Expedición al Valle de la Utopía

Agitador cultural, por Alejandro Eloy Rodríguez (Especial para HDC)

Llegamos al pueblo de Guarda do Embaú un día jueves. Ese mismo sábado ya estábamos camino al Valle de la Utopía. Eran dos horas de caminata, rodeando la costa marítima y luego cruzando las montañas. Diversas fuentes nos habían dicho que allí podríamos encontrar cucumelos.

El cucumelo es un hongo con propiedades alucinógenas que nace de la bosta del cebú. Para que este crezca tienen que ocurrir una serie de factores: primero, con obviedad, la existencia del cebú. No puede ser un caballo o una vaca, aunque existen distintas posiciones con respecto a este punto. Segundo, debe haber esporas en los pastos que come el animal. Tercero y fundamental: una vez manifestada la caca, debe llover y luego salir el sol, casi simultáneamente. Así la humedad y luego el calor hace florecer el hongo, que nace finalmente de la bosta. Este valle ubicado a pocos kilómetros de Guarda do Embaú, en la costa sur de Brasil, tiene fama por estar repleto de hongos cucumelos. Algunos suponen que de allí proviene su designación, ‘Vale da Utopía’, descontando que se fundamenta sin embargo en la belleza del lugar.

Comenzamos la expedición dedicando especial atención en los excrementos que se encontraban en el suelo. La concentración era máxima. El día anterior había llovido por la mañana y luego a la tarde salido el sol, según nuestros cálculos ese mediodía los hongos estarían brotados. Durante los primeros kilómetros no encontramos ni un solo hongo, revolvíamos la bosta buscando en vano. Llegamos a pensar que todo aquello era un mito.

De aquella fabula exclusiva de Guarda do Embaú no hay que olvidarse a su personaje más importante: el cebú. Según cuentan, el dichoso animal había sido visto solamente en dos ocasiones. No viene al caso de este relato, pero para comprender la usura de nuestra aventura decido nombrarlas: el primer vecino que dijo haber visto al cebú data de 1989, quien en realidad era dueño de los campos contiguos al valle. Según él, aquel animal nació de su propio criado bovino y un día creció repentinamente, rompiendo el corral y los alambrados con su intempestivo cuerpo. Ya emancipado, el animal no fue visto hasta quince años después, cuando otro vecino del pueblo lo contempló mientras recolectaba hongos. Cuando le contó al resto de los habitantes del pueblo las magnas características del cebú nadie le creyó: aparentemente el relator se encontraba drogado. Después de ese día no se lo volvió a ver, ni al vecino ni al enigmático animal. Por lo que la mitología del pueblo dejaba entender, la existencia de este cebú ofrecía una serie de peculiaridades dignas de una leyenda rural.

Con las expectativas en baja, llegamos a la primera pradera del valle. Allí estaba lleno de montículos de excremento. Revolvimos. Daba la sensación que alguien se nos había adelantado: algunos ya estaban decididamente revueltos. Nos alejamos un poco más del camino y encontramos el primer hongo de la jornada. Bastó con voltear el pedazo de bosta como si fuera una hamburguesa para encontrar el cucumelo sobre la superficie inferior. Era de un tamaño pequeño, pero empezábamos a creer.

En eso estábamos, recobrando la esperanza, cuando de repente lo vimos: sobre las praderas de las sierras ubicadas al frente, ungido como un animal mitológico, alimentándose del pasto divino de esporas, de tamaño considerablemente superior al resto de los bovinos … el gran cebú blanco. Su tamaño era de cuatro o cinco toros juntos. Imagínese lector que nosotros observamos su cuerpo con todo detalle ubicados a ochocientos metros de distancia. Blanco como el cuarzo más brillante, el animal caminaba sobre la pradera y el resto de los animales (vacas, caballos) se hacían a un lado, formando un pasaje que se abría al paso de su andar. La leyenda era cierta. Desde lejos podíamos ver su joroba prominente, sus cuernos gruesos como troncos pero que progresivamente terminaban en una finura de alfiler. Desde aquella pradera el animal nos miró sostenidamente a los ojos, inspeccionándonos el alma, y luego se retiró pacíficamente, perdiéndose entre los arbustos.

Y aquella fue la tercera vez que el gran cebú blanco fue visto.

A partir de ese momento la peregrinación tomo nuevos tintes, a medida que nos adentrábamos al valle los cucumelos eran cada vez mayores. En la pradera central del valle la naturaleza abastecía generosamente: difícilmente en otra ocasión ver tanta bosta junta podía generar tanta satisfacción. Recolectado lo suficiente, termínanos la travesía por el valle y regresamos a la posada donde nos hospedábamos. Allí le mostramos al dueño del lugar lo que habíamos recolectado, le consultamos si eran válidos para ser consumidos. “Eu nãoseimuitobem, Fernando pode dizeresso”, nos contestó. Teníamos la suerte de que un agrónomo amigo del dueño estuviera vacacionando en el mismo lugar. Llegó Fernando, el agrónomo, lentes gruesos, barba, tenía la pinta de Cortázar pero con un aire más científico. Se encargó de inspeccionar los hongos, nosotros esperábamos el veredicto en silencio. De los hongos más pequeños dudaba, cuando agarró los dos más grandes asintió con la cabeza, y finalmente dijo: “¡Certeza!”.

El pueblo de Guarda do Embaú se caracteriza por dos motivos: por ser uno de los principales puntos de surf del país, y por el Valle de la Utopía. No es difícil entender que si hay algo que saben hacer los habitantes de ese pueblo es surfear y consumir hongos. Para un argentino estas costumbres pueden parecer excéntricas, lo que expone indicios sobre su condición: se puede saber mucho de una sociedad según el tipo de drogas que consume.

Sin embargo ahora estábamos en Brasil, y yo no había recorrido cuatro mil kilómetros, caminado dos horas y revuelto veinte tortillas de caca para decir que no. Qué suceso maligno podría suceder, de cuál alucinación tenebrosa debíamos protegernos: ¿acaso observaría la cara vil de Cavallo asomándose por la ventana del apocalipsis?

Como se puede contemplar, las drogas alucinógenas no despiertan mucho interés entre los argentinos, y no es difícil entender por qué: ratas golosas que se morfan media tonelada de droga, marihuana que se convierte en alfalfa con los hechizos de la noche, submarinos que desaparecen solos, funcionarios tirando millones de dólares por la tapia de un convento, fetos gigantes recorriendo las calles de la ciudad... Argentina ya es un país demasiado alucinógeno para agregarle este tipo de drogas.

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