El club de las amistades rotas

Tendencias en la red, por Pablo Natale (Especial para HDC)

1. Iba a escribir sobre la serie de Luis Miguel. Es que pasé varias madrugadas viéndola y entonces Luismi llegó a parecerse a un amigo: alguien con quien charlaba antes o después de comer, y me contaba sus penas, sus deseos y su tragicomedia cotidiana y hacía desaparecer, por un rato, el mundo en su avasallante complejidad. Pasa que Luismi era bastante malo escuchando y estaba muy agobiado por su bolero mental. Así que a mitad de temporada (justo cuando se “pelea” con uno de sus amigos) apagué la compu, agarré un libro y leí un cuento hermoso con una frase final letal. El cuento se llama “La fuerza que lanzará la flecha hacia delante” y está en el último libro de Francisco Bitar: digo que es el mejor cuento de ese libro, pero ustedes dirán.

2. La amistad es un mito recurrente de la cultura occidental y podría incluso insistirse en que es uno de los ejes clave de la literatura argentina: la amistad gaucha, la de Borges y Bioy, la de los grupos de amigos en las novelas de Cortázar, la de Selva Almada con Julián López, la del manso Indie mendocino, etcétera. Pero no es sobre Luis Miguel ni sobre la amistad consagrada de lo que trata este texto, sino sobre el club de las amistades rotas.

3. El planteo del cuento de Bitar es sencillo: dos amigos adolescentes se prometen llevar una vida amistosa, hacer un gran viaje, no formar familia. Sin embargo, pasa lo que ya todos sabemos: el tiempo. La amistad de esos dos amigos, entonces, se resquebraja, se hace distancia. Y la historia entra de lleno en el club de las amistades rotas: el mismo club donde están la amistad de Petrovic y Divac, la del “Bosque Pulenta” de Fabián Casas, la de Frances Ha y aquella de la que habla Chaves en un poemario en el que cada dos por tres versos aparecen unos amigos dando vueltas a la redonda en un estacionamiento. Ustedes saben de qué les hablo. Porque todos hemos sido y seremos parte de ese club, alguna vez.

4. Yo tenía un amigo con el que jugábamos fútbol todas las santas tardes, allá por los doce años. Él era un año más chico y era regordete, fortachón. Llegamos a ser el mejor 9 y el mejor 10 de la cuadra. Entonces llegó el secundario: yo me convertí en un alfeñique y él en el Capitán Facha. Cada cual tuvo su propio grupo de compañeros. Ahora tiene una cadena de rotiserías. A veces mi madre compra empanadas ahí. Tenía un nombre genial, y el primo también: Demian, Sidharta, así se llamaban. Parece que en la familia había fanáticos de los libros. Y que siempre te queda un talismán de las relaciones rotas.

5. También tenía otro amigo. También era regordete. Jugábamos videojuegos de manera compulsiva, éramos jedis de consola y parias del secundario. Le teníamos pavor a los boliches. Teníamos las dos bicicletas más horribles del barrio (los frenos de la mía se escuchaban a cuadras de distancia). El padre era un tipo medio raro y un día se fue de la casa y dejó una guitarra en un rincón. Se la pedí prestada a mi amigo (que apenas si sacó la mirada de la pantalla) y, sin saberlo, mi vida empezó a cambiar. Él siguió rompiendo récords en los videojuegos: terminó una pantalla, llegó a varias finales, encontró un trabajo, se enamoró, se mudó. Yo seguía con los libros y la guitarrita.

6. Por esa época me hice amigo de una futura arquitecta. Fue una relación en la que, pasado un tiempo, yo empecé a confundir las cosas, motivado por la soledad y por las baladas de Pearl Jam. Lo bueno es que nos prestábamos discos y libros y ella escuchaba las canciones que aprendía en la guitarra. Lo malo es que, en el fondo, ella y el grupo de amigos de quienes nos rodeábamos eran mi último cerco antes de cambiar sustancialmente. Lo supe de golpe, en una epifanía veraniega, y rompí con todos. Uno al lado del otro. Desatendí el teléfono, me recluí. Quisieron festejarme un cumpleaños sorpresa y cayeron a visitarme: cuando me hablaban era como si me atravesaran las palabras. Yo era Ghost, la sombra de la amistad.

7. El amor es una palabra pequeña que engloba demasiadas cosas. La amistad también. Hay tantísimos tipos de amigos, así como hay tantísimas series con amigos y frases amistosas en las canciones: “un amigo es una luz brillando en la oscuridad” o “morir a tu lado es una manera celestial de hacerlo” son dos clásicas. No quiero terminar este texto sin citar a ese club especialista en esquivar los cambios y, como sugiere Bitar, el desastre y la melancolía del tiempo. El Club que está en la vereda de enfrente del Club de las amistades rotas. Pienso en un amigo con quien siempre nos dijimos que terminaríamos juntos en un geriátrico representando con total fidelidad a dos viejos gruñones; pienso en un grupo de amigos con quienes tenemos un plan bárbaro pos60 añitos; pienso en un capítulo de Seinfeld en donde se habla de “amigos por insistencia”. Creo que este texto también es un mensaje para esos amigos; es mi forma de decirles: Hey, estoy bien, acá, escribiendo. Les extraño. Nos veremos pronto: la vida es difícil, es un país duro, pero ya lo sabíamos, ¿verdad que sí?

Whatsapp
Tags:
© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar