Uruguay: lecciones que da la vida (democrática)

AMÉRICA LATINA | Por José Emilio Ortega

Tan importante han sido los partidos políticos en la organización del Estado uruguayo, que muchos autores adjudican el sentido y fundamento del proyecto oriental al accionar de aquel par de fuerzas políticas primigenias: una sosteniendo la divisa colorada -más afín al unitarismo argentino- y otra, la blanca -vinculada al rosismo- que dramáticamente enfrentadas en la medianía del siglo XIX, por hechos más relacionados con los vaivenes argentinos o brasileños, y por pura persistencia, hallaron una vocación a explorar. Desde los inicios de la centuria pasada, transitando ciertas coyunturas internas como externas, encontraron oportunidad para lograr acuerdos clave.

Alcanzando un laicismo sin precedentes en el continente, avances sociales -educativos, previsionales, laborales- muy anticipados respecto al resto de países latinoamericanos, prematura inclusión del voto femenino, establecimiento por dos veces de gobiernos colegiados -reformas constitucionales de 1918 y 1952-, garantías ante determinados resultados electorales respecto al compromiso por la democracia (por caso, la firmeza del colorado Luis Batlle Berres ante el triunfo blanco de 1958), o influyendo incluso tras el golpe de 1973, en la propia conciencia de los militares que sostuvieron la dictadura de Bordaberry, quienes ante la propuesta de éste de eliminar los partidos y profundizar un modelo totalitario, decidieron despedirlo, convocando al tiempo -posiblemente sin dominar demasiado técnicas de sondeo de opinión- un plebiscito en 1980 que señaló el comienzo del fin de la intervención de facto.

El bipartidismo uruguayo incorporaría en 1971 a una tercera fuerza, hija de la vocación acuerdista: el Frente Amplio, que aglutinó a muchas agrupaciones de izquierda y también disidentes colorados -Líber Seregni, Zelmar Michelini- o blancos -Eduardo V. Haedo o un joven Pepe Mujica, antes de plegarse a Tumaparos-; sobreviviente a la dictadura y de gradual crecimiento tras la recuperación de la democracia en 1985, alcanzó en los 90 la intendencia de Montevideo –que concentra al 40% de la población uruguaya- y en 2003 la Presidencia de la Nación, manteniéndola por varios períodos.

Desde 1996, una reforma constitucional modificó el sistema hasta entonces vigente, que contaba con la posibilidad de presentación en el comicio a más de un candidato por partido, interpretando que el ciudadano vota primariamente por éste; ello importaba sumar en el escrutinio todos los votos por cada agrupación, y luego otorgar la victoria al lema más votado. Ese sistema, “de doble vuelta simultánea” o “ley de lemas”, animó la vida política desde 1910, y desde su pactado fin se afirmó el “tripartidismo”.

El régimen uruguayo prevé la realización de elecciones simultáneas primarias, donde voluntariamente el ciudadano opta por un partido y un candidato. Se vota sólo al candidato a Presidente y en caso de no operarse ciertas mayorías un “órgano deliberativo” o colegio elector definirá las candidaturas. Para octubre está prevista la elección presidencial (a dos vueltas, si no se obtienen mayorías). Esa tradición democrática, la estabilidad que trasunta, mostró claramente sus virtudes en la elección del domingo 30. Las tres fuerzas principales sostuvieron activa vida interna. El oficialismo, resentido por inesperados escándalos que afectaron al vicepresidente Raúl Sendic, experimentó dificultades (desencuentros entre los líderes Mujica y Vázquez) para afirmar sus precandidatos, siendo los más importantes el intendente de Montevideo Daniel Martínez y la ministra Carolina Cosse. En tanto, el Partido Nacional se aprestaba a una disputa entre clásicos contendientes: Luis Lacalle Pou, hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle, versus el senador y ex intendente de Paysandú Jorge Larrañaga. A los que se sumó un invitado sorpresa: el desconocido empresario Juan Sartori, joven figura que a base de un buen manejo de nuevas tecnologías logró una instalación que asustó a las respetables y algo amañadas autoridades del partido de Saravia y Ferreira Aldunate.

En tanto, el también tradicional Partido Colorado, otrora maquinaria electoral y hoy prácticamente desaparecido del firmamento (apenas un 5% de intención de voto), y anunciada la precandidatura de Ernesto Talvi, economista y ex ministro de Jorge Batlle, se sacudió cuando el senador Pedro Bordaberry anticipó que no volvería a competir por la presidencia (lo hizo en 2015), sucediendo lo impensado: el dos veces presidente uruguayo Julio María Sanguinetti anunció su intención de ponerse al hombro una nueva campaña electoral, ofreciendo su precandidatura, aún desde la certeza de su retiro y a sus 82 años de edad. En pocas semanas, tras el anuncio, el partido superaba el 10% de intención de voto en los sondeos y seguía creciendo.

En esta rara mixtura de apellidos de siempre y otros ignotos, se fue desarrollando una campaña intensa pero ordenada; el peso de las instituciones y el prestigio de la vida partidaria animó a una importante cantidad de uruguayos a participar (el 40% del total de sufragantes empadronados), con candidatos a la altura. La importante elección del Partido Nacional (más de 445.000 votos), donde casi el 54% votó a Lacalle Pou, que por segunda vez encarna el desafío de retornar al poder -el último presidente blanco fue su padre, entre 1989 y 1994- y un sorprendente 20% (léase 92.707 votos, bastante más que muchas primeras figuras de otros partidos) eligió al outsider Juan Sartori. Una discreta elección del Frente Amplio, cuyas figuras no parecen poseer la convocatoria y la visibilidad de otrora, donde Daniel Martínez apenas alcanzó 107.023 votos (42% del total). La recuperación del Partido Colorado, cuya suma total araña los 181.000 votos (el 18% del total de votos, contra las paupérrimas cifras de 2018). Talvi se impuso a Julio María Sanguinetti, quien cumplió su objetivo: salir de su situación de ex presidente querido -pero retirado-, y exponerse. Su nuevo servicio a la democracia fue cumplido con creces. Resulta inimaginable que una figura viva de la política argentina de los años 80 o 90 tuviera la posibilidad de concretar hoy hazaña similar. Él lo hizo, y lo explica a quien quiera oírlo con altura y humildad.

El final es abierto. Habrá necesidad de razonables acuerdos para completar fórmulas ¿Se aplicará el criterio de unir a los dos más votados? No parece sencillo. En el partido blanco hay prudencia; se verá como digieren todos al “fenómeno Sartori”. En el colorado, será crucial cómo se capitaliza, probablemente como “árbitro” de una posible segunda vuelta. En el Frente Amplio, que probablemente mantenga firme su aparato, quedó claro que no posee el respaldo de los últimos años, cada vez más dependiente de Montevideo. Con todo, queda el ejemplo, por lograr una campaña en paz, con una eficiente Corte Electoral, medios que informan con profesionalismo, y una ciudadanía educada que elige en base a reglas previsibles. Respetando y haciéndose respetar por una dinámica de partidos que verdaderamente funciona.

03 Julio 2019
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