El delirio que viene de la blancura

Diario serial, por Debret Viana (Especial para HDC)

“The Terror”, la nueva serie de AMC, es querible y generosa. ¿Cómo oponer resistencia a una serie en la que proliferan virtudes inusuales? La trama es singular: dos barcos de la armada británica buscan una nueva ruta hacia China y quedan atrapados en el Artico. En 1847.

No, no es una serie de terror. Uno de los dos barcos se llama “The Terror”, un barco imponente, que provoca respeto y temor: él da nombre al relato, porque el escudo que nos protege también delata el punto exacto de nuestra flaqueza. Aunque tampoco deja de ser cierto que un grupo de hombres, librados de la sujeción de las normas civilizadas y forzados a empujar sus límites físicos y morales para poder sobrevivir en un escenario inhumano, durante un período prolongado e incierto de tiempo, pueden ver debilitados sus vínculos con la realidad. Después de todo, el diablo no es aquel que empuña el cuchillo, sino el que susurra en los oídos enloquecidos y precipita el aquelarre.

La paleta es blanca. De una blancura atroz. La nieve es blanca, el cielo es blanco, la nieve es blanca, el mar es blanco, el hielo es blanco, el frío es blanco. La locura es blanca. Y hay un monstruo. O un animal mitológico proveniente de las tradiciones esquimales, de la tribu Inuit. Es blanco. Pero quizás no exista, quizás sea parte de la locura. De la locura que viene de la blancura. Los años de una blancura irredimible.

Con tormentas de nieve, frío, comida escasa, complots, amenazas de botín y sedición, y la conciencia cada vez más febril de que nadie allá en casa sabe dónde están, y que por tanto nadie irá a buscarlos: ese es el contexto angustiante de “The Terror”.

Pero además, hay un villano. Un villano memorable, que podremos observar cómo empieza, muy sutil, muy silenciosamente, a convertirse en un villano, no necesariamente porque busque el mal o el beneficio propio, sino, de un modo similar al Guasón de Batman, el caos y la discordia, sin tener en claro bien por qué, pero sintiendo, mes a mes, capítulo a capítulo, el extraño afán de anudar hasta la asfixia la soga que sostenía un camino posible para la escapatoria y la supervivencia. Ya llegaremos a ver, quizás, qué es lo que susurra en el viento del frío y en la blancura intolerable del día que dura años.

“The Terror”, además de un repertorio de actores provenientes del teatro, nos brinda la redondez exquisita de un relato que concluye. Habitamos la singular época de engordamiento y repetición de lo mismo, en la que la ficción es un producto que debe ser sometido al rendimiento a través del tiempo, para ingresar en una extraña paradoja: es el propio éxito el que permite que el relato sea contado (es decir, que continúe, que la serie no sea cancelada), pero es también el mismo el que impide que el relato termine. La narrativa sufre cuando es empujada mucho más allá de su salud, más allá de su conclusión natural, hacia un progresivo enflaquecimiento de aquello que brillaba al principio, pero que al ser estirado, deambula sin gracia hasta su aniquilación, o peor aún, por una errancia inconducente que pronto borra todas las virtudes que había desarrollado. No esta vez: “The Terror” es un cuento que empieza y que termina, y que si bien podría haber sido administrado para durar al menos tres temporadas (después de todo, la novela de Dan Simmons en la que está basada tiene más de 800 páginas) no se guarda nada, no falsea nada, no fuerza un suspenso inútil, no testea la paciencia del espectador para prolongarse sobre lo innecesario (como “Stranger Things”, “True Detective” y, más evidente que en ninguna otra, “The Walking Dead”, pero también ostensible en un clásico de los 90, “The X-Files”, que continúo 46 capítulos más después de que su protagonista había renunciado, y aparecía alguien corriendo en la lejanía, un puntito que huía al final de cada capítulo y algún personaje secundario sostenía que debía tratarse de Mulder). Al contrario, conduce todos los puntos de la narrativa a un justo y desolador final.

Pero antes tendrán lugar una serie elocuente de desventuras narradas, todas ellas, con suma elegancia, entrelazando el delirio, la traición, la espectralidad, lo sobrenatural y el inevitable recurso del canibalismo con precisión de partitura.

Sí: “The Terror” lo tiene todo. Pero a mí, más que ninguna otra cosa, me hechizó la atmósfera, el espacio, el modo en que, al rato de empezar a verla, estamos ahí, y cómo el sentarme a ver “The Terror” era ingresar en el deslumbramiento del frío y la blancura de la nieve y el hielo. Me descubrí varias veces, en distintas partes de mi día, anhelando el siguiente capítulo porque como pocas narraciones seriales “The Terror” logra volverse más un lugar que un relato, un sitio a donde ir, que incrementa el frío en la casa e forja una luz distinta del televisor, que ilumina las paredes con un blanco que lastima la noche artificial del hogar. Si bien eso implica un estar ahí, junto a una pesadilla, el viaje es delicioso.

 

 

20 Septiembre 2018
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