Infancia pobre, vergüenza nacional

La ciudad / Hora cero, por J. Emilio Graglia (Especial para HDC)

El jueves de la semana pasada, la Universidad Católica Argentina (UCA) difundió los datos y las conclusiones del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia correspondiente al año 2017. El informe incluye mucha información que puede y debe ser analizada pormenorizadamente.

Sin embargo, hay un dato que debe ser destacado. Un dato, entre otros tantos, que sintetiza el fracaso de este país y, muy particularmente, de su dirigencia política, sin distinciones partidarias. Un dato que debería provocar un escándalo nacional de enormes proporciones. Una injusticia que debería avergonzarnos.

El 48,1 por ciento de las niñas y los niños de nuestro país viven en la pobreza. La mitad, nada menos que la mitad sobreviven en medio de las penurias de la pobreza. No son pobres niñas y ni pobres niños. Son niñas y niños pobres. No es lo mismo. Merecen mucho más que compasión. No alcanza con las condolencias. Merecen justica. Hacen faltan políticas públicas, ya, sin excusas.

Más de un tercio de la niñez argentina (más precisamente, un 33,8 por ciento) desayunó, almorzó y merendó en comedores escolares o de organizaciones barriales, durante el año pasado. ¿Alguien puede pensar que eligieron esa vida de privaciones? ¿Alguien puede decir que se merecen mendigar la alimentación que necesitan para sobrevivir?

Casi un 20 por ciento (17,6) tuvo deficiencias en sus comidas y casi el 10 por ciento (8,5) de las niñas y los niños de este país pasó hambre durante el año pasado. No tener qué comer es una tragedia en una tierra con recursos naturales de sobra.

Pensemos que los datos corresponden al año 2017. No a este año. Son previos a la devaluación del peso que durante el 2018 ha sido superior al 50 por ciento. Previos a la inflación del 30 por ciento que varios economistas pronostican para este año.

Claro, el informe pasó casi desapercibido. Simultáneamente, Argentina le ganó a Nigeria y pasó a octavos de final en el campeonato mundial de fútbol. Si el seleccionado hubiera quedado eliminado en la primera ronda, hubiera sido una “vergüenza nacional”, con eternos debates en los medios y las redes sociales.

La vergüenza nacional no es que Lionel Messi no nos trajera la copa. La vergüenza nacional es que la mitad de las chicas y los chicos del país donde vivimos, sufra las carencias de la pobreza. Una flagrante vulneración de los derechos de los más débiles.

Los costos del ajuste

De acuerdo con el diagnóstico inicial del gobierno macrista, el primer y principal problema de este país era el déficit fiscal y la emisión monetaria para financiarlo. Su consecuencia era la inflación. Por lo tanto, para bajarla había que disminuir el déficit e ir, gradualmente, hacia el equilibrio entre los ingresos y los egresos.

Así de simple. Tan simple que, durante la campaña electoral, no una sino varias veces, el candidato presidencial de la alianza Cambiemos dijo que, durante su gobierno, la inflación no sería un problema para los argentinos. Más aún, dijo que la existencia de la inflación demostraba la incapacidad de gobernar.

Disminuir el déficit fiscal para bajar la inflación. Eso es lo que el gobierno de Cambiemos prometió y no cumplió. Al mejor estilo kirchnerista, mantuvo el déficit del Estado nacional para sostener los privilegios de la Ciudad y de la Provincia de Buenos Aires. Al mejor estilo menemista, lo financió mediante el endeudamiento externo, con el agravante de una inflación descontrolada.

El gobierno cayó en un círculo vicioso. El pago de los intereses de la deuda incrementó el déficit y provocó más endeudamiento. Hasta que los prestamistas dijeron basta y todo se desmoronó. La bomba que explotó con las sucesivas corridas cambiarias, fue construida y detonada por el mismo gobierno nacional, mal que le pese.
Así las cosas, llegó el Fondo Monetario Internacional (FMI), para exigir que el gobierno de Cambiemos haga lo que pudo y debió hacer pero no hizo por falta de decisión política. Eso sí, a la manera del viejo y no querido FMI, es decir, sin importar los costos sociales.

Esa es la gran disyuntiva. El gobierno no puede hacerlo a solas. La pérdida de la confianza en sus políticas económicas es notoria. Es necesario un acuerdo político e intersectorial. Es decir, un acuerdo con la oposición y con los empresarios y sindicatos.

Hay una oposición dispuesta al diálogo político, a facilitar la gobernabilidad, sin que eso signifique un cogobierno ni mucho menos avalar un ajuste draconiano. Así lo han dicho gobernadores provinciales como Juan Schiaretti, de Córdoba, Gustavo Bordet, de Entre Ríos y Juan Manuel Urtubey, de Salta.

Hay que disminuir el déficit, de acuerdo. El tema es cómo y, sobre todo, quiénes soportarán el ajuste. En un país con la mitad de sus niñas y niños en la pobreza, ajustar sobe los que menos tienen es perverso. Eso no es el cambio que la mayoría del país votó.

02 Julio 2018
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