Con el amigo imaginario de otro

Diario serial, por Debret Viana (Especial para HDC)

Happy! es un policial inusual. Nuestro protagonista, Nick Hax, fue un detective honesto y duro, pero se zarpó y lo echaron de la fuerza. Ahora anda mucho más duro: es un borracho, drogón con apariencia y olor de vagabundo que cobra a diferentes mafias por boletear indeseables. Pero las cosas cambian cuando recibe una visita la semana de navidad.

No, no es nada de lo esperable.
Nick tiene un paro cardíaco, y queda muerto durante unos minutos. Cae una ambulancia y lo revive, y cuando despierta, lo ve: flotando sobre él, sobre la camilla de la ambulancia. Es el amigo imaginario de la hija que él no sabe que tiene: un pequeño unicornio azul (llamen a Silvio), o burro enano y alado llamado Happy, que es tierno y amable, que no concibe la maldad ni la mentira, es puro, noble, pura bondad, como sacado de un cuento de hadas, incluso su presencia, que es animada, es ingenua y contrasta con la rudeza de la ciudad. Happy le cuenta a Nick que: tiene una hija de 9 años que se llama Hailey que fue secuestrada por un psiquiátrico disfrazado de Papá Noel y que en un par de días va a asesinarla.

Así empieza Happy!, una serie de 8 episodios que combina el policial, el relato navideño, el gore, la violencia desmedida, la comedia negra y la mugre de la ciudad en un Roger Rabbit reloaded, a cargo de Grant Morrison, el celebérrimo escritor irlandés de comics icónicos, como Arkham Asylum, Batman RIP, Final Crisis y All-Star Superman.
Uno de los aciertos más entrañables de Happy! es el modo en que da cuerpo al tópico amigo imaginario, que en este caso no conduce, como es usual, a la locura, sino a una vincularidad íntima con la pureza que el mundo aniquila y desencanta. Son, quizás por eso, sumamente elocuentes los relatos sobre amigos imaginarios cuyos niños abandonaron, porque crecieron y dejaron de creer en ellos, y cómo los pobres imaginarios vagabundean desensamblados y cuentan sus penas en las reuniones de amigos imaginarios abandonados, y se dan consuelo entre sí como en un grupo de alcohólicos anónimos, y tratan de hallar un sentido a sus vidas. Aunque también hay un niño oscuro y nefasto que colecciona amigos imaginarios ajenos, para torturarlos con lascivo placer.

Los villanos de Happy! son memorables. Un mafioso italiano cuya familia está implicada en un reality show, un asesino psiquiátrico traumado que se viste al mismo tiempo como Papá Noel y como un árbol de navidad y que es tenebroso hasta la médula, un conductor de programas para chicos, como Topa o Xuxa, pero perverso (excéntricamente perverso) y malvado (genuinamente malvado), un veinteañero intento de mafioso poseído por un demonio navideño. La narración es trepidante, la paleta es de colores saturados sobre una Nueva York oscura que brilla con los siniestros augurios de navidad, y el protagonista, Nick Hax, exquisitamente interpretado por Christopher Meloni, lleva la figura cliché y cansada del tipo duro por una senda que atraviesa la caricatura, la moral y los lugares comunes para arribar al territorio quizás infantil de la dicha, del disfrute colosal, de la euforia de deseo de las cosas no terminen mal.

Si bien es una serie de ideas, donde pasan mil cosas todo el tiempo y donde la vocación por la delimitación de los extremos es ostensible, donde el ruido de la violencia se entrelaza con los colores fantasiosos de las sci-fi bizarro no creo que deberían sentirse espantados quienes no sientan aprecio por la ciencia ficción o por una trama donde aparenta dominar el delirio. Happy! es una narración más fina y delicada, a pesar de sus recursos excéntricos. Es la historia de un padre que encuentra en la locura el camino por el cual puede hacer el bien, o al menos algo bueno, por su hija. Es una historia de redención navideña, peculiar, con rasgos de bestialidad, pero intensa y hermosa, que deviene en ese subgénero que es el bromance, aunque en este caso entre un hombre y el amigo imaginario de su hija, pero que su vibrante originalidad no oculta el marco de una trama clásica que toca una fibra muy sensible, y ante la que es arduo, a pesar de las escenas más bizarras del año, no ser niño un rato y lagrimear un poco.

Happy! no es para todos. Pero es ácida e inteligente, es adictiva y oscura, es lisérgica pero con un guión sin agujeros, que fluye y atemoriza, espanta y emociona. Yo supe que iba amarla en la primera escena. Nick está en el baño de un antro. Tose y escupe sangre. Se mira al espejo: entiende que todo se descarriló, que ya nada tiene sentido. Saca el arma. Y después otra arma. Se apunta a la cabeza. Con ambas. Dispara. Su cabeza explota: estilizados chorros de sangre manan sin parar hacia el techo. Su cuerpo erguido tambalea, da unos pasos hacia atrás, pero no cae: Nick no cae y las paredes se corren y su trastabilleo empieza a hallar un ritmo y de repente nos parece que ¿está bailando? Es ahí, en ese instante de incertidumbre, en el que entran bailarinas y baja una bola de boliche: sí, está bailando; sí, las luces de colores resbalan en la oscuridad, tiene un revólver en cada mano y baila; sí, Happy! Será distinta.

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