The United Nations / Las Naciones Unidas

Manhattan Follies, por Esteban Maturin

Quizás el símbolo más portentoso del cambio de las coordenadas del poder mundial desde la segunda mitad del siglo XX, fue la construcción del edificio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en pleno centro de Manhattan: en la esquina de la First Avenue con la 46th Street, a la vera del East River.
Las dos Guerras Mundiales de ese siglo “corto” (al decir de Eric Hobsbawm) terminaron cuando los Estados Unidos de América decidieron dejar de lado su tradicional aislacionismo e intervenir en los conflictos; hacia el fin de la primera de ellas, en 1918, se intentó armar un nuevo orden mundial a través de la instalación de la Sociedad de las Naciones, y –como era natural por entonces- se eligió como sede el corazón neutral de Europa: Ginebra, Suiza. Pero los principios de cooperación, arbitraje y seguridad colectiva que se proclamaban como pilares del supuesto nuevo orden, en realidad terminaron incubando el huevo de la serpiente del nazismo.
Cuando el presidente estadounidense Harry S. Truman ordenó el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, en los primeros días de agosto de 1945, ya estaba decidido que el nuevo orden que se armaría tras la Segunda Guerra no tendría su sede en ningún país europeo, por mucha neutralidad que acreditara en su historia, sino en donde el poder real se manifestaba: en el corazón de los propios Estados Unidos, en Nueva York.
Y, con idas y con vueltas, con reveses y pocas satisfacciones, la creación de las Naciones Unidas ha conseguido hasta hoy su principal objetivo: no ha llegado a estallar una Tercera Guerra, aunque en un par de oportunidades de ese siglo XX “corto” se haya estado tan absurda y terriblemente cerca de ello. También ha sido la instancia de consagración de la nueva estatalización del mundo, tras la descolonización. En aquella vieja Sociedad de Naciones europea sólo había unos 40 sillones, ese era el mundo por entonces. En la Asamblea General de la ONU hay hoy 196 escaños (los 193 Estados soberanos en que se divide el mundo, más el Vaticano, la Orden de Malta, y Palestina). O sea, aquí estamos todos. Y encima de todos, el poder real: el Consejo de Seguridad, con sus miembros permanentes, los que manejan las palancas.
Vale la pena darse una vuelta por este edificio, y aspirar un poco el perfume que emite ese poder real internacional (hay que ir con las narices preparadas, no es precisamente un olor agradable, tiene demasiada sangre en la mezcla). Construido sobre terrenos donados, el rascacielos del Secretariado, con sus 39 pisos, no puede visitarse, pero sí el “futurista” (para los años ’50) edificio plano de la Asamblea General, con su techo hundido, el domo central, los paneles de madera clara en las paredes, el estrado de mármol verde de los discursos de los jefes de Estado, y los sillones (más grandes y amplios adelante, se van achicando hacia el final de la sala, a medida que se iban agregando países, uno tras otro, en el proceso de descolonización de los años ’60).
El gran domo fue terminado en 1952, su arquitecto fue Wallace K. Harrison, pero consultó también con los grandes maestros de su tiempo, como el brasileño Oscar Niemeyer, el creador de Brasilia, o el francés Le Corbousier. Los jardines sobre el Río Este, con su cerco de banderas, son un buen lugar para una pausa en las caminatas por la ciudad. Y están llenos de esculturas y regalos de los países a la organización, que conforman también un discurso simbólico muy interesante para leerlo entre líneas, como el revólver con el caño anudado, el péndulo de Foucault del lobby, el monolito de bronce de Barbara Hepworth, o esa alegre (y casi naïv) escultura rusa del momento más optimista del realismo socialista: “Convirtamos las espadas en rejas de arado”. Imprescindible llevar una buena reserva de ironía.

Whatsapp
© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar