La bruma de las sierras

Otro día en el paraíso, por Federico Racca (Especial para HDC)

Nadie nunca nos dijo de dónde venimos o, mejor, todos nos cuentan una larga novela que sólo es creíble en partes. Nos constituimos por esa novela, pero lo más significativo de ella (lo que más nos moldea o derrite) está debajo de la superficie de lo que conocemos. Podríamos pensar que esta novela tiene la forma del iceberg que Hemingway teorizó como estructura narrativa para sus relatos. Es decir, la mayor parte del iceberg es un armazón que está bajo el agua y que sirve para sostener los tornasolados hielos que vemos flotar.

Manejo desde Córdoba a Cosquín. Son las cinco de la tarde y una llovizna tenaz nubla la vista. Voy por el camino de La Calera, por la vieja víbora zigzagueante que se desenrolla hacia el paredón. Mientras avanzo veo los rieles del Tren de las Sierras, aparece un viejo túnel que recuerdo con precisión. Tenía cuatro años cuando subí por primera vez a ese tren y viajamos con mis compañeros de jardín hasta Bialet Massé. Al llegar a ese punto, al atravesar el túnel de piedra, al movernos por esa oscuridad que amplificaba los sonidos de hierro, gritamos, y al salir, cuando la luz se incrustó en nuestros ojos, aplaudimos y saltamos. Recuerdo a mi lado a Pablo Dávila, el “Lechón” que cuarenta años después sigue estando a mi lado. También estaban Miguelito, Esteban y la Vero Marchesini con sus trenzas y los anteojitos que no podían disimular su belleza. Hace poco la vi, después de décadas. Ambos nos reconocimos, pero algún tonto prurito -algún miedo atávico- hizo que desviáramos las miradas.

Sigo en mi auto azotado por la llovizna. Cruzo el paredón y veo las nubes posándose sobre el San Roque. Más adelante están las monumentales columnas de un puente a ningún lado; ¿no había una obrita menos delirada para hacer? Paso por Santa María, observo a la distancia, antes del faldeo y de las nubes bajas, el viejo hospital de tuberculosos. Estaciono en el centro de Cosquín. He llegado para ir al Festival de Cine. Tengo la ansiedad de quien ha probado algo bueno y quiere repetir. Dos años antes llegué sin saber qué vería y la magia de La noche, una peli deslumbrante, me regaló un buen sabor de boca por varios días.

Camino por la calle principal haciendo tiempo. Llego hasta la plaza Próspero Molina y me veo con mis viejos, como cada enero, en el festival de folclore. Recuerdo, debe haber sido en la misma época del viaje en el Tren de las Sierras, una noche calurosa en la que jugaba con otros chicos por la plaza y de repente Julio Mahárbiz, el eterno presentador del “aquíii Cos-Quínnn, ca-pi-tal-del-fol-cloreeee”, anunció a un grupo llamado Los Indios Tacunau. En aquel tiempo de sólo tres canales de televisión, con viejas películas norteamericanas y los malones de El Gran Chaparral como mi pesadilla habitual, los indios eran la personificación del mal. Corrí como nunca había corrido, llegué a los brazos de mis padres de un salto y nunca comprendí -sigo sin hacerlo- por qué ellos y sus amigos se reían de mi miedo.

Ahora camino hacia el cine. Llevo un chocolate con almendras en el bolsillo y un ticket para ver la película ganadora que no sé cuál es. Casi no hay gente en la calle, un par de perros se ladran bajo la llovizna. Me ubico en última fila, a mi lado se sienta una chica hermosa, buena señal. Una de las organizadoras explica que la película ganadora del festival internacional es cordobesa; que con la organización, luego de verla, decidieron incluirla en la competencia; quedando impresionados cuando el jurado internacional la eligió como ganadora; se llama El silencio es un cuerpo que cae, y fue escrita y dirigida por Agustina Comedi. Comienzan las imágenes, es un largo collage de viejas filmaciones familiares, entrevistas actuales y -tal vez- pequeños pasajes actuados. ¿Cuánto se esconde debajo del nivel del mar? ¿Qué volumen tienen los hielos de los silencios familiares? ¿Y su peso? ¿Lograremos flotar atados a ellos? Agustina toma imágenes familiares, con el color demodé del VHS y nos sumerge en las aguas gélidas de la Antártida cordobesa de los setenta. Nos cuenta de sus secretos más hundidos, del hielo que nunca aflora y lo hace con tanta poesía y amor que la garganta se te vuelve un nudo porque comprendés, porque TE comprendés y eso es un milagro, la cualidad que diferencia una obra de arte del simple entretenimiento. Gracias Agustina; gracias Roger Koza y equipo por tanto.

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