimos meses fuimos objeto de golpes e insultos, nos han acusado de todo tipo de herejía, recibimos las amenazas de todas las cátedras, todos los profesores, y de muchos otros estudiantes que no comprenden esta rebelión, por falta de visión, o acaso porque sus privilegios de sangre también se verán afectados. Eso es lo que más duele, piensa Deodoro, duelen los estudiantes que escupen el camino de la liberación, acaso el que todos deberíamos transitar. Y aun así, aquella indolencia resulta ser la leña que enciende nuestro espíritu, nuestra sangre que tiembla a cada paso: estamos más vivos que nunca porque la historia universal de la libertad nos acaricia el corazón.

Deodoro retiene el fulgor de los días previos, que lo llevan a escribir el manifiesto en aquel sótano sutilmente iluminado. Fue un 15 de junio cuando padecimos la traición, principal escarnio de los cobardes. La ‘Corda frates’, máxima expresión de la decadencia universitaria y clerical, ignoró todos los acuerdos y victorias conseguidas por este pueblo que se redime. Antonio Nores se autoproclama, con la complicidad de los cobardes, rector de nuestra Universidad, y nosotros, que llevábamos el nombre de Enrique Martínez Paz como candidato del cambio y la rebeldía, sentimos el ardor de la traición en aquella asamblea universitaria viciada y dogmática. No dejamos concluir aquel acto infame. Días antes, Enrique Barros, presidente de la Federación Universitaria de Córdoba, junto a otros estudiantes rebeldes, se reunieron con el señor presidente de la nación, Hipólito Irigoyen, y el mandatario, primer presidente surgido de las extrañas populares y democráticas de la república, les dijo, con el espesor contagioso de su voz, con la sobriedad que lo caracteriza: “Las instituciones argentinas no pueden permanecer ajenas a las nuevas demandas civiles… señores, esta es una época de cambios”. Y Enrique Barros y demás estudiantes retornaron de Buenos Aires con la llama fugaz de las oportunidades revolucionarias, para hacer cenizas, de una vez y para siempre, a la infamia y la decadencia.

Imperiosamente los estudiantes interrumpimos aquella asamblea, en la que debía ser elegido Martínez Paz, y en la que en cambio se autoproclama Antonio Nores. Y éste, suponiendo que el apoyo de la alta sociedad cordobesa salvará su falso cargo de rector, recibe en una reunión a los jóvenes reformistas. En el despacho del doctor Nores, los estudiantes rebeldes, entre los que se encuentran Enrique Barros y Deodoro Roca, escuchan las palabras de podredumbre que salen de su boca. Con la impunidad de gala con la que ha sido servido toda su vida, el doctor Nores exclama, ante las almas fervorosas de los reformistas: “prefiero antes de renunciar que quede el tendal de cadáveres de los estudiantes”. Ante semejantes palabras, los reformistas sabrán que no solamente ofrecerán su espíritu en aquella lucha, sino también su sangre. Los estudiantes deciden tomar la universidad, y escribir el manifiesto que encenderá la llama de todo el continente.

Las manos que arden y el corazón que galopa junto al modernismo, el destino de los hombres libres, Enrique Barros discutiendo en el sótano sutilmente iluminado, mientas Deodoro Roca, con las manos firmes y sudaras, escribe la historia. En esta hora americana, puede que nuestra rebelión triunfe, y aunque suceda lo adverso y caigamos prisioneros de la historia muerta, permanecerá este manifiesto para los jóvenes del porvenir. Deodoro, la tinta que se convierte en sangre, siente al olvido alejarse de su alma para siempre.

La universidad libre será un faro sobre las penumbras esclavas del mundo. Pasarán los años y los siglos, pero la belleza y la verdad que hoy le mostramos al mundo perdurarán en la historia universal de la libertad. Esta obra jamás estará completa, siente Deodoro, porque la infamia que hoy derrotamos volverá una y otra vez, al igual que los jóvenes libres que sacrifican su corazón por el porvenir de la humanidad. En el primer párrafo del manifiesto, Deodoro Roca confiesa: “Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que nos quedan, son las libertades que nos faltan”.

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