Lamentos en la calle

Pobrecito Ciudadano 

No pensaba llegar tarde al trabajo, mucho menos caminar desde apenas unas pocas cuadras de distancia desde mi humilde casa e intentar llegar al centro a horario. ¡Para algo había tomado el 32! Como todos los santos días. Pero parece ser que no estaba en mis manos el destino del viaje a través de la ciudad, sino de los mismos egoístas de siempre, de esos pocos que no tienen mejor cosa que hacer que molestar al resto, interrumpir el curso natural de los días de nosotros, los inocentes habitantes de esta ciudad. No quisiera ser repetitivo ni caer en lo mismo que tanto hemos dicho una y otra vez los ciudadanos que pagamos nuestros impuestos, pero deberían agarrar una pala todos esos infelices que hacen manifestaciones y cortan las calles y los puentes y no permiten el paso de los que sí tenemos un trabajo digno y queremos conservarlo.

Encima el día había empezado inmejorable con café caliente y unos pedazos tostados de pan de ayer humeando sobre la mesa, al lado del queso fresco y la manteca. Delicias de la vida conyugal, pensé entonces, y aunque me cueste todavía lo pienso ahora, la buena predisposición no me la van a quitar ni con cien pancartas ni miles de bombos, siendo yo un hombre sencillo capaz de encontrar lo bueno incluso en los peores momentos.

Digo que el día había empezado de la mejor manera y así continuó cuando, apenas llegado a la parada, vi mi colectivo frenado en el semáforo de la otra esquina. Subí junto con el resto de los que esperábamos el mismo coche, recorrimos algunas cuadras, unas pocas acercándonos al río, hasta que vimos nuestro avance frustrado. Un grupo grande de personas que ni sé decir de qué se quejaban cortaba el puente Centenario de lado a lado armados con palos y con pañuelos y remeras cubriéndoles la cara. Ya había reconocido yo entre las personas que viajaban conmigo a más de un semejante, y llegado ese momento pude comprobarlo.

¡Chofer!, se escuchó desde el fondo la voz de una señora de bien, ¡paselós por arriba, chofer! De no ser por mi timidez y por el hecho de que no hizo falta porque enseguida otros hicieron escuchar su voz, habría apoyado a aquella señora en su justa petición. ¡No tienen nada mejor que hacer estos vagos! ¡Son unos vagos chupasangre del gobierno! ¡Qué solución esperan encontrar haciéndome echar por llegar tarde! Las voces de mis compañeros de viaje caían sobre el chofer con el peso de los argumentos inobjetables y éste hacía lo que podía por intentar que nos calmáramos. Hasta que finalmente dijo que si por él fuera pondría primera y uno por uno los pasaría por arriba. Pero que si lo hacía lo iban a echar a él, y no estaba en condiciones de perder el trabajo.

Aceptamos lo del trabajo pero su actitud no nos convenció: él era el único capaz de hacer algo en ese momento y no lo estaba haciendo. ¿Tan débiles eran sus convicciones? Todos sospechamos que aquel chofer tenía algún pasado piquetero o algo así, como es propio de los suyos y su gremio, que le impedía hacer lo que decía sentía ganas de hacer. Aunque no sé si todos, pero yo seguro lo pensé. Sobre todo cuando nos pidió que descendiéramos del coche porque, según él, iba a dar la vuelta y volver al depósito.

Entonces mis hermanos de batalla acompañaron sus palabras con el cuerpo y empezaron a colgarse de las barandas y a saltar sobre los asientos, haciendo que el colectivo se moviera de un lado para el otro. Fue ahí cuando lo vi, un muchachito desgarbado que todavía estaba sentado y en silencio, y recién entonces levantaba la voz para decir algo, tan pero tan desafortunado (por el momento) y equivocado (por el disparate) que todos decidimos agarrarlo por los hombros y bajarlo por una de las ventanas. De salida, seguía diciendo que esos que estaban abajo “luchando por sus derechos” eran personas iguales a nosotros, que estábamos arriba, como si algo así fuese poco menos que una locura...

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