El dinero no es riqueza, sino una expresión de ella

Economía política, por Iñigo Azurza (Especial para HDC)

Escribía David Ricardo: “el valor de un artículo, o sea la cantidad de cualquier otro artículo por la cual puede cambiarse, depende de la cantidad relativa de trabajo que se necesita para su producción, y no de la mayor o menor compensación que se paga por dicho trabajo”. Cuando en la evolución de la historia económica de los pueblos las transacciones de bienes comenzaron a complejizarse, naturalmente aparece la necesidad de crear una unidad de medida en la que pueda expresarse el valor de cada bien. Así, para trocar carneros por quintales de trigo, se lleva el valor de los carneros y del trigo a un valor en moneda, y así, como unidad de medida, puede determinarse cuantos carneros hay que entregar para recibir un quintal de trigo. Es la aparición del dinero, cuya única función real es facilitar las transacciones de mercancías y servicios, es decir expresar en una unidad de medida el valor de la riqueza producida, que son los bienes materiales (y hoy, también los servicios).

Las líneas anteriores son necesarias y suficientes para comprender una verdad de Perogrullo: sin una base real expresada en la producción de bienes y servicios, el dinero no tiene sentido de existir. Hoy, frente a esta realidad tumultuosa de los mercados (hablando únicamente de las pizarras con el valor en aumento del tipo de cambio en relación al dólar, es decir de la depreciación de la moneda local) es como si sólo se hiciese mención al infarto, sin tener en cuenta sus orígenes, además de las medidas necesarias para evitarlos. Desde que el capital financiero internacional se cargó la conducción de esta etapa de desarrollo del capitalismo, ha instalado la idea generalizada de que el dinero puede producir riqueza en sí mismo. De allí el surgimiento de una cantidad innumerable de grandes ficciones, tales como las “criptomonedas” y demás paparruchadas, que sin dudar sólo aprovechan los vivillos que manejan grandes cantidades de divisas y cuentan con la información necesaria para retirarse de un día para otro y fabricar diferencias monstruosas, aunque también sujetas a la aparición de la próxima burbuja para que las grandes corporaciones financieras sean rescatadas por el Estado y se queden con todo (por ejemplo, EE.UU. y España en 2008).

En mi caso, siempre hago un parangón entre la película “El Padrino”, de Coppola, y la repetición de estas escenas en la política económica de Argentina, diciendo que la hemos visto más de 10 veces. Es de libros: cuando las políticas económicas lanzadas desde el Estado se basan en la ficción del sistema monetario para detener la inflación sin tener en cuenta la producción real de riquezas, llevan a las inevitables y conocidas consecuencias: “secar” el mercado interno restringiendo el consumo; disminuir el déficit fiscal ajustando por abajo y creando un círculo vicioso (reducción de salarios, jubilaciones, eliminación de subsidios a sectores marginales, ajuste de tarifas a los servicios, quitar presupuesto a la salud la educación y la investigación científica); la inseguridad jurídica y económica, sumadas a factores externos no manejables, llevan a las “corridas” hacia el dólar, tanto a los especuladores financieros (“bicicleta”) como a los ciudadanos para proteger sus ahorros; las “corridas” a las ventas de reservas por parte del BCRA, las que extraen circulante de pesos destinados al consumo interno y derivan en recesión, desocupación, conflictos sociales y, en muchas oportunidades, caída de la institucionalidad. Por ello alguien alguna vez acertadamente dijo: “en los cementerios no hay inflación”.

Es decir que cuando todo el esquema se basa únicamente en el sistema monetario, y además éste se sostiene con endeudamiento externo tomado a tasas para países emergentes, la caída inevitablemente aparece por estrangulamiento del sector externo, ya sea por agotarse la posibilidad de endeudamiento o por no poder cumplir con el pago de los servicios (intereses) o por ambas a la vez. Las consecuencias son la imposibilidad de hacer frente a la ficción de haber vendido dólares y/o Letras del Tesoro que fueron a las cuentas de ahorro en los bancos (corralito) o a los especuladores de corto plazo que toman ganancias en pesos, convierten a dólares y se los llevan al exterior (bicicleta financiera legalizada desde el Estado). Y todo esto con la economía en recesión sujeta a altas tasas de desocupación.

En definitiva, la única salida es poner en marcha la economía real de producción, con incentivos al consumo interno, iniciar la obra pública (sin corrupción) como gran motor de la economía por la absorción de mano de obra, dinamizando los sectores de hierro, cemento y demás. Luego, con la economía en marcha y seguridad jurídica, seguramente podrán venir inversiones productivas internas y externas. La política monetaria sólo debería ocuparse de regular estrictamente las fugas de divisas al exterior y de la emisión de moneda basada en la producción real para no generar inflación.

17 Mayo 2018
Whatsapp
© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar