Las profecías de Keynes a 100 años de Versalles

ECONOMÍA | Por José María Las Heras, Especial para HDC

28 de junio de 1919. Paris. Palacio de Versalles. Los contendientes de la primera Guerra Mundial, tras las disputas del imperialismo europeo por el reparto del mundo, firman un tratado de paz. Poco duró. Fue una tregua avecinando una mayor tragedia posterior: la segunda Guerra Mundial.

Keynes advierte las consecuencias negativas del acuerdo. El surgente imperialismo norteamericano, bajo la presidencia de Wilson, nada pudo hacer para imponer reglas más aceptables. El entente triunfador franco-inglés sigue conservando el predominio colonial. Keynes, miembro de la representación inglesa, pega un portazo, antes de firmarse, advirtiendo sobre “las consecuencias económicas de la paz”, que luego será el nombre de su libro, donde reflexiona sobre lo sucedido y lo que habría de suceder.

Afirma que “no se logró ningún arreglo para concordar los sistemas del Viejo y el Nuevo Mundo… Clemenceu –el canciller francés- ahogando la vida económica de su archienemiga Alemania, y Lloyd George, primer ministro inglés, llevando alguna cosa que durara una semana”. El gobernante británico se “borró”: estaba más preocupado como candidato en las elecciones de ese fin de semana en su distrito electoral, que por el futuro del mundo. En soledad, Clemenceu se refregó las manos por la ausencia del inglés, e impuso los términos a su gusto.

No se equivocó Keynes al denunciar que “la política de reducir a Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y de privar a toda una nación de felicidad, será odiosa y detestable. En los grandes acontecimientos de la historia (…) las naciones no están autorizadas por la religión ni por la moral natural a castigar en los hijos de sus enemigos los crímenes de sus padres o de sus jefes”.

El diagnóstico de Keynes sobre las condiciones oprobiosas impuestas al pueblo alemán anticipó lo que ocurrirá después, cimentando la genealogía del odio con el surgimiento del nazismo, victimizándose por las reparaciones económicas impuestas en Versalles. Sagaz, preveía el riesgo de un imperialismo desalmado generando un sombrío autoritarismo. Como también lo imaginó su contemporáneo George Orwell en la novela distópica “1984”, bajo la ficción del Gran Hermano. Keynes fue luego, con su “Teoría General”, inspirador del salvataje del capitalismo en ruinas en la década del 30, promoviendo una activa participación del Estado en aumentar la demanda como sostén del empleo para evitar la recesión.

Décadas después, Keynes plantea, en la conferencia internacional de Bretton Woods (1944), a meses de terminada la segunda Guerra Mundial con el triunfo aliado, que la creación de un organismo financiero mundial (nace allí el FMI) debía sostenerse sobre una “canasta de monedas” de sus países socios, y no bajo el influjo del dólar, motivado por el triunfo bélico de los EE.UU.

Pero esta alternativa fracasa: los ingleses había perdido su poderío y debieron allanarse al nuevo orden económico mundial impuesto por su ex colonia. En la crisis global de 2010, Lula reivindicó los fundamentos keynesianos de una “canasta de monedas” para salir del cepo del primer gran debacle financiero del siglo XXI. La presidenta argentina, Cristina Kirchner, se sumó entonces a aquella iniciativa del brasileño.

Lo que Keynes pronosticó es de actualidad. Lo vemos en las condiciones indignas que el capitalismo financiero impone sobre los pueblos. El keynesianismo reivindica el valor del capitalismo de producción, las virtudes de la competencia de mercado, el rol presente del Estado. Y no le es ajena la sociedad en sus expresiones culturales: no fue un mero economista de escritorio, su compromiso se extendió como partícipe de un colectivo destacado del progresismo inglés: el Circulo Bloonsbury reuniendo a los novelistas Virginia Woolf, Vanessa Woolf, E. M. Forster, y al poeta Lytton Strachey (la relación de este último con la pintora Dora Carrington se puede disfrutar en la exquisita película “Carrington”). El compromiso del Círculo lo fue por una paz duradera y un desafío a la moralina isabelina de la época. Keynes, casado con una bailarina clásica rusa, era el boletero del teatro en que ella actuaba. No lo hacía por necesidad (era un hombre de fortuna) y un caballero inglés no asume estos roles por cholulaje: quería comprender el sentir del ciudadano inglés medio.

El pensamiento keynesiano está presente en muchos economistas, como Joseph Stiglitz, que por estos días acompaña al papa Francisco en la fundamentación de una economía social de mercado. O en nuestro colega y coterráneo Aldo Ferrer, ninguneado por la intelectualidad neoliberal.

Si Keynes en su “Teoría General” desarrolla las virtudes de un sistema capitalista preocupado por la desocupación y la recesión, en “Las consecuencias económicas de la Paz” advierte el peligro de las imposiciones gravosas sobre los pueblos. Que más recordar una de sus frases escritas hace un siglo “El hambre, que lleva algunos al letargo y a la desesperación inerte, lleva a otros temperamentos a la inquietud nerviosa del histerismo y a la desesperación loca”.

Las cifras de la pobreza en Argentina confirman, parafraseando a García Márquez, que todavía hay cien años de soledad en la dignidad del hombre.

02 Julio 2019
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