La urgencia de volver a poner una cultura de la paz en el centro (1)

Assisi 2020 | Por Nelson Specchia

Vivimos un momento histórico de reemplazo de paradigmas en la política internacional. Me refiero a “paradigma” como a aquel conjunto de unidades teóricas que, a pesar de su diversidad interna, se presentan como un todo armónico y relacionado para servir como ejemplo, modelo o referencia de una coyuntura. Y el paradigma que está ampliando su influencia en la segunda década del siglo XXI es la valoración positiva de la paz, por la vía del diálogo constructivo. Esta resignificación es de suma importancia, máxime si se tiene en cuenta que los últimos dos paradigmas dominantes en la política internacional se han asentado en consideraciones en torno al conflicto. Me refiero a las teorizaciones en torno a la “pax americana” posteriores a la caída del Muro de Berlín, que dominaron las ideas sobre la organización mundial tras la disolución de la división bipolar del mundo y -consecuentemente- de la Guerra Fría. Estos escenarios, que veían en Washington la convergencia de un alineamiento en torno a la democracia liberal y el capitalismo, alentado por el vencedor de esa Guerra Fría (los Estados Unidos, en la persona de su presidente, Ronald Reagan), se mantuvo firme durante la década final del siglo XX, y voló por los aires, literalmente, con los atentados a las Torres Gemelas y a los otros objetivos civiles y militares de los Estados Unidos, en su propio suelo, el 11 de septiembre de 2001.

Por eso, el paradigma teórico que viene a reemplazar al conjunto de reflexiones sobre la política internacional del cambio de siglo y de milenio deja de lado la función auto percibida de la potencia supérstite de la Guerra Fría como una “exportadora pacífica” de una ideología socioeconómica, para pasar a ubicarla como un “gendarme” planetario, que debía velar por la seguridad (antes que por la paz) del mundo entero, mediante la declaración de guerra a un enemigo nuevo, transnacional y atípico, que se signaba como el “terrorismo fundamentalista” y se personificaba en la organización Al Qaeda y en su máximo líder, Osaba bin Laden.

Bajo este segundo paradigma se dieron las justificaciones teóricas a las conflagraciones que ocuparon las primeras décadas del nuevo siglo (las guerras del Golfo, la guerra y la invasión de Irak, la invasión de Libia, la cuasi-invasión de Siria, etc.), hasta la captura final de Osama bin Laden en su escondrijo afgano, su ajusticiamiento, y la dispersión de sus cenizas en un lugar desconocido de alta mar.

El largo brazo de la persecución a Al Qaeda ha llegado inclusive hasta nuestros días: la Administración Trump, la más “pacifista” de las últimas presidencias norteamericanas (ya que a pesar de toda la carga belicista y sin filtros del discurso presidencial, no ha activado, hasta el momento, ninguna de las numerosas hipótesis de conflicto que el Pentágono estadounidense mantiene en carpeta), ha anunciado la muerte, a fines de 2019, de Abubaker al Bagdadi, el proclamado “califa” del ISIS – Estado Islámico, y heredero de Bin Laden en el liderazgo del fundamentalismo salafista.

Y si bien la muerte de Al Bagdadi y de sus hijos terminan formalmente con la experiencia del violento “califato” que el ISIS instaló entre 2014 y 2017 en los desiertos montañosos de Irak y Siria, no responde ya al nuevo paradigma internacional dominante, sino que, más bien, ha sido fruto de una dinámica resiliente, de un movimiento inercial no buscado explícitamente por la Administración norteamericana (de hecho, según la versión difundida por el presidente Donald Trump, fue el propio Al Badadi el que se da muerte, haciendo estallar el cinturón de explosivos que llevaba amarrado a su cuerpo, dentro de una caverna donde se había refugiado tras la persecución y el encuentro con una patrulla de “marines” norteamericanos; después de su muerte, sus hijos lo habrían imitado).

Pero es un movimiento de inercia, de continuidad, porque aquel segundo paradigma asentado en el conflicto hoy ya ha perdido empuje y capacidad explicativa. Y entre las razones que encontramos para verificar ese cambio en los constructos teóricos y en las ideas-fuerza que tanto influjo ejercen sobre los tomadores de decisión ejecutiva a nivel global, está, precisamente, la vuelta al centro de atención de los “think tanks” de las consideraciones en torno a la paz internacional por la vía del consenso y del diálogo.

Uno de los más fervientes impulsores de este cambio de ciclo, después de los dos paradigmas confrontativos que he bosquejado someramente y que ocuparon la agenda securatista del Norte durante más de dos décadas, ha venido de la mano del acceso de Jorge Mario Bergoglio al pontificado de la iglesia católica.

La política internacional de un papado reformista

La política internacional del papa Francisco ha supuesto un giro rupturista: es una alteración sustantiva en los equilibrios simbólicos y muestra los modos en que el humanismo hace frente al avance de un proyecto de mundo alineado a la derecha, con un plan restrictivo que implicaría, a la larga, un nuevo aumento en la violencia social.

El papa encabeza una ampliación del concepto de “cultura de paz y del diálogo” a través de una activa participación en el escenario mundial. Esta estrategia se enfrenta a resistencias internas (el conservadurismo de la Curia romana y la reacción corporativa ante los abusos sexuales del clero), y externas (hacia su política ecuménica con el mundo musulmán).

Los objetivos mediatos de su pontificado se encierran en una idea: “el pluralismo y la diversidad de religiones, colores, sexos, razas y lenguas son queridos por Dios en su sabiduría; esta sabiduría divina es la fuente del derecho a la libertad de creer y de ser diferente.” Sólo la estructuración de políticas en base a este “pluralismo en la diversidad” pueden asegurar una paz global para las próximas generaciones.

(continúa en la edición de mañana)

 
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