La loca y el machirulo

La ciudad / Hora cero, por J. Emilio Graglia (Especial para HDC)

Así estamos. El presidente de la Nación, Mauricio Macri, dice que la ex presidenta de la Nación, Cristina Fernández, es una “loca” a la que siguen gobernadores, diputados y senadores nacionales de un peronismo irresponsable y tan loco como ella. A su vez, ella dice que él es una mezcla de machista y chulo, un “machirulo”.
Los seguidores a ultranza de cada uno de ellos, macristas y cristinistas, celebraron y replicaron los insultos que sus respectivos referentes se intercambiaron. Al medio, los ciudadanos de a pie, esos que sufren las devastadoras consecuencias de la inflación y la inseguridad entre otros problemas, sospechan que ambos los ignoran y privilegian una pelea sin ton ni son.
Pues bien, si fuimos gobernados durante ocho años por una “loca” que ahora conduce una oposición irresponsable y alocada, estuvimos mal. Si, además, somos gobernados por un “machirulo” que los agravia para profundizar la grieta y así reeditar los buenos resultados de las pasadas elecciones, estamos peor.
La reacción de la opinión pública ha sido lapidaria. Ambos comparten la misma imagen negativa, por encima de sus respectivas imágenes positivas. Esto no es bueno para un país que requiere a gritos un acuerdo político e intersectorial con consensos mínimos.
La política argentina sufre una decadencia que parece interminable. Nuestros dirigentes políticos han perdido la confianza de los ciudadanos. No es un fenómeno nuevo. Tampoco es exclusivo ni excluyente. La Argentina no es la excepción a ese fenómeno que padecen las democracias latinoamericanas. Mal de muchos…
Cualquier encuesta de opinión demuestra que los partidos políticos son, junto con los congresos o parlamentos, las instituciones menos confiables. Esta realidad es la única verdad de la política argentina y, sin dudas, la consecuencia del accionar de una clase dirigente ensimismada, mediocre, ineficaz y corrupta.
Salvando honrosas excepciones, la dirigencia política de nuestro país ha actuado muy por debajo de las expectativas ciudadanas, de sus necesidades y problemas. Casi sin diferencias de partidos o ideologías, una rara mezcla de falta de idoneidad y falta de honestidad, la ha condenado al desprestigio y el rechazo social.
Dicho desprestigio dio lugar a la aparición de figuras con un discurso contrario a la “vieja política” o, directamente, a la política, sin adjetivos. Paradójicamente, tras ese enmascarado discurso, se dedicaron a la actividad política, fueron candidatos y ganaron elecciones, aunque aportaron poco y nada.

Sin agravios es posible
De la mano de Carlos Saúl Menem, en aquellos años 90, aparecieron varios outsiders en la política argentina. Desde cantantes, como “Palito” Ortega, hasta deportistas, como “Lole” Reutemann y el mismísimo Daniel Scioli. Las recientes declaraciones del conductor televisivo Marcelo Tinelli demuestran que el pasado se repite.
El actual Presidente llegó a la política desde el sector empresarial. Antes de dedicarse a la actividad política, Mauricio Macri fue un empresario conocido por ser el hijo de Franco Macri, un italiano nacionalizado argentino que hizo una gran fortuna en muy poco tiempo.
Sin embargo, su popularidad empezó a crecer como presidente de un club de fútbol, Boca Juniors. Ese fue su trampolín a la política. Primero perdió, pero después ganó y se convirtió en jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con un novel partido creado a ese fin, el Pro (Propuesta Republicana).
Su llegada a la primera magistratura del país generó una inmensa expectativa, particularmente entre quienes lo votaron en la primera o en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del año 2015. Entre otras razones, porque encarnó la “nueva política”.
El presidente Macri desaprovechó la oportunidad de hacer un amplio llamado a ese gran acuerdo nacional que el país requiere. Aupado por la dupla que componen el marketinero Durán Barba y el jefe de gabinete, Marcos Peña, malinterpretó el triunfo electoral de Cambiemos en las elecciones legislativas de medio término.
En lugar de hacer ese llamado a un acuerdo nacional tan necesario como urgente, el líder de Cambiemos aceptó que los acólitos de siempre lanzaran su candidatura a la reelección, junto con las de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta a la gobernación de la Provincia y a la jefatura de la Ciudad de Buenos Aires.
Reiterando una repetida falencia de la “vieja política”, Cambiemos puso el interés partidario por delante del interés general. Creyó o quiso creer que “lo peor había pasado”, que los ajustes pueden postergarse por siempre o que pueden hacerse sin pagar costos, especuló al peor estilo de aquella política que vino a destronar.
Sus propios errores han debilitado al gobierno. La oposición se ha unido en el Congreso y la opinión pública le ha restado apoyo. Sin embargo, el llamado a un acuerdo nacional todavía es posible. Para eso, el gobierno nacional debe reconocer sus equivocaciones y entablar un diálogo sincero con los opositores. No agraviarlos. De eso de trata la política, con mayúscula y sin adjetivos. Eso sería cambiar.

04 Junio 2018
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