La belleza de la vida

Porota | Registro Federal de Historias +60 - ¡Hoy, vigésima sexta Voz Mayor! 

Graciela de la Lastra

Graciela forma parte del Ensamble Cultural de Personas Mayores del Museo “Evita” Palacio Ferreyra. Con 77 años, nos cuenta el periplo de su vida entre su Cosquín natal, la ciudad de La Plata, y el regreso a Córdoba para conocer a esa segunda esposa de su padre con el miedo de que fuera una madrastra digna de cuento infantil. En sus palabras conocemos también la historia y costumbres de una época, te invitamos a conocerla. 

La belleza de la vida

Soy Graciela de la Lastra. Nací en Cosquín, provincia de Córdoba. Tengo 77 años y aquí va un resumen del camino recorrido. A los 15 meses perdí a mi madre. Creo que fue una mala praxis, aunque no lo puedo asegurar, ya que mi padre siempre se negó a contarnos qué pasó porque le hacía daño hablar de ello.

Tenía un hermano tres años mayor. La situación de mi padre era difícil. Ya que debía trabajar y con dos pequeños hijos y ningún pariente cerca, le era imposible tenernos a su lado. Como mi mamá era de la ciudad de La Plata, sus hermanas, mis tías, decidieron llevarnos a vivir con ellas.

Pasaron cinco años. Esa era mi familia. Prácticamente no conocía a mi padre. Sin embargo, sabía que se ocupaba mucho de mí y de mi hermano y que ansiaba tenernos con él. Pero llegó ese día. Él había contraído matrimonio nuevamente y buscó, primero a mi hermano y después de unos meses viajó a La Plata a buscarme.

Siempre recuerdo, que mis tías no estaban de acuerdo con que volviéramos con nuestro padre. Así que me comentaban que iba a tener una madrastra (con el consecuente recuerdo de los cuentos asociados a la maldad de ese personaje).

Como anécdota, no olvido el día en que llegó mi papá. Yo me escondía porque no quería irme con él.

Viajamos en tren más de trece horas. Llegamos a Cosquín (Córdoba) por la noche. Allí en la estación estaban mi hermano y mi “madrastra” esperándonos. Será la última vez que escribo esa palabra.

Ella, muy pronto, se ganó mi cariño y a los pocos días, ya la llamaba “mamá”, porque mi hermano así lo hacía. Ella nos acogió como propios, brindándonos todo su amor y dedicación. Pero estaba muy triste porque luego de tres intentos, no pudo tener sus propios hijos. Así es que, estando todos de acuerdo, adoptamos una bebé. Mi nueva hermanita.

Tuve una infancia muy feliz. Crecí estudiando, cantando en coros, aprendiendo a coser, a cocinar, a tocar el piano, a participar de las actividades culturales de mi ciudad. Me recibí de maestra, ejercí en el Colegio Sagrada Familia en Cosquín.

Por aquella época, perdí a mi hermano mayor. Él era marino.

Me puse de novia y me casé con un hombre excepcional. Nos establecimos en Córdoba Capital. Tengo dos hijos maravillosos que me cuidan y se preocupan por mí, y aunque uno de ellos está muy lejos, la tecnología de las comunicaciones nos permite estar en contacto permanente.

Mi mayor tesoro: tres nietos (dos niñas y un varón) a los que amo y mimo con todo mi corazón.

He tenido una vida salpicada de momentos muy hermosos y felices, pero también algunos muy dolorosos y tristes. En el término de tres meses perdí a mi segunda mamá y a mi esposo.

Me he dado cuenta que tengo mucha fortaleza, a pesar de lagrimear ante cualquier situación, sea de alegría, emoción o tristeza, pero he superado con creces, momentos muy difíciles.

Vivo sola. Soy independiente y disfruto inmensamente la vida que tengo. Hago lo que me gusta: cantar en coros, cocinar, hacer gimnasia, participar fuertemente en la actividad cultural de esta ciudad (que, por suerte, tiene mucha), asistir a conciertos, teatros, salir con mis nietos, y especialmente, reunirme con amigas y tomar ese cafecito que nos abraza, disfrutando de la calidez de la charla, compartiendo momentos de nuestras vidas.

La pandemia no me ha deprimido. Me cuido lo suficiente. Sin traumas. Pero añoro el contacto directo con mis afectos, el abrazo que cura, la caricia que consuela, la charla cara a cara. Bueno, gracias a la plataformazoom, nos vemos en la pantalla.

La vida es hermosa. Agradezco cada día, estar ¡viva! A pesar de que las nanas propias de la edad me han dado algunos sustos, sigo adelante, hasta que Dios me diga ¡BASTA!

Graciela de la Lastra (77 años), Córdoba.

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