Pobrecito ciudadano Nº6: Argentina de argentinos

Lamentos de la calle

Increíble y carente de lógica es que yo haya esperado toda la mañana en mi casa para recibir el paquete y el muchacho del correo llegara a dejarlo media hora después de que me fuera. “Horario de la visita: 13:30hs.”, decía el papelito. Siendo que yo estuve levantado en casa, perdiendo la mañana (porque fue lo único que hice) desde las 8 en punto, gracias a que un compañero de trabajo me pudo cambiar el turno, si no, ni eso. ¿Pero qué puede uno esperar de un negocio medio pelo que quiere vender por internet y ni servicio de envío propio tiene? Ni hablar que del correo nunca esperé nada. No me quedó otra que ir a la santa sede de la Colón a buscar en persona mi paquete, no conseguí a nadie a quien mandar. Cuando llego, me atiende un señor gordo, muy amable. Correcto, digamos; que no hacía más que su trabajo, precisemos. Me explica cómo tengo que hacer para sacar un turno, cuando podría tranquilamente habérmelo dado él. Pero ahora parece que hay una nueva forma de hacer trámites: hay una persona a la que le pagan para decirte que hagas vos lo que tendría que hacer él. Un modo de agilizar la atención.

Saco mi número de una de esas máquinas del infierno que no tienen botones, solamente una pantalla, y me siento a esperar. Hay mucha gente. Atrás mío, por ejemplo, justo atrás mío, hay un gallego. ¡In-dig-na-do, el tío! Habla con su mujer, le pregunta que cuál era la lógica de los números que iban llamando. CA45, BU84, CB04, ZX99. Algo que nadie estaba entendiendo, pero que al gallego parecía estar comiéndole el cuadrado que tenía de cabeza. Hasta entonces, su indignación me hacía reír; que la mujer le dijera que se tranquilizara porque a ella no le hacía falta entender la lógica y sabía que tenían que esperar, también. La cosa cambió cuando el gallego empezó a repartirnos a todos. Que el correo era un claro ejemplo de la falta de eficiencia de nuestro país, que acá nadie respeta el tiempo del otro, que solamente unos “chiquillos”, como éramos los argentinos en el mundo, podíamos soportar la locura de un sistema que no tenía ninguna lógica, que esto, que lo otro, y que de la gloriosa España no supimos tomar nada positivo para ser buenos ciudadanos del mundo.

Estuve a punto de darme vuelta y pegarle dos bifes bien argentinos, jugosos, pero me contuve. No quería que el guardia me sacara y tuviera que volver otro día. Pero ahí estaba el gallego, cuadrado, rectangular, insultando al correo que me había permitido a mí comprar desde la tranquilidad de mi casa un semejante par de botines de fútbol cinco para jugar en la semana con los muchachos del laburo, y ahí estaba yo, pagando mis impuestos para que este extranjero venga a buscar el jamoncito que le mandan desde su querida tierra natal. ¡Como si España no fuera la hija fea de Europa! Aunque tengo que decir que por lo menos al gallego este le entendía, no como a los obreros de la obra que está al lado del laburo, peruanos, bolivianos, no sé, que hablan sin abrir los dientes como si se estuvieran diciendo las cosas ellos mismos. Y ni qué decir de los negros que venden carteras. La verdad es que nosotros somos demasiado buenos, dejamos que vengan de cualquier lado a meternos la cuchara en nuestro plato de comida, a usarnos los hospitales, las escuelas. A sacarnos el trabajo, sobre todo, porque ahí andan estos inmigrantes de “países hermanos” arrastrándose por dos pesos, haciendo que nadie pague lo que de verdad se merece uno por el trabajo que hace.

Yo de política no sé, ni me interesa, soy un laburante nomás, pero estoy en la calle todos los días, y de verdad pienso que habría que cerrar las fronteras, todas, y pedirles una carpeta bien gorda de papeles cuando quieran entrar, firmada por todos los ñoquis que podamos encontrar para hacerle el trámite lo más lento posible. Y si eso no es suficiente desaliento, que entren, pero que entren con plata estos muertos de hambre. Que paguen lo mismo que yo vengo pagando en impuestos desde que empecé a laburar a los dieciséis.

25 Septiembre 2018
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