El comercio exterior en jaque

Economía nacional, por Salvador Treber (Especial para HDC)

Al cierre de 2017 se pudo verificar que el comercio exterior registró no sólo un resultado final negativo, sino que además apareció con el mayor importe negativo de las dos últimas décadas. Algo que ya se presumía como posible, al cumplirse el primer semestre del año, que para entonces arrojó un saldo en contra de 2.612 millones de dólares, que en el segundo semestre surge más que doblado; siendo la relación comercial con Brasil la que trepó al máximo desfavorable por país de este siglo. Asimismo el mercado internacional presentó serias dificultades de variada índole, pero en nuestro caso, incidió en forma decisiva la política de apertura irrestricta dispuesta por el Gobierno nacional. Debe advertirse que actualmente hasta Estados Unidos ha adoptado medidas de neto corte proteccionista. Frente a ello, no hacerlo implica seguir una política harto arriesgada. Ello equivale a la acción virtualmente suicida de un boxeador que avanza hacia su contrincante con la guardia baja.

El tema ya era preocupante en 2016, cuando esa tendencia se insinuaba al cierre de ese año y sólo se logró obtener 686 millones de dólares a favor. Durante 2017 la situación se agravó en forma notoria al registrarse un marcado deterioro en los términos de intercambio. El retroceso habido en ese sentido generó un fuerte “salto” hacia atrás respecto al quinquenio precedente sin que los funcionarios federales se movilizaran para evitarlo. Debe tenerse muy presente que los bienes primarios y las manufacturas elaboradas con materias primas agropecuarias exhibieron las mayores caídas en los precios; especialmente cereales, oleaginosas, aceites y grasas. Por otra parte, los mayores productores y exportadores que pudieron hacerlo, procuraron retrasar, retener y hasta anular embarques a la espera de que en un futuro próximo rijan precios más favorables a sus intereses. Tales expectativas también incluían la esperanza de una importante devaluación que suponían inminente, tras el acto eleccionario de medio término.

La disposición en tal sentido no pudo ser adoptada por la mayoría de los productores, los más numerosos (pequeños y medianos) siempre necesitan vender de inmediato para cubrir sus compromisos más perentorios y preparar los respectivos campos para encarar la próxima siembra. Por el contrario, se incrementó la exportación de automotores y se inició la de camionetas a Brasil, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Perú. Además hubo un notorio incremento en las importaciones que ya en el primer semestre habían crecido un 13 por ciento, lo que se confirmó, incluso con creces, durante el segundo semestre, aunque a un ritmo ligeramente menor (9%). Resulta obvio entonces que, con menores embarques de soja -debido a una retención circunstancialmente elevada de los grandes empresarios del área, que además hicieron operaciones subrepticias no controlables por la autoridad aduanera-, se restó toda posibilidad de que dichos ingresos de divisas acrecienten nuestras reservas; alentando la reiteración de salida “en negro” de las mismas.

La gravitación del tipo de cambio
La demorada corrección cambiaria y la poco satisfactoria situación que transita la economía brasileña desde hace casi tres años fueron dos factores decisivos para que nuestro país se mantuviera en niveles de muy modesto crecimiento durante el año pasado. La reacción del segundo semestre logró atenuar el saldo negativo total y obtener una mejora relativa dentro de un panorama que se suponía bastante más oscuro. Influyó la recuperación del precio internacional de la soja, especialmente a partir de septiembre, y la suba registrada en la paridad cambiaria que promovieron las exportaciones, tardías aunque parciales, que de por sí representaron monetariamente alrededor del 40 por ciento del total de las ventas externas generales. De todas maneras, el año pasado dejó mucho que desear y amplias franjas de la población sufrieron duras restricciones.

A ello se agregó en el último lapso del año una política inadecuada que se tornó obligadamente restrictiva en materia de importaciones. Claramente, la muy lenta reacción de la economía brasileña gravitó en alto grado para que la economía argentina se resintiera y ello no se extienda por lo menos durante el primer semestre de este año. Como las convicciones de quienes tienen a su cargo el manejo del comercio exterior argentino tienden a no interferir y dejar que actúen libremente los sectores privados, se debe estar muy atento a lo que hagan o dejen de hacer los mismos en tal sentido. No puede perderse de vista que en el trienio 2011-2013 las exportaciones marcaron sus máximos niveles y, pese a que ello también sucedió en materia de importaciones, los saldos fueron siempre positivos, es decir, a nuestro favor. Desde entonces eso ya no sucede, e incluso se ha revertido.

En efecto, el descenso comienza en el ejercicio 2014 y se extiende durante el bienio 2015-2016, virtualmente igualando exportaciones e importaciones, ambas en descenso a idéntico ritmo; pero en 2017 estas últimas superaron a las primeras por primera vez en lo que va del siglo veintiuno. Los pronósticos de los especialistas en comercio exterior -los cuales acertaron en advertir lo que sucedería en 2017- vuelven a señalar que muy probablemente se mantendrá la tendencia a la baja, medida en volúmenes exportables, que debiera ser compensada por mayores embarques de bienes manufacturados con materia no agropecuaria, en procura de recuperar niveles alcanzados hasta 2014. Mientras esto no suceda, se estima que la situación seguirá siendo muy comprometida. Por ello, y contra la intención oficial dada a conocer sin reticencia alguna, se aconseja coadyuvar sin demora ni vacilaciones a subsidios en medida adecuada para respaldar la eventual recuperación de mercados e incluso intensificar la acción para procurar acceder a otros nuevos a nivel ecuménico.

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