México como síntoma regional: vuelve la izquierda

Elecciones presidenciales, por Gonzalo Fiore (Especial para HDC)

En lo que fue su tercera elección presidencial, tras haber perdido dos –una con denuncias de fraude-, Andrés Manuel López Obrador, de 64 años, se consagró presidente de México con el 53,7 por ciento de los votos frente a los candidatos del PAN y del PRI, con una victoria aún más arrolladora de lo que venían vaticinando las encuestas en las semanas previas. El nuevo presidente cuenta con una larga historia de luchas sociales, y fue jefe de Gobierno de la ciudad de México entre 2000 y 2006, estableciendo una pensión universal a los ancianos, medicamentos y atención médica gratuita para quienes carecían de acceso a la salud y un subsidio para madres solteras.

Por primera vez desde 1929, un candidato que no es de ninguno de los dos partidos tradicionales llega a la presidencia mexicana. Esto, si bien con cautela debido a las frustraciones del pasado, es recibido con esperanza y expectativa por los mexicanos, hastiados de la corrupción estructural generada por el narcotráfico, la concentración económica y la desconexión de la clase política con la gente de a pie. Los datos de la desigualdad económica en México son alarmantes: según la OCDE, 16 de cada 100 mexicanos se encuentran por debajo de la línea de pobreza, mientras que 40 de cada 100 personas no pueden adquirir con su salario la canasta básica de alimentación.

No son mejores las cifras en cuanto a la igualdad de género: según datos oficiales, la brecha educativa entre hombres y mujeres se encuentra en 6,5 por ciento; por cada 100 hombres que cuentan con seguridad social a partir de su trabajo, solo 62 mujeres cuentan con este beneficio; el porcentaje de la población trabajadora general sin contrato es cercana al 80 por ciento, de los cuáles un 38,6 por ciento son mujeres, y solo un 16,5 por ciento son hombres. Por eso, al reconocer su triunfo en la noche del domingo, además de llamar a la reconciliación entre los mexicanos, AMLO dijo que su pensamiento se resume en: “Por el bien de todos, primeros los pobres” y anunció un gabinete mixto, con paridad de género.

AMLO, como se lo conoce popularmente en México, se ha mostrado mucho más conciliador y aperturista que en sus dos campañas anteriores. Proyectando una imagen moderada, pragmática y menos ideologizada, sumando a la nueva coalición Juntos Haremos Historia a partidos de todo el espectro político mexicano, de centro, de izquierda y de derecha. De hecho, su coordinadora de campaña es hija de un ex candidato presidencial del PAN y ella misma militó en el partido hasta 2005. Sus críticos de izquierda lo acusan de haber virado a la derecha al punto de parecerse al PRI, partido en el que Obrador militó durante los años 80, abandonándolo luego de la elección de Salinas de Gortari en 1988, entre denuncias de fraude.

Tras las acusaciones de “chavismo” hacía la figura del presidente electo, en su discurso de victoria llamó a “todos los mexicanos a la reconciliación y a poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés superior, el interés general”. Y aseguró que “no va a instalar una dictadura abierta ni encubierta, los cambios serán profundos pero en apego al marco de la ley establecido”. Lo cierto es que si bien el peso mexicano se depreció en la mañana del lunes, esto se dio por las tensiones comerciales con Estados Unidos, y la elite empresarial mexicana parece haber reaccionado bien frente a los resultados electorales.

En lo que fue, además, una campaña marcada por la figura de Donald Trump, será una incógnita ver cómo se enfrentarán el América First, con el México Primero. El mandatario norteamericano ya ha dado señales felicitando a Obrador con un mensaje en su cuenta personal de Twitter hablando de intereses comunes, que existen, y probablemente sean útiles a una relación colaborativa entre ambos mandatarios. Con mucha más algarabía fue recibida la elección de AMLO por otros presidentes o ex presidentes latinoamericanos, especialmente por Evo Morales, Nicolás Maduro, Cristina Fernández y Rafael Correa, quienes enviaron mensajes esperanzadores durante la campaña y de felicitaciones tras los resultados. Es la primera vez desde el nuevo giro a la derecha del continente que un nuevo proyecto nacional popular se hace con el gobierno de un país.

Otro dato interesante, en línea con lo que viene pasando en otros países de la región como Brasil, es el crecimiento electoral de partidos de raigambre evangélica. El Partido Encuentro Social, que en este caso forma parte de la coalición ganadora, tiene 12 diputados y ascendería por sobre los 70 tras los resultados electorales. Hay quienes dicen que Obrador, que en su juventud fue seminarista y estuvo cerca de ser sacerdote, hoy profesa la fe evangélica, lo cual explicaría su cercanía con estos movimientos, en un país donde el catolicismo juega un papel muy importante para la cohesión social, especialmente en los sectores populares. Lo cierto es que el hijo menor del nuevo presidente se llama Jesús Ernesto, en homenaje a Jesucristo y al Che Guevara, y ha declarado ante los obispos mexicanos durante la campaña que: “soy católico, pero me gusta decir que soy cristiano”, para no alienar a sus aliados del PES.

El discurso anti corrupción del presidente electo tuvo amplia aceptación entre sus conciudadanos, asqueados por los excesos de su clase política, a la que Obrador llamó en numerosas ocasiones “la mafia del poder”. Es difícil encontrar un Estado democrático en el mundo donde mueran tantos periodistas, alcaldes, policías, maestros o alumnos por año enfrentando al narco. Sin dudas, el principal desafío de Andrés Manuel López Obrador como presidente será enfrentar al narcoestado, a la corrupción, y al proyecto neoliberal mexicano. Lo que por algunos es visto como el proceso político más rupturista en México desde la revolución de 1910, a pesar de las dificultades que presenta, quizás, no solo sea una esperanza para ese país tan golpeado, “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, como dijera Porfirio Díaz, sino también para que empiecen a soplar, aunque sea tímidamente, nuevos vientos políticos en América latina.

25 Septiembre 2018
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